miércoles, 24 de mayo de 2017

D. QUIJOTE PARA TODOS








Capítulo IV. De lo que le sucedió a nuestro caballero cuando salió de la venta


Don  Quijote salió de la venta al amanecer e iba tan contento por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo.Pero recordando los consejos del ventero sobre los provisiones de dinero y ropa decidió volver  a su casa para proveerse de todo, así como de un escudero, acordándose para ese puesto de un pobre labrador vecino suyo casado y con hijos. Rocinante conociendo el camino de casa parecía que volaba de lo rápido que caminaba.
Al poco tiempo de emprender el camino, le pareció que de un bosque cercano salían unas voces como de una persona quejándose. Apenas las hubo oído, cuando dijo:
      Gracias doy al cielo por el favor que me hace, por darme tan pronto la ocasion de poder cumplir con el deber de mi profesión, porque estas voces sin duda son de algún menesteroso o menesterosa que necesita mi ayuda.
 Y, volviendo las riendas,  encaminó a Rocinante hacia donde le pareció que salían las voces. Y entrando en el bosque vio atada una yegua a una encina, y en otra a un muchacho de unos quince años, desnudo de medio cuerpo que era el que se quejaba, porque con una correa lo estaba azotando un fornido labrador, que le decía a la vez que le azotaba:
      La lengua queda y los ojos listos. Y el muchacho respondía:
      No lo haré otra vez, señor mío; por la pasión de Dios, que no lo haré otra vez; y yo prometo de tener de aquí adelante más cuidado con las ovejas.

Y, viendo don Quijote lo que pasaba, con voz airada dijo:

      Desconsiderado caballero, no está bien pegar a quien no se puede defender; subid sobre vuestro caballo y tomad vuestra lanza que yo os haré ver que es de cobardes lo que estáis haciendo.
El labrador, viendo  aquella figura llena de armas blandiendo la lanza sobre su rostro, se tuvo por muerto, y con buenas palabras respondió:

      Señor caballero, este muchacho que estoy castigando es mi criado, que me guarda una manada de ovejas y es tan descuidado, que cada día me falta una; y, porque castigo su descuido, dice que lo hago por no pagarle el salario que le debo, y por Dios y por mi alma que miente.
      ¿"Miente", delante de mí, ruin villano? —dijo don Quijote—. Por el sol que nos alumbra, que estoy por pasaros de parte a parte con esta lanza. Pagadle luego sin más réplica; si no, por el Dios que nos rige, que os aniquilo ahora mismo. Desatadlo ya..
El labrador bajó la cabeza y, sin responder palabra, desató a su criado, al cual preguntó don Quijote que cuánto le debía su amo. Él dijo que nueve meses, a siete reales cada mes. Hizo la cuenta don Quijote y halló que sumaban sesenta y tres reales, y le dijo al labrador que al momento los desembolsase, si no quería morir por ello. Respondió el medroso villano que no eran tantos, porque se le habían de descontar  tres pares de zapatos que le había dado y un real de dos sangrías que le habían hecho estando enfermo.
Don quijote le dijo que los zapatos y la sangria estaban pagados con los injustos azotes que le había dado; que si él rompió el cuero de los zapatos que vos pagasteis, vos le habéis roto el de su cuerpo; y si le sacó el barbero sangre estando enfermo, vos estando sano se la habéis sacado; así que, por esta parte, no os debe nada.
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- El daño está, señor caballero, en que no tengo aquí dinero que se venga Andrés conmigo a casa y allí le pagaré un real sobre otro.
   - ¿Irme yo con él? —dijo el muchacho—.  No, señor de ninguna manera; porque, en viéndose solo, me desuella como a un San Bartolomé.
- No hará eso —replicó don Quijote—: basta que yo se lo mande para que me tenga respeto; y con que él me lo jure por la ley de caballería que ha recebido, le dejaré ir libre y aseguraré la paga.
- Mire vuestra merced, señor, lo que dice —dijo el muchacho—, que este mi amo no es caballero ni ha recibido orden de caballería alguna; que es Juan Haldudo el rico, el vecino del Quintanar.
- Importa eso poco —respondió don Quijote—, que Haldudos puede haber caballeros; cuanto más, que cada uno es hijo de sus obras.
- Así es verdad —dijo Andrés—; pero este mi amo, ¿de qué obras es hijo, pues me niega mi salario, mi sudor y mi trabajo?
- No lo niego, hermano Andrés —respondió el labrador—; pero veniros conmigo, que yo juro por todas las órdenes que de caballerías hay en el mundo que os pagaré como tengo dicho, un real sobre otro, y aun con propina.
- La propina os la perdono —dijo don Quijote—; dádselos en reales, que con eso me contento; y mirad que lo cumpláis como lo habéis jurado; si no, por el mismo juramento os juro de volver a buscaros y a castigaros, y que os tengo de hallar, aunque os escondáis más que una lagartija. Y si queréis saber quién os manda esto, para quedar  más  obligado a cumplirlo, sabed que yo soy el valeroso don Quijote de la Mancha, el deshacedor de agravios e injusticias; y quedad con Dios, y no olvideis lo prometido y jurado, porque de lo contrario os buscaré y volveré a castigaros.
- También lo juro yo —dijo el labrador—; pero, por lo mucho que os quiero, quiero acrecentar la deuda por acrecentar la paga.
Y, asiéndo al muchacho del brazo, le volvió a atar a la encina, donde le dio tantos azotes, que le dejó por muerto.
- Llamad, señor Andrés, ahora —decía el labrador— al deshacedor de agravios, veréis cómo no deshace este; aunque creo que no está acabado de hacer, porque me dan ganas de desollaros vivo, como vos temíais.

