viernes, 29 de diciembre de 2017

PRECAUCIÓN AL VOLANTE



Precaución al volante
La Filosofía, en contra de lo que muchas personas piensan, no es algo inútil y para personas raras, sino que nos puede servir de mucha utilidad en la vida diaria
29/12/2017 07:20hActualizado:29/12/2017 07:20h
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Estamos en época de vacaciones, en la que muchas personas salen de su lugar habitual de residencia para pasar unos días de asueto. La Dirección
General de Tráfico organiza campañas conocidas como Operación Salida y Operación Regreso o Llegada, con el fin de concienciar a los conductores de que tengan prudencia a la hora de utilizar sus vehículos para, así, evitar accidentes y que los días de vacaciones que, en principio, se presentan como días alegres y tranquilos no se conviertan en desgraciados para toda la vida.
La mejor forma de evitar accidentes es cumplir las normas de Tráfico. Y aquí la Filosofía nos puede resultar de mucha ayuda. Veamos como Heráclito, habló de una ley que regulaba la lucha entre los elementos, a la que llamó Logos. Pues bien, donde quiera que vayamos siempre existirán unas normas que regulen nuestras acciones. En el caso que nos ocupa, las normas antes citadas de Tráfico. Y así como para este filósofo era necesario respetar  ley para que las cosas funcionen bien, los conductores deben, conocer y respetar las citadas normas, para lo que en principio se le presenta como un placer, no se convierta en una desgracia para el resto de su vida.
Sócrates, estaba en la cárcel esperando que le llevaran la cicuta a la que había sido condenado a beber, y sus amigos le prepararon una fuga segura que le libraría de la muerte. Pues bien, el filósofo rechazó la oferta porque decía que era más importante respetar la ley que su propia vida. Sin llegar a esos extremos, este filósofo nos puede servir de modelo a imitar en relación con las normas de Tráfico. Si hay una limitación de velocidad, no es por capricho, sino para evitar una accidente, a uno mismo y a los demás. Si está prohibido conducir habiendo ingerido alcohol, hay que respetarlo, por el bien nuestro y para evitar algún accidente a otras personas que van tranquilamente y cumpliendo lo establecido. Acordémonos pues de este filósofo a la hora de ponernos al volante de nuestros coches.
La Ética de Aristóteles, puede resultar de mucha utilidad recordándonos la teoría del justo medio (de la que ya hemos hablado en otra ocasión), ya que puede aplicarse a muchas situaciones de la vida, tales como: cuando hay que tomar alguna decisión importante debemos huir, tanto de la temeridad, como de la cobardía. Cervantes la pone en práctica cuando, con ocasión del episodio de los habitantes del pueblo del rebuzno, pone en boca de D. Quijote lo siguiente: «No huye el que se retira porque has de saber Sancho, que la valentía que no se funda sobre la basa de la prudencia se llama temeridad, y las hazañas del temerario más se atribuyen a la buena fortuna que a su ánimo». (D. Quijote segunda parte, capítulo XXVIII).
Cuando nos ponemos al volante de nuestros coches es conveniente acordarse de Aristóteles y de don Quijote, en cuanto a ser temerarios conduciendo a altas velocidades, como a ser cobardes, En el primer caso podemos tener un accidente y, además provocárselo a otras personas y en el segundo también, pues el conducir demasiado despacio, puede producir los mismos efectos. Hay pues que acordare del justo medio que, en este caso, consiste en respetar las señales de Tráfico.
Los estoicos nos enseñan, en primer lugar a ser pacientes. Los estoicos antiguos no desesperaban ante la enfermedad y la aceptaban resignadamente. Séneca acepta su muerte despidiéndose tranquilamente de su esposa y de sus amigos. Epicteto soportaba los sinsabores de su vida de esclavo, aumentados, además, por el defecto de su cojera y Marco Aurelio, todo un emperador romano, engañado por su esposa y martirizado por las actitudes delictivas de su hijo, es capaz, no ya de perdonarlos, sino de amarlos, además, tiernamente; y aceptó su muerte con resignación, cuando se enteró que había contraído la peste y que su fin se acercaba irremisiblemente.
Acordémonos pues de estos filósofos cuando nos encontremos ante un atasco en la carretera, y no queramos adelantar sin antes comprobar que no viene de frente ningún otro vehículo. Y si estamos en la ciudad, ante un semáforo en rojo, no pitar apenas se pone en verde si el conductor que va delante no se da cuenta enseguida y, mucho menos arrancar nuestro coche antes de que el que está delante no lo haga. En este caso, además de causar un accidente, la culpa sería nuestra y tendríamos que pagar las consecuencias.
Kant, hablaba de moral autónoma y de moral heterónoma. La primera consiste en respetar la ley por convicción, sin necesidad de coacción externa alguna. En la segunda el respeto a la ley viene condicionado por la sanción que lleva aparejada el no cumplirla.
La verdaderamente humana es la primera, actuando así como seres libres. Pero, aunque solo sea por evitar la sanción, es conveniente cumplir las normas. Recordemos también a Kant cuando nos pongamos al volante de nuestros coches. Heidegger habla de que debemos cuidar a las cosas de la naturaleza, pero también a las personas, ya que en el mundo no estamos solos, sino que coexistimos con los demás y debemos cuidar de ellos y no solamente de nuestros familiares y amigos, sino de cualquier ser humano. Debemos pensar que en la carretera no estamos nosotros solos, sino que muchas más personas también la están utilizando y si no respetamos las normas de Tráfico, podemos causar algún accidente y llevar la desgracia, no sólo a nosotros, sino a otras personas.
Este breve recorrido nos demuestra que la Filosofía, en contra de lo que muchas personas piensan, no es algo inútil y para personas raras, sino que nos puede servir de mucha utilidad en la vida diaria. En este caso, cuando nos pongamos al volante de nuestros coches. He citado estos filósofos por la claridad con la que exponen el respeto a las leyes. Podría haber citado más, pero no quiero extenderme demasiado para no cansar al posible lector. Uno de ellos me dijo un día que desde que leyó mi libro Facilosofía, no se había vuelto a saltar ningún semáforo. Le había impresionado el profundo respeto que Sócrates tenía a las leyes.
Juan Casas

PUBLICADO EN LA EDICIÓN DOGITAL DE LA VOZ DE CÁDIZ

miércoles, 27 de diciembre de 2017

BIAS Y LA MALDAD DE LA HUMANIDAD



                             BIAS Y LA  MALDAD DE LA HUMANIDAD

            Según Luciano de Crescenzo en su obra Historia de la Filosofía Griega I, sobre los siete sabios de Grecia, que no fueron siete, sino veintidós, se cuenta una anécdota muy curiosa que me da pie para hablar de la bondad o no de la humanidad.
            Parece ser que en una ocasión los siete principales decidieron hacer una excursión a Delfos, cerca del templo de Apolo y cuando llegaron fueron recibidos con todos los honores por el sacerdote más anciano que viendo reunidos a lo más selecto de la sabiduría griega, se le ocurrió que cada uno grabase una frase, que sirviese de lección, en las paredes del templo. El primero que se decidió  fue Quilón de Esparta que escribió en el frontón de la entrada  su famoso: Conócete a ti mismo. Los demás fueron imitándole y así Cleóbulo a la derecha del portal grabó su dicho:  Óptima es la medida. Le siguió Periandro que a la derecha escribió el suyo: La cosa más bella del mundo es la tranquilidad. Solón en una esquina  escribió su lema: Aprende a obedecer y aprenderás a mandar. Tales de Mileto, escribió en una  de las paredes exteriores su dicho: Acuérdate de los amigos. Pítaco arrodillado en el suelo escribió en éste: Devuelve el depósito. Sólo quedaba Bías que no se decidía,  alegando que no sabía que escribir; pero ante la insistencia de todos y, advirtiéndoles antes que sería mejor que no escribiera nada, con un cincel grabó: La mayoría de los hombres es mala. Y aquí empiezan mis reflexiones.
            ¿Tenía razón Bias? ¿somos malos la mayoría de los hombres? Si acudimos a la historia, empezando por la Biblia, ya el primero sí lo fue al desobedecer la orden que Dios le había dado de que respetara un árbol, que sería igual a muchos de los que allí había, pero que lo reservaba para él., En el Paraíso habría muchos árboles iguales de los que podía comer, pero Adán no  resistió la tentación de comer del único prohibido. Esto para mí fue una prueba de convivencia; de saber o no respetar lo que es de los demás, no un capricho de Dios. Porque la Biblia se puede leer de dos manera: de forma literal o de forma alegórica, como decía Filón de Alejandría y como la interpretaba después san Ambrosio de Milán que consiguió con sus sermones la conversión de san Agustín, que dejó de pensar que la biblia era un cuento para niños y para viejas. Siguiendo con la Biblia tenemos a Caín que por envidia mató a su hermano Abel.
            Ahora nos vamos a la Historia. Ya entre los hombres de las cavernas  existieron problemas, desavenencias y luchas entre los distintos clanes o tribus que había. El pueblo de Israel estaba en continuas luchas con los pueblos vecinos; Egipto esclavizó a este pueblo y a otros muchos más; Alejandro Magno fue otro de los grandes conquistadores y Roma conquistó, prácticamente todo el mundo conocido entonces. En la España medieval estuvimos ocho siglos luchando contra los musulmanes y, por no extenderme más, no olvidemos las dos grandes guerras del siglo XX, además de las innumerables guerras menores.. Y así seguimos. ¿Porqué ocurren las guerras? Pienso que por lo mismo que Adán desobedeció la orden de Dios, por falta de convivencia, por no respetar lo que no es nuestro. Esta es una parte mala del hombre.
            Hace dos mil diez años, aproximadamente, nació en Belén un niño que de adulto revolucionaría con sus doctrinas, el orden establecido, lo que le llevó a la muerte  en la cruz, el mayor castigo de la época. Predicaba el amor entre los hombres, aunque fuesen enemigos, como el samaritano de la parábola que socorrió a un judío herido; la misericordia; que todos somos hijos de un mismo padre, enseñándonos a dirigirnos a Él, como Padre Nuestro(…) y por último desde la cruz, pidió el perdón para los que le habían crucificado. Esta sería la parte buena si actuáramos así. Luego Bías no tenía totalmente  razón en su famosa afirmación. En el hombre hay tendencias al mal, pero también al bien.
El nacimiento de este niño es lo que estamos a punto de celebrar, lo que conocemos como La Navidad. Nuestras calles se iluminan de forma extraordinaria; se ofrecen por los medios de comunicación, toda clase de productos y se incita a la gente al consumismo. No es que me parezca mal que se hagan  gastos extraordinarios en estas fechas, pues cuando se celebra algo grande es normal  estar alegres. Lo que ya no veo bien es la identificación de la Navidad con el gasto: Uno de los muchos anuncios que se ven y oyen en los medios de comunicación  con motivo de las próximas fiestas navideñas es este: No hay Navidad sin regalos. Y yo me pregunto ¿En qué estamos convirtiendo la Navidad?
De acuerdo con los citados anuncios y los reclamos de los comercios, tanto pequeños como grandes almacenes, da la impresión de que la Navidad es una fiesta inventada para hacer regalos. ¿Has pensado ya lo que vas a regalar esta Navidad?, reza uno de ellos y a continuación presenta una serie de objetos: juguetes, joyas, bolsos, libros, etc. Todos de tipo material, todos se pueden comprar con dinero. Y lo grave, no es que el comercio intente vender que para eso está, sino que la gente se crea de verdad que si no hace algún regalo es como si no estuviese en Navidad. En otro, un niño le dice al padre: ¡mira papá una estrella fugaz!; cierra los ojos y pide un deseo para la Navidad. A continuación se anuncian varios cruceros. Otro anuncia una bebida diciendo que sin ella no hay Navidad.
El único viaje que se hizo en la primera Navidad fue en un humilde asno y por caminos pedregosos y peligrosos y, además, no fue precisamente un viaje de placer, como los que ofrecen las agencias en el anuncio  citado, sino obligado por las exigencias legales de la orden de empadronamiento que había dictado el emperador Octavio Augusto. Y los viajeros no tenían  reserva en un gran hotel, sino que se tuvieron que alojar en una cueva de pastores de las afueras, porque en las posadas ya no había sitio para ellos. Y cuando llegó la noche de la primera Navidad, estaban solos y sin apenas comida. Allí no había langostinos, ni cochinillos, ni pavo, ni champán, ni dulces. Seguramente lo más que tendrían para cenar sería un pedazo de pan y otro de queso y, lo más probable, ambos duros. Tampoco había luces extraordinarias, sino que se tendrían que conformar con la tenue luz de algún candil y con la calefacción natural que proporcionaban los animales que había en la cueva, tradicionalmente una mula y un buey, pero seguramente habría también alguna oveja. ¡Vamos una lujosa suite!
Este fue el escenario de aquella primera Navidad que nosotros lo hemos transformado completamente ¡cosas del progreso!
Yo recuerdo la Navidad de mi niñez y juventud. En primer lugar no se hablaba de ella hasta dos o tres días antes. Ahora en el mes de agosto se comienzan a ver los anuncios de la famosa lotería y desde mediados de octubre o a lo sumo primeros de noviembre ya nos están dando la matraca con la dichosa navidad (obsérvese que escribo esta navidad con minúscula).
            Es posible que al leer este artículo alguien piense que yo estoy en contra de estas fiestas y en cierto modo quizás acierten, porque, efectivamente, no me gusta la Navidad tal como está planteada: fiestas de derroche y de jolgorio. No, a mi no me gusta esta navidad, sino la Navidad que yo conocí. Una Navidad sencilla y familiar, en la que, desde luego había regalos, pero en la que no se identificaban estos con la fiesta que se celebraba. .Y es que sabíamos que era lo que se estaba celebrando.  Ni más ni menos que el nacimiento de Dios hecho hombre. ¿Saben eso la mayoría de los niños y jóvenes de ahora? , ¿Qué nos contestarían si le preguntásemos que es la Navidad? Me temo que muchos contestarían que es una fiesta en la que la gente se hacen regalos unos a otros.
Y sí, efectivamente en aquella primera Navidad hubo regalos, uno solamente, pero muy valioso. Nada más y nada menos que el descubrimiento de la importancia del hombre y, al decir hombre me refiero al ser humano en sus dos sexos, pues muy importante debe ser cuando Dios decide hacerse uno de nosotros, ¡qué mejor regalo!
Juan Escoto Eriúgena, el mayor talento especulativo del siglo IX decía del hombre lo siguiente: “ El hombre no ha sido llamado inmerecidamente oficina de todas las criaturas; en efecto, todas las criaturas se contienen en él. Entiende como el ángel, razona como hombre, siente como animal irracional, vive como el gusano, se compone de alma y cuerpo y no carece de ninguna cosa creada”. Pues este es el regalo que  aquel Niño nos hizo al hacerse uno de nosotros, el que comprendiéramos la importancia de ser hombre y cómo hacer para comportarnos como tales.
El mismo Jesucristo lo diría después claramente: el reino de Dios no está aquí o allá, el reino de Dios está entre vosotros. Practiquemos, pues,  el amor al prójimo, aunque sean enemigos; la misericordia, ya que todos tenemos necesidad de ella, muchas veces, a lo largo de nuestra vida. Y cuando vayamos en el autobús, o por la calle, digamos Padre nuestro, para recordar que todos somos hermanos. Hagamos, no solamente regalos que  se puedan comprar en la tiendas, sino, además y sobre todo, los que no se pueden comprar con dinero como, por ejemplo: una sonrisa, una mano por encima, un halago, un dedicar más tiempo a la compañía de los seres queridos, etc.
Seguramente que los niños recordarían mejor la Navidad si en ella sus padres le dedicasen más tiempo que si les colmaran de regalos pero no estuvieran con ellos. Todo esto, claro está si queremos recordar aquella primera Navidad; si por el contrario olvidamos este detalle, mejor será que las llamemos fiestas del solsticio de invierno como algunos proponen, dejando la Navidad para los que crean en ella. 
Ya sé que este artículo no resultará políticamente correcto para muchos, pero pienso que refleja la realidad en la que hemos convertido esta fiesta entrañable.














D. QUIJOTE PARA TODOS




Capítulo XXXV. Donde se da fin a la novela del Curioso impertinente.


Poco más quedaba por leer de la novela, cuando del caramanchón donde reposaba don Quijote salió Sancho Panza todo alborotado, diciendo a voces:

   Acudid, señores, pronto y socorred a mi señor, que anda envuelto en la más reñida y difícil batalla que mis ojos han visto. ¡Vive Dios, que ha dado una cuchillada al gigante enemigo de la señora princesa Micomicona, que le ha cortado la cabeza, de raiz y enteramente, como si fuera un nabo!

   ¿Qué dices, hermano? —dijo el cura, dejando de leer lo que de la novela quedaba—. ¿Estás en tu juicio, Sancho? ¿Cómo diablos puede ser eso que dices, estando el gigante a dos mil leguas de aquí?

En esto, oyeron un gran ruido en el aposento, y que don Quijote decía a voces:

   ¡Detente, ladrón, malandrín, follón, que aquí te espero, y no te ha de valer  tu cimitarra! (107)

Y parecía que daba grandes cuchilladas por las paredes. Y dijo Sancho:

   No tienen que pararse a escuchar, sino entren a apaciguar la pelea, o a ayudar a mi amo; aunque ya no será menester, porque, sin duda alguna, el gigante está ya muerto, y dando cuenta a Dios de su pasada y mala vida, que yo vi correr la sangre por el suelo, y la cabeza cortada y caída a un lado, que es tan grnde como un gran cuero de vino.

   Que me maten —dijo en este momento el ventero— si don Quijote, o don diablo, no ha dado alguna cuchillada en alguno de los cueros de vino tinto que a su cabecera estaban llenos, y el vino derramado debe de ser lo que le parece sangre a este buen hombre.

Y, dicho esto, entró en el aposento, y todos tras él, y hallaron a don Quijote en el más extraño traje del mundo: estaba en camisa, la cual no era tan cumplida que por delante le acabase de cubrir los muslos, y por detrás tenía seis dedos menos; las piernas eran muy largas y flacas, llenas de vello y no nada limpias; tenía en la cabeza un bonetillo colorado, grasiento, que era del ventero; en el brazo izquierdo tenía revuelta la manta de la cama, a la que tenía ojeriza Sancho, y él  sabía bien porqué; y en la derecha, desenvainada la espada, con la cual daba cuchilladas a todas partes, diciendo palabras como si verdaderamente estuviera peleando con algún gigante. Y es lo bueno que no tenía los ojos abiertos, porque estaba durmiendo y soñando que estaba en batalla con el gigante; que fue tan intensa la imaginación de la aventura que iba a rematar, que le hizo soñar que ya había llegado al reino de Micomicón, y que ya estaba en la pelea con su enemigo. Y había dado tantas cuchilladas en los cueros, creyendo que las daba en el gigante, que todo el aposento estaba lleno de vino; lo cual visto por el ventero, tomó tanto enojo que arremetió contra don Quijote, y a puño cerrado le comenzó a dar tantos golpes que si Cardenio y el cura no lo separaran, él acabara la guerra del gigante; y, con todo aquello, no despertaba el pobre caballero, hasta que el barbero trajo un gran caldero de agua fría del pozo y se le echó por todo el cuerpo de golpe, con lo cual despertó don Quijote; pero no con tanto juicio que pudiera ver la manera en la que se encontraba. Dorotea, que vio lo corto e indecente que estaba vestido, no quiso entrar a ver la batalla de su ayudador y de su contrario.

Andaba Sancho buscando la cabeza del gigante por todo el suelo, y, como no la encontraba, dijo:

   Ya yo sé que todo lo de esta casa es encantamento; que la otra vez, en este mismo lugar donde ahora estoy, me dieron muchos mojicones y porrazos, sin saber quién me los daba, y nunca pude ver a nadie; y ahora no aparece por aquí esta cabeza que vi cortar con mis propios ojos, y la sangre corría del cuerpo como de una fuente.

   ¿Qué sangre ni qué fuente dices, enemigo de Dios y de sus santos? —dijo el ventero—. ¿No ves, ladrón, que la sangre y la fuente no son otra cosa que estos cueros que aquí están horadados y el vino tinto que nada en este aposento, que nadando vea yo el alma en los infiernos de quien los horadó?

   No sé nada —respondió Sancho—; sólo sé que vendré a ser tan desdichado que, por no encontrar  esta cabeza, se me ha de deshacer mi condado como la sal en el agua.

Y estaba peor Sancho despierto que su amo durmiendo: tal le tenían las promesas que su amo le había hecho. El ventero se desesperaba de ver la calma del escudero y el maleficio (embrujo) del señor, y juraba que no había de ser como la vez pasada, que se le fueron sin pagar; y que ahora no le habían de valer los previlegios de su caballería para dejar de pagar lo uno y lo otro, aun hasta lo que pudiesen costar los remiendos que se tenían  que echar a  los cueros rotos.

Tenía el cura cogidas las manos a don Quijote, el cual, creyendo que ya había acabado la aventura, y que se hallaba delante de la princesa Micomicona, se hincó de rodillas delante del cura, diciendo:

     Bien puede la vuestra grandeza, alta y famosa señora, vivir, desde hoy, más tranquila porque no le podrá hacer ningún mal esta mal nacida criatura; y yo también, a partir de hoy, quedo libre de la palabra que os di, pues, con la ayuda del alto Dios y con el favor de aquella por quien yo vivo y respiro, tan bien la he cumplido.

   ¿No lo dije yo? —dijo oyendo esto Sancho—. Sí que no estaba yo borracho:
¡mirad si tiene puesto ya en sal mi amo al gigante! (muerto) ¡Ciertos son los toros (108): mi condado es cosa segura!

¿Quién no había de reír con los disparates de los dos, amo y mozo? Todos reían menos el ventero, que se lo llevaban los diablos. Pero, en fin, tanto hicieron el barbero, Cardenio y el cura que, con no poco trabajo, llevaron a don Quijote a la cama, el cual se quedó dormido, con muestras de grandísimo cansancio.
Le dejaron dormir, y salieron al portal de la venta a consolar a Sancho Panza de no haber hallado la cabeza del gigante; aunque más tuvieron que hacer en aplacar al ventero, que estaba desesperado por la repentina muerte de sus cueros. Y la ventera decía en voz y en grito: — En mal punto y en hora menguada (maldita la hora) entró en mi casa este caballero andante, que ojalá no lo hubiera visto jamás, que tan caro me cuesta. La vez pasada se fue con el costo de una noche, de cena, cama, paja y cebada, para él y para su escudero, y un rocín y un jumento, diciendo que era caballero aventurero (que mala ventura le dé Dios a él y a cuantos aventureros hay en el mundo) y que por esto no estaba obligado a pagar nada, que así estaba escrito en las ordenanzas de la caballería andantesca. Y ahora, para buscarle, vino este otro señor y se llevó mi cola, y me la ha devuelto toda pelada, que no puede servir para lo que la quiere mi marido. Y, por fin y remate de todo, me rompe mis cueros y derrama mi vino; que derramada  vea yo su sangre. ¡Pues no se piense; que, por los huesos de mi padre y por la memoria  de mi madre, que me lo han de pagar un cuarto sobre otro, o no me llamaría yo como me llamo ni sería hija de quien soy!

Estas y otras razones decía la ventera muy enfadada, apoyada por su buena criada Maritornes. La hija callaba, y de cuando en cuando se sonreía. El cura lo sosegó todo, prometiendo satisfacerles su pérdida lo mejor que pudiese, así de los cueros como del vino, y principalmente del deteriioroo de la cola, de quien tanta cuenta hacían. Dorotea consoló a Sancho Panza diciéndole que siempre que pareciese haber sido verdad que su amo hubiese descabezado al gigante, le prometía, en viéndose pacífica en su reino, darle el mejor condado que en él hubiese. Con esto se consoló Sancho,  y aseguró a la princesa que tuviese por cierto que él había visto la cabeza del gigante, y que, por más señas, tenía una barba que le llegaba a la cintura; y que si no aparecía, era porque todo cuanto en aquella casa pasaba era por vía de encantamento, como él lo había probado otra vez que se había hospedado en ella. Dorotea dijo que así lo creía, y que no tuviese pena, que todo se haría bien y sucedería a pedir de boca. Sosegados todos, el cura quiso acabar de leer la novela, porque vio que faltaba poco. Cardenio, Dorotea y todos los demás le rogaron la acabase. Él, que a todos quiso dar gusto, y porque quería también leerla, prosiguió el cuento, que así decía:

«Sucedió, pues, que, por la satisfación que Anselmo tenía de la bondad de Camila, vivía una vida contenta y descuidada, y Camila, por disimular, ponía mala cara a Lotario, para que Anselmo entendiese lo contrario de lo que era; y, para más confirmarlo, Lotario pidió licencia para no venir a su casa, pues claramente se veía la molestia que a Camila le producían sus visitas; pero el engañado Anselmo le dijo que de ninguna manera hiciese tal cosa. Y, de esta manera, era Anselmo el artífice de su deshonra, creyendo que lo era de su felicidad.
»En esto, el gusto que tenía Leonela de verse bien  con sus amores, llegó a tanto que, sin mirar a otra cosa, se iba tras él sin disimulo, confiada que su señora la encubría, y aun la advertía del modo que con poco peligro pudiese ponerle en ejecución. En fin, una noche sintió Anselmo pasos en el aposento de Leonela, y, queriendo entrar a ver quién los daba, sintió que le detenían la puerta, cosa que le entraron más deseos de abrirla; y tanta fuerza hizo, que la abrió, y entró dentro a tiempo que vio que un hombre saltaba por la ventana a la calle; y, acudiendo con presteza a alcanzarle o conocerle, no pudo conseguir ni lo uno ni lo otro, porque Leonela se abrazó con él, diciéndole:

»—Sosiégate, señor mío, y no te alborotes, ni sigas al que de aquí saltó; es cosa mía, y tanto, que es mi esposo.

»No lo quiso creer Anselmo; antes, ciego de enojo, sacó la daga y quiso herir a Leonela, diciéndole que le dijese la verdad, si no, que la mataría. Ella, con  miedo, sin saber lo que  decía, le dijo:

»—No me mates, señor, que yo te diré cosas de más importancia de las que puedes imaginar.

»—Dilas ya —dijo Anselmo—; si no, serás muerta ..

»—Por ahora será imposible —dijo Leonela—, porque estoy muy asustada; espera a mañana, que entonces sabrás de mí lo que te ha de admirar; y estate seguro que el que saltó por esta ventana es un mancebo de esta ciudad, que me ha dado palabra de  ser mi esposo.

»Sosegóse con esto Anselmo y quiso aguardar el tiempo que le pedía, porque no pensaba oír cosa que contra Camila fuese, por estar de su bondad tan satisfecho y seguro; y así, salió del aposento y dejó encerrada en él a Leonela, diciéndole que de allí no saldría hasta que le dijese lo que tenía que decirle.

»Fue luego a ver a Camila y a decirle  todo aquello que con su doncella le había pasado, y la palabra que le había dado de decirle grandes cosas y de importancia. Si se turbó Camila o no, no hay para qué decirlo, se asustó mucho, creyendo  que Leonela le diría a Anselmo todo lo que sabía de su poca fidelidad, que no tuvo ánimo para esperar si su sospecha salía falsa o no. Y aquella misma noche, cuando le pareció que Anselmo dormía, juntó las mejores joyas que tenía y algo de dinero, y, sin que nadie se diera cuenta, salió de casa y se fue a la de Lotario a quien contó lo que pasaba, y le pidió que las pusiese  a salvo,o que se ausentasen los dos donde pudiesen estar seguros de Anselmo. La confusión en que Camila puso a Lotario fue tal, que no le sabía responder palabra, ni menos sabía decidir  lo que haría.

» Al fin, acordó llevar a Camila a un monasterio, del que era priora una  hermana suya. Consintió Camila en ello, y, con la urgencia que el caso requería, la llevó Lotario y la dejó en el monasterio, y él, también, se ausentó luego de la ciudad, sin dar cuenta a nadie de su ausencia.

»Cuando amaneció, Anselmo se dio cuenta de que Camila no estaba a su lado, pero con el deseo que tenía de saber lo que Leonela quería decirle, se levantó y fue adonde  la había dejado encerrada. Abrió y entró en el aposento, pero no halló en él a Leonela: sólo vio  unas sábanas puestas y anudadas a la ventana, indicio y señal de que por allí se había descolgado e ido. Volvió luego muy triste a decírselo a Camila, y, no encontrándola en la cama ni en toda la casa, quedó asombrado.Preguntó a los criados por ella, pero nadie le supo dar razón de lo que pedía.

»Ocurrió casualmente, mientras buscaba a Camila, que vio sus cofres abiertos y que de ellos faltaban las mayoría de sus joyas, y con esto acabó de caer en la cuenta de su desgracia, y en que no era Leonela la causa de su desventura. Y, así como estaba, sin acabarse de vestir, triste y pensativo, fue a dar cuenta de su desdicha a su amigo Lotario. Pero, cuando no le encontró, y sus criados le dijeron que aquella noche se había marchado de casa y se había llevado consigo todos el dinero que tenía, pensó perder el juicio. Y, para acabar de concluir con todo, volviéndose a su casa, no halló en ella ninguno de cuantos criados y criadas tenía, sino la casa desierta y sola.

»No sabía qué pensar, qué decir, ni qué hacer, y poco a poco se le iba trastornando el juicio. Miraba y se veía en un instante sin mujer, sin amigo y sin criados; desamparado, a su parecer, del cielo que le cubría, y sobre todo sin honra, porque en la falta de Camila vio su perdición.

»Resolvió, en fin, al cabo de un rato,  irse a la aldea de su amigo, donde había estado cuando dio lugar a que se maquinase toda aquella desventura. Cerró las puertas de su casa, subió a caballo, y con desmayado aliento se puso en camino; y, apenas hubo andado la mitad, cuando, acosado de sus pensamientos, le fue forzoso apearse y atar su caballo a un árbol, a cuyo tronco se dejó caer, dando tiernos y dolorosos suspiros, y allí estuvo casi hasta que anochecía; y aquella hora vio que venía un hombre a caballo de la ciudad, y, después de haberle saludado, le preguntó qué nuevas había en Florencia. El ciudadano respondió:

»—Las más extrañas que hace mucho tiempo  se han oído en ella; porque se dice públicamente que Lotario, aquel gran amigo de Anselmo el rico, que vivía por San Juan, se llevó esta noche a Camila, mujer de Anselmo, el cual tampoco aparece. Todo esto lo ha dicho una criada de Camila, que anoche la encontró el gobernador descolgándose con una sábana por las ventanas de la casa de Anselmo. En realidad, no sé puntualmente cómo pasó el asunto; sólo sé que toda la ciudad está admirada de este suceso, porque no se podía esperar tal hecho de la mucha y familiar amistad de los dos, que dicen que era tanta, que los llamaban los dos amigos.

