miércoles, 13 de diciembre de 2017

D. QUIJOTE PARA TODOS



Capítulo XXXIII. Donde se cuenta la novela del Curioso impertinente


«En Florencia, ciudad rica y famosa de Italia, en la provincia que llaman Toscana, vivían Anselmo y Lotario, dos caballeros ricos y principales, y tan amigos que, por excelencia y antonomasia, de todos los que los conocían los dos amigos eran llamados. Eran solteros, mozos de una misma edad y de unas mismas costumbres.. Bien es verdad que  Anselmo era algo más inclinado a los pasatiempos amorosos que  Lotario, el cual prefería los de la caza; pero, cuando se ofrecía, dejaba Anselmo de acudir a sus gustos por seguir los de Lotario, y Lotario dejaba los suyos por acudir a los de Anselmo.

           »Andaba Anselmo muy enamorado de una doncella principal y hermosa de la misma ciudad, hija de tan buenos padres y tan buena ella por sí, que  decidió, con el parecer de su amigo Lotario, pedirla por esposa a sus padres; y el que llevó la embajada fue Lotario,  que concluyó el negocio tan a gusto de su amigo, que nó tardó en  poseer lo que deseaba, y Camila tan contenta de haber alcanzado a Anselmo por esposo, que no cesaba de dar gracias al cielo, y a Lotario, por cuyo medio tanto bien le había venido.

          »Los primeros días, como todos los de boda suelen ser alegres, frecuentó Lotario, como solía, la casa de su amigo Anselmo, procurando honrarle, festejarle y regocijarle en lo que podia; pero, acabadas las bodas y sosegada ya la frecuencia de las visitas y parabienes, comenzó Lotario a distanciar las suyas a la casa de Anselmo, para evitar maledicencias de la gente.

»Notó Anselmo las ausencias de Lotario, y le manifestó sus quejas, diciéndole que si él hubiera sabido que al casarse iban a dejar de tratarse como solían hacerlo, que jamás se hubiera casado, y le recordó todas las cosas que hacían antes de la boda.. »A todas estas y otras muchas razones que Anselmo dijo a Lotario para persuadirle que volviese como solía a su casa, respondió Lotario con tanta prudencia, discreción y consejos, que Anselmo quedó satisfecho de la buena intención de su amigo, y acordaron que dos días a la semana y las fiestas fuese Lotario a comer con él; y, aunque esto quedó así concertado entre los dos, se propuso Lotario hacer solamente aquello que viese que más convenía a la honra de su amigo, cuyo crédito estimaba más que el suyo propio.

          »También decía Lotario que los casados tenían necesidad  de tener cada uno algún amigo que le advirtiese de los errores que en su comportamiento tuviese en su trato con Camila. Pero, ¿dónde se hallará amigo tan discreto y tan leal y verdadero como aquí Lotario le pide? No lo sé yo, por cierto; sólo Lotario era éste, que con toda solicitud y advertencias miraba por la honra de su amigo y procuraba disminuir y acortar los días del concierto de ir a su casa, porque no pareciese mal al vulgo ocioso y a los ojos vagabundos y maliciosos la entrada de un mozo rico, gentilhombre y bien nacido, en la casa de una mujer tan hermosa como Camila.

          »Sucedió, pues, que un día que los dos estaban paseando por un prado fuera de la ciudad, Anselmo hizo a Lotario las siguiente reflexiones:

 »—Pensabas, amigo Lotario, que a las mercedes que Dios me ha hecho en hacerme hijo de tales padres como fueron los míos y al darme, no con mano escasa, los bienes, así los que llaman de naturaleza como los de fortuna, no puedo yo corresponder con agradecimiento  al bien recibido, al que se suma el  que me hizo en darme a ti por amigo y a Camila por mujer propia: dos prendas que las estimo, si no en el grado que debo, en el que puedo. Pues con todas estas cosas, con que los hombres suelen y pueden vivir contentos, me siento el más amargado y desesperado de los hombres de todo el universe; porque desde hace  unos días tengo una pena y me oprime un deseo tan extraño, y tan fuera del uso común de otros, que yo me maravillo de mí mismo, y me culpo y me riño a solas, y procuro callarlo y quitarlo de mis propios pensamientos; y así me ha sido posible salir con este secreto como si mi  corazón necesitara decirlo a todo el mundo. Y,  como de todas formas se va conocer,  quiero que me guardes el secreto para librarme pronto de la angustia que me causa y recupere la alegría por tu solicitud al grado que ha llegado mi descontento por mi locura.