Pero, al fin, le desató y le dio permiso para que fuese en busca de su juez, para que ejecutase la pronunciada sentencia. Andrés se partió triste, jurando  buscar al valeroso don Quijote de la Mancha y contarle punto por punto lo que había pasado. Pero, con todo esto, él se partió llorando y su amo se quedó riendo.

Y desta manera deshizo el agravio el valeroso don Quijote; el cual, contentísimo de lo sucedido, pareciéndole que había dado felicísimo y alto principio a sus caballerías, con gran satisfación de sí mismo iba caminando hacia su aldea, diciendo a media voz:

      ¡Bien te puedes llamar dichosa sobre cuantas hoy viven en la tierra, ¡oh
Bella sobre las belllas  Dulcinea del Toboso!, pues te cupo en suerte tener sujeto y rendido a toda tu voluntad y talante a un tan valiente y tan nombrado caballero como lo es y será don Quijote de la Mancha que, hoy ha deshecho el mayor  agravio que formó la injusticia y cometió la crueldad: hoy quitó el látigo de la mano a aquel despiadado enemigo que sin razón vapuleaba a aquel delicado infante.
En esto, llegó a un camino que en cuatro se dividía, y comenzó a pensar cuál de aquéllos tomaría, estando un rato quieto y, después de pensarlo bien, soltó la rienda a Rocinante, dejando a la voluntad del rocín la suya, el cual siguió su primer intento, que fue el irse camino de su caballeriza.

Y, habiendo andado como dos millas, descubrió don Quijote un grande tropel de gente, que, como después se supo, eran unos mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia. Eran seis, y venían con sus quitasoles, con otros cuatro criados a caballo y tres mozos de mulas a pie. Apenas los divisó don Quijote, cuando se imaginó ser cosa de nueva aventura; y, por imitar en todo cuanto a él le parecía posible los pasos que había leído en sus libros, le pareció venir allí de molde uno que pensaba hacer. Y así, con gentil compostura y valor, se afirmó bien en los estribos, apretó la lanza, puso el escudo en el pecho y en mitad del camino esperó que aquellos caballeros andantes llegasen, que ya él por tales los tenía y juzgaba; y, cuando llegaron a trecho que se pudieron ver y oír, levantó don Quijote la voz, y con actitud arrogante dijo:
      Que se detenga todo el mundo, si todo el mundo no confiesa que no hay en todo el mundo mujer más bella que Dulcinea del Toboso.
Se pararon los mercaderes ante estas razones, y a ver la extraña figura del que las decía; y, por la figura y por las razones, enseguida se dieron cuenta de la locura de su dueño; mas quisieron ver despacio en qué paraba aquella confesión que se les pedía, y uno de ellos, que era un poco burlón y muy  discreto, le dijo:



      Señor caballero, nosotros no conocemos quién sea esa buena señora que decís; mostrádnosla: que si ella fuere de tanta hermosura como decís, de buena gana y sin apremio alguno confesaremos la verdad que por parte vuestra nos es pedida.

      Si os la mostrara —replicó don Quijote—, ¿qué hiciérais vosotros en confesar una verdad tan notoria? La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender; o de lo contrario entrareis en batalla conmigo gente descomunal y soberbia. Que, tanto vengáis uno a uno, como pide la orden de caballería, o todos juntos, como es costumbre y mala usanza de los de vuestra ralea, aquí os aguardo y espero, confiado en la razón que de mi parte tengo.
Uno de los mercaderes le pidió que les enseñara un retrato por pequeño que fuera para tener motivo de confesar lo que nos pide, que estamos ya tan de su parte que, aunque su retrato nos muestre que es tuerta de un ojo y que del otro le mana bermellón y piedra azufre, con todo eso, por complacer a vuestra merced, diremos en su favor todo lo que quisiere.

      No le mana, canalla infame —respondió don Quijote, encendido en cólera—; no le mana, digo, eso que decís, sino ámbar y algalia entre algodones; y no es tuerta ni corcovada, sino más derecha que un huso de Guadarrama (planta de la que antiguamente hacían las mujeres los husos). Pero vosotros pagaréis la gran blasfemia que habéis dicho contra tan grande beldad como es la de mi señora.
Y, en diciendo esto, arremetió con la lanza baja contra el que lo había dicho, con tanta furia y enojo que, si la buena suerte no hiciera que en la mitad del camino tropezara y cayera Rocinante, lo pasara mal el atrevido mercader. Cayó Rocinante, y fue rodando su amo un bun trecho por el campo; y, queriéndose levantar, jamás pudo: tal embarazo le causaban la lanza, adarga, espuelas y celada, con el peso de las antiguas armas. Y, entretanto que pugnaba por levantarse y no podía, estaba diciendo:
      ¡No huyais, gente cobarde; gente cautiva, atended!; que no por culpa mía, sino de mi caballo, estoy aquí tendido.
Un mozo de mulas de los que allí venían, que no debía de ser muy bien intencionado, oyendo decir al pobre caído tantas arrogancias, no lo pudo sufrir sin darle la respuesta en las costillas. Y, llegándose a él, tomó la lanza, y, después de haberla hecho pedazos, con uno de ellos comenzó a dar a nuestro don Quijote tantos palos que, a despecho y pesar de sus armas, le molió como si fuera trigo. Le daban voces sus amos que no le diese tanto y que le dejase, pero estaba ya el mozo picado y no quiso dejar el juego hasta saciar todo el resto de su cólera; y, acudiendo por los demás trozos de la lanza, los acabó de deshacer sobre el miserable caído, que, con toda aquella tempestad de palos que sobre él veía, no cerraba la boca, amenazando al cielo y a la tierra, y a los malandrines, que tal le parecían.

Se cansó el mozo, y los mercaderes siguieron su camino, llevando qué contar en todo él del pobre apaleado. El cual, después que se vio solo, tornó a probar si podía levantarse; pero si no lo pudo hacer cuando estaba sano y bueno, ¿cómo lo haría molido y casi deshecho? Y aún se tenía por dichoso, pareciéndole que aquélla era propia desgracia de caballeros andantes, y toda la atribuía a la falta de su caballo, y no le era posible levantarse, por lo magullado que tenía todo el cuerpo.

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