miércoles, 3 de mayo de 2017

D. QUIJOTE PARA TODOS





 Hace unos meses, paseando con un amigo, abogado y profesor, salió a relucir el tema de D. Quijote y mi amigo me dijo que había intentado leerlo tres veces sin conseguir terminarlo. Esto me dio la idea de preguntar a otros amigos y amigas, también profesores y maestros descubriendo, con asombro, que ninguno de ellos había leído la obra cumbre de la literatura española. El problema era el lenguaje y estilo de la época en que Cervantes la escribió. Decidí, por tanto, hacer una versión del Quijote (hay muchas) adaptándo la obra al lenguaje actual y suprimiendo fragmentos que no le quitan a la novela ni su belleza ni el hilo de  su argumento pero que la hacen más asequible. Esta versión de la que llevo veinte capítulos la voy a presentar en mi blog, con la esperanza de que las personas que la lean se aficionen a esta obra y lean después una versión más completa y ajustada a la que escribió Cervantes. Para animarlas a ello les digo que yo la leo una vez cada año,desde hace unos treinta, aprendiendo cada vez algo nuevo. Empiezo con el primer capítulo. 


Capítulo primero. Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo don Quijote de la Mancha


         En un lugar (pueblo) de la Mancha, del que no digo su nombre para que todos puedan presumir de ser paisanos del héroe de esta novela  no hace mucho tiempo que vivía un rentista de clase media baja (hidalgo) que conservaba las armas de sus tatarabuelos y tenía un caballo flaco y un perro galgo que le servían para la caza. Su hacienda le daba para comer a diario de forma austera y sin excesos, aunque los domingos se permitiera una comida extraordinaria. Su ropa también era austera, pero tenía para los domingos una vestimenta mejor. Vivía con un ama de llaves cuarentona,  una sobrina veinteañera y un criado que le hacía de todo, tanto cuidar del caballo como trabajar en el campo.
Tenía nuestro hidalgo alrededor de cincuenta años y era delgado pero fuerte. Era madrugador y le gustaba la caza. Su nombre era Quijada o Quesada, aunque esto no tiene importancia para esta historia.
Como vivía de las pocas rentas que tenía se aficionó de tal manera a leer libros de caballería que se olvidó de la caza e incluso de administrar su hacienda. Todo su tiempo libre era para la lectura de dichos libros y tantos compró que tuvo que vender para ello muchas fanegas de tierra ( la fanega equivale a 64 áreas y 596 miliáreas en Castilla, aunque en otras partes equivale a 6.600 metros cuadrados). Los que más le gustaban eran los de un tal Feliciano de Silva por su prosa clara y los requiebros y cartas de desafío donde encontraba escrito cosas como esta: la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece que con razón me  quejo de vuestra hermosura. Y otras parecidas, por lo que no es de extrañar que queriendo conocer el sentido de las mismas pasara las noches en blanco, de tal manera que de tanto leer y del poco dormir se le secó el cerebro, perdiendo el juicio por completo. Llenó su cabeza de tanta fantasia que no se le ocurrió otra cosa que hacerse caballero andante y salir por los caminos a deshacer  agravios, a proteger doncellas y socorrer a los que, a su parecer, sufrían alguna injusticia.
         Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos y que hacía muchos años que estaban puestas y olvidadas en un rincón. Las limpió lo mejor que pudo, dándose cuenta que no tenían celada ( casco  para cubrir la cabeza, sino morrión simple (una especie de casco dividido en dos mitades) Pero se las ingenió para suplir esta falta haciendo con cartones una media celada que, encajada con el morrión, hacían una apariencia de celada entera. Para probar si era fuerte y podria evitarle alguna cuchillada, le dio dos golpes con la espada, deshaciendo en un minuto lo que había hecho en una semana. Pero no se acobardó por ello, sino que la hizo de nuevo poniéndole unas barras de hierro por dentro, de tal manera que él quedó satisfecho de su fortaleza; y, sin querer hacer una nueva prueba, la dio por buena teniéndola por celada finísima de encaje.

Fue luego a ver su rocín  (caballo)  y, aunque era flaco, de mala traza y no muy alto, lo comparó con el Bucéfalo de Alejandro y el Babieca  del Cid. Ahora tenía que ponerle un nombre adecuado a un caballero andante como él. Cuatro días estuvo dándole vueltas al nombre, hasta que al fin le vino a llamar Rocinante: nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín (caballo como se ha dicho más arriba). Al ser ahora, en su imaginación, un caballo de la categoría de los del Cid y de Alejandro Magno. De ahí Rocinante, es decir, rocín antes, ahora un buen caballo.

            Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y a este pensamiento dedicó otros ocho días, y al cabo se vino a llamar don Quijote. Pero, acordándose que el valeroso Amadís no sólo se había contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, y se llamó Amadís de Gaula, así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya y llamarse don Quijote de la Mancha, con que, a su parecer, declaraba claramente su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre de ella.

Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmándose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse; porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma. Ya que si en sus correrías se encontraba con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes y lo vencía tenía que tener una dama a quien enviárselo para comunicarle que había sido vencido en singular batalla por el famoso y nunca suficentemente alabado don Quijote de la Mancha, el cual lo manda para que se presente ante ella, para que disponga de de él como le plazca. Después de mucho pensar, se decidió por una labradora llamada Aldonza Lorenzo de muy buen parecer y vecina de un pueblo cercano al suyo y de la que en un tiempo estuvo enamorado. Le pareció bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo, y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla Dulcinea del Toboso, porque era natural de este pueblo ; nombre, a su parecer, sonoro,  peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto,

 
      

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