miércoles, 10 de mayo de 2017

D. QUIJOTE PARA TODOS CAPÍTULO 2







 Como dije al comenzar la entrada anterior continuo publicando la edición del Quijote par todos.


Capítulo II. Que trata de la primera salida que de su tierra hizo el ingenioso don Quijote

           
Una vez que hizo lo que se ha contado en el capítulo anterior, no quiso perder más tiempo en poner en práctica su pensamiento de salir lo antes posible  a deshacer agravios, enderezar tuertos (entuertos, agravios) sinrazones (injusticias) que enmendar,  abusos que mejorar y deudas que satisfacer para las que él estaba convencido que era necesaria su presencia. Y así sin avisar a nadie y cuidando de no ser visto, una mañana muy temprano  de un calusoro mes de Julio, armado de todas sus armas, puesta su celada y tomando su lanza, montó sobre Rocinante y salió al campo por la puerta del  corral, muy contento por lo bien que había comenzado su aventura. Pero apenas se vio en el campo, cuando le asaltó un pensamiento terrible que por poco estuvo a punto de dar la vuelta  dejando la recien comenzada aventura.  El motivo  fue que le vino a la memoria que aún no había sido armado caballero, y que, conforme a ley de caballería, ni podía ni debía tomar armas con ningún caballero. Pero pudiendo más su locura que otra razón alguna, propuso  hacerse armar caballero del primero que topase, a imitación de otros muchos que así lo hicieron, según él había leído en los libros que de esta forma le tenían. Apenas salido el Sol, nuestro flamante caballero iba ya caminando por el antiguo y conocido campo de Montiel diciendo:

    Dichosa edad, y siglo dichoso aquel adonde saldrán a luz las famosas hazañas mías, dignas de tallarse en bronces, esculpirse en mármoles y pintarse en tablas para memoria en lo futuro. ¡Oh tú, sabio encantador, quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser cronista de esta peregrina historia, te ruego que no te olvides de mi buen Rocinante, compañero eterno mío en todos mis caminos y carreras!

Luego seguía diciendo, como si verdaderamente fuera enamorado:

   ¡Oh princesa Dulcinea, señora deste cautivo corazón!, mucho agravio me habeis hecho en despedirme y no permitirme aparecer ante vuestra hermosura.

Con éstos iba ensartando otros disparates, todos al modo de los que sus libros le habían enseñado, imitando en cuanto podía su lenguaje y caminaba tan despacio, y el sol entraba tan deprisa y con tanto ardor como para derretirle los sesos, si algunos tuviera.
Pasó casi todo el día sin que ocurriera nada digno de contarse lo cual desesperaba a nuestro caballero al que le gustaría toparse con alguien con quien demostrar el valor de su fuerte brazo. Autores hay que dicen que la primera aventura que tuvo fue la del Puerto Lápice; otros dicen que la de los molinos de viento; pero, lo que yo he podido averiguar en este caso, y lo que he hallado escrito en los Anales de la Mancha, es que él anduvo todo aquel día, y, al anochecer, su rocín y él se hallaron cansados y muertos de hambre; y que, mirando a todas partes por ver si descubria algún castillo o alguna majada de pastores donde recogerse y adonde pudiese remediar su mucha hambre y necesidad, vio, no lejos del camino por donde iba, una venta, que fue como si viera una estrella, dándose prisa para llegar a ella antes  de que  anochecciera.
          En la puerta de la venta estaban dos mujeres mozas, de las que llaman del partido (prostitutas) que iban  a Sevilla con unos arrieros que iban a pasar la noche en la venta. Y, como a nuestro aventurero todo cuanto pensaba, veía o imaginaba le parecía estar hecho de la forma que había leído, la venta se le representó como un Castillo, por lo que cuando estaba cerca de ella  detuvo las riendas a Rocinante, esperando que algún enano se pusiese entre las almenas a dar señal con alguna trompeta de que llegaba caballero al castillo. Pero, como vio que se tardaban y que Rocinante se daba prisa por llegar a la caballeriza, se llegó a la puerta de la venta, y vio a las dos destraídas mozas que allí estaban, que a él le parecieron dos hermosas doncellas o dos graciosas damas que delante de la puerta del castillo se estaban solazando. En esto, sucedió acaso que un porquero que andaba recogiendo de unos rastrojos una manada de puercos tocó un cuerno, a cuya señal ellos se recogen, y al instante se le representó a don Quijote lo que deseaba, que era que algún enano hacía señal de su venida; y así, con gran contento, llegó a la venta y a las damas, las cuales, como vieron venir un hombre de aquella suerte, armado y con lanza y adarga, llenas de miedo, se iban a entrar en la venta; pero don Quijote, coligiendo por su huida su miedo, alzándose la visera de papelón y descubriendo su seco y polvoroso rostro, con gentil talante y voz reposada, les dijo:

   No huyan  vuestras mercedes ni teman desaguisado alguno; que a la orden de caballería que profeso no toca ni atañe hacérselo a nadie, y mucho menos a tan altas doncellas como vuestras presencias demuestran.