»—¿Se sabe, por ventura —dijo Anselmo—, el camino que llevan Lotario y Camila?

»—No se sabe —dijo el ciudadano—, aunque el gobernador ha sido muy diligente ordenando buscarlos.

»— Vayais con Dios, señor —dijo Anselmo.

»—Con Él quedéis —respondió el ciudadano, y se marchó

»Con tan desdichadas noticias, casi casi  Anselmo estuvo a punto, no sólo de perder el juicio, sino de acabar con su vida. Se levantó como pudo y llegó a casa de su amigo, que aún no conocía su desgracia; pero, como le vio llegar amarillo, consumido y seco, entendió que algo muy grave le había sucedido. Pidió luego Anselmo que le acostasen, y que le diesen útiles para escribir. Así se hizo, y le dejaron acostado y solo, porque él así lo quiso, y aun pidió que le cerrasen la puerta. Viéndose, pues, solo, comenzó a cargar tanto la imaginación de su desventura, que claramente conoció que se le iba acabando la vida; y así, decidió dejar noticia de la causa de su extraña muerte; y, comenzando a escribir, antes que acabase de poner todo lo que quería, le faltó el aliento y dejó la vida en las manos del dolor que le causó su curiosidad impertinente.

»Viendo el señor de la casa que era ya tarde y que Anselmo no llamaba, decidió entrar para saber si seguía indispuesto, y lo encontró tendido boca abajo, la mitad del cuerpo en la cama y la otra mitad sobre el escritorio, en el que estaba con el papel escrito y abierto, y  teniendo aún la pluma en la mano. Se acercó el amigo, habiéndole llamado primero; y, cogiéndole  la mano, viendo que no le respondía y notándole frío, vio que estaba muerto.
Se admiró y acongojó mucho, y llamó a la gente de casa para que viesen la desgracia sucedida a Anselmo; y, finalmente, leyó el papel, que reconoció que por su propia mano estaba escrito, el cual contenía estas razones:

Un necio e impertinente deseo me quitó la vida. Si las noticias de mi muerte llegasen a oídos de Camila, sepa que yo la perdono, porque no estaba ella obligada a hacer milagros, ni yo tenía necesidad de querer que ella los hiciese; y, pues yo fui el artifice de mi deshonra, no hay para qué...

»Hasta aquí escribió Anselmo, por lo que entendieron que en aquel punto, sin poder acabar su explicación, se le acabó la vida. Al día siguiente su amigo informó a los parientes de Anselmo de su muerte, los cuales ya sabían su desgracia, y el monasterio donde Camila estaba, casi a punto de acompañar a su esposo en aquel forzoso viaje, no por las noticias del esposo muerto, sino por las que supo del ausente amigo. Se dice que, aunque se vio viuda, no quiso salir del monasterio, ni, menos, hacer profesión de monja, hasta que, a los pocos días, le llegaron noticias de  que Lotario había muerto en una batalla que en aquel tiempo dio monsiur de Lautrec al Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba en el reino de Nápoles, donde había ido a parar el tardíamente arrepentido amigo; lo cual sabido por Camila, hizo profesión, y acabó en breves días la vida a las rigurosas manos de tristezas y melancolías. Éste fue el fin que tuvieron todos, nacido de un tan desatinado principio.»

   Bien me parece esta novela —dijo el cura—, pero no me puedo creer que esto sea verdad; y si es fingido, fingió mal el autor, porque no se puede imaginar que haya marido tan necio que quiera hacer tan costosa experiencia como Anselmo. Si este caso se pusiera entre un galán y una dama (entre unos novios) se pudiera creer, pero entre marido y mujer, algo tiene de imposible; y, en lo que toca al modo de contarla, no me descontenta.


NOTAS.

107. Arma de acero de corta muy afilado, algo curvo y terminda en punta.

108. Ciertos son los toros cuando están en el corral (refranero)