          »Intrigado tenían a Lotario las razones de Anselmo, y no sabía en qué había de parar tan larga prevención o preámbulo; y, aunque iba revolviendo en su imaginación qué deseo podría ser aquel que a su amigo tanto fatigaba, dio siempre muy lejos del blanco de la verdad; y, por salir pronto de la agonía que le causaba aquella intriga, le dijo que ofendía a su mucha amistad en andar buscando rodeos para decirle sus más encubiertos pensamientos, pues sabía qué se podía esperar de él, o ya consejos para apartarlos, o ya remedio para cumplirlos.

»—Así es la verdad —respondió Anselmo—, y con esa confianza te hago saber, amigo Lotario, que el deseo que me agobia es pensar si Camila, mi esposa, es tan buena y tan perfecta como yo pienso; y no puedo enterarme con certeza, si no es probándola de manera que la prueba manifieste los quilates de su bondad, como el fuego muestra los del oro. Porque, ¿qué hay que agradecer —decía él— que una mujer sea buena, si nadie le dice que sea mala? ¿Qué importa que esté recogida y temerosa la que no le dan ocasión para que se suelte, y la que sabe que tiene marido que, en cogiéndola en la primera desenvoltura, le ha de quitar la vida? Así que, la que es buena por temor, o por falta de ocasión, yo no la quiero tener en aquella estima en que tendré a la solicitada y perseguida que salió con la corona del vencimiento. De modo que, por estas razones y por otras muchas que te pudiera decir para acreditar y fortalecer la opinión que tengo, deseo que Camila, mi esposa, pase por estas dificultades y se acrisole y aquilate en el fuego de verse requerida y solicitada, y de quien tenga valor para poner en ella sus deseos; y si ella sale, como creo que saldrá, con la palma de esta batalla, tendré yo por sin igual mi ventura; podré yo decir que está colmado el vacío de mis deseos; diré que me cupo en suerte la mujer fuerte, de quien el Sabio (97) dice que ¿quien la hallará.? Y, cuando esto suceda al revés de lo que pienso, con el gusto de ver que acerté en mi opinión, llevaré sin pena la que de razón podrá causarme mi tan costosa experiencia. Y, suponiendo que ninguna cosa de cuantas me dijeres en contra de mi deseo ha de ser de algún provecho para dejar de ponerle por la obra, quiero, ¡oh amigo Lotario!, que te dispongas a ser el instrumento que ejecute esta obra de mi gusto; que yo te daré lugar para que lo hagas, sin faltarte nada de lo que yo vea que sea necesario para solicitar a una mujer honesta, honrada, recogida y desinteresada. Y me mueve, entre otras cosas, confiarte esta tarea, el ver que si es vencida Camila, el vencimiento quedará entre los dos quedando escondida mi injuria con tu silencio.  Así que, si quieres que yo tenga vida que pueda decir que lo es, cuanto antes has de entrar en esta amorosa batalla, no tibia ni perezosamente, sino con el ahínco y diligencia que mi deseo pide, y con la confianza que nuestra amistad me asegura.

»Éstas fueron las razones que Anselmo dijo a Lotario, a las cuales estuvo tan atento, que no desplegó sus labios hasta que hubo acabado; y, viendo que no decía más, le dijo:

»—No me puedo creer, ¡oh amigo Anselmo!,  que no sean burlas las cosas que me has dicho.  Sin duda imagino, o que no me conoces, o que yo no te conozco. Pero no; que bien sé que eres Anselmo, y tú sabes que yo soy Lotario; el daño está en que yo pienso que no eres el Anselmo que solías, y tú debes de haber pensado que tampoco yo soy el Lotario que debía ser, porque las cosas que me has dicho, ni son de aquel Anselmo mi amigo, ni las que me pides se han de pedir a aquel Lotario que tú conoces; porque los buenos amigos han de probar a sus amigos y valerse de ellos, como dijo un poeta, usque ad aras;(98) que quiso decir que no se habían de valer de su amistad en cosas que fuesen contra Dios. Pues, si esto sintió un gentil de la amistad, ¿cuánto mejor es que lo sienta el cristiano, que sabe que por ninguna humana ha de perder la amistad divina? Y cuando el amigo llegue tan lejos que olvidase los respetos del cielo por acudir a los de su amigo, no ha de ser por cosas ligeras y de poca importancia, sino por aquellas en que vaya la honra y la vida de su amigo. Pues dime tú ahora, Anselmo: ¿cuál de estas dos cosas tienes en peligro para que yo me aventure a complacerte y a hacer una cosa tan detestable como me pides? Ninguna, por cierto. Escucha, amigo Anselmo,  ten paciencia y no me