          La mozas le miraban intentando ver el rostro que tapaba la celada, pero al verse llamar doncellas no pudieron contener la risa avergonzando a D. Quijote que les dijo:

   Es bueno la  mesura en las personas guapas, pero  es mucha sandez la risa que de leve causa procede; pero no os lo digo para que os apeneis ni mostreis mal talante; que el mío no es otro  que el de serviros. Esto y la pinta del caballero aumentaron las risas en ellas y en él el enojo, que a no ser por la aparición del ventero, hombre de natural pacific, que al ver aquella figura y la forma en que iba vestido y con armas tan antiguas acompañó a las mozas en sus risas, pero, temiendo que pudiera utilizar las armas, optó por hablarle de forma comedida, diciéndole:

   Si vuestra merced, señor caballero, busca posada, menos habitación, en esta posada la encontrará

Viendo don Quijote la humildad del alcaide de la fortaleza, que tal le pareció a él el ventero y la venta, respondió:
                                                                                      
- Para mí, señor castellano, cualquiera cosa basta, porque mis arreos son las armas y mi descanso el pelear..

El ventero pensó que el haberle llamado castellano había sido por haberle parecido de los sanos de Castilla, aunque él era andaluz, y de los de la playa de Sanlúcar, no menos ladrón que Caco, ni menos maleante que estudiante o paje; le respondió así:

   Según eso, las camas de vuestra merced serán duras peñas, y su dormir, siempre velar; y siendo así, bien se puede apear, con seguridad de hallar en esta choza ocasión y ocasiones para no dormir en todo un año, cuanto más en una noche.

Y, diciendo esto, fue a tener el estribo a don Quijote, el cual se apeó con mucha dificultad y trabajo, como aquel que en todo aquel día no se había desayunado.

Dijo luego al ventero que  tuviese mucho cuidado de su caballo, porque era la mejor pieza que comía pan en el mundo. Lo miró  el ventero, y no le pareció tan bueno como don Quijote decía, ni aun la mitad; y, acomodándole en la caballeriza, volvió a ver lo que su huésped mandaba, al cual estaban desarmando las doncellas, que ya se habían reconciliado con él; las cuales, aunque le habían quitado el peto (ropa que va sobre el pecho) y el espaldar (parte de la coraza que cubre la espalda)  no  supieron ni pudieron desencajarle la gola (pieza que se ponía sobre el peto para proteger la garganta), ni quitarle la contrahecha celada.Y así se quedó toda aquella noche con la celada puesta, que era la más graciosa y extraña figura que se pudiera pensar; y, al desarmarle, como él se imaginaba que aquellas que lo hacían eran algunas principales señoras y damas de aquel castillo, les dijo con mucho donaire:

-Nunca fuera caballero
de damas tan bien servido como fuera don Quijote cuando de su aldea vino: doncellas curaban dél; princesas, del su rocino,

o Rocinante, que éste es el nombre, señoras mías, de mi caballo, y don Quijote de la Mancha el mío.
Las mozas, que no estaban hechas a oír semejantes retóricas, no respondían palabra; sólo le preguntaron si quería comer alguna cosa.

   Cualquiera comería yo —respondió don Quijote—, porque me vendría muy bien. Coincidió que aquel dia era viernes  y no había en toda la venta sino unas raciones de un pescado que en Castilla llaman abadejo, y en Andalucía bacalao, y en otras partes curadillo, y en otras truchuela. Preguntáronle si por ventura comería su merced truchuela, que no había otro pescado que darle a comer.
   Como haya muchas truchuelas —respondió don Quijote—, podrán servir de una trucha..

Pusiéronle la mesa a la puerta de la venta, por el fresco, y le sirvió el ventero  una porción del mal remojado y peor cocido bacalao, y un pan tan negro y mugriento como sus armas; pero era de mucha risa verle comer, porque, como tenía puesta la celada y alzada la visera, no podía poner nada en la boca con sus manos si otro no se lo daba y ponía, cosa que hacía una de las mozas. Pero darle de beber no hubira sido posible si el ventero no horadara una caña, y puesto un extremo en la boca, por el otro le iba echando el vino; y todo esto lo recibía con paciencia.

          Estando en esto, llegó  a la venta un castrador de puercos; y, así como llegó, sonó su silbato de cañas cuatro o cinco veces, con lo cual acabó de confirmar don Quijote que estaba en algún famoso castillo y que le servían con música y que el abadejo eran truchas, el pan candeal,  las rameras damas y el ventero castellano del castillo, y con esto daba por bien empleada su determinación y salida. Mas lo que más le fatigaba era el no verse armado caballero, por parecerle que no se podría poner legítimamente en aventura alguna sin recebir la orden de caballería.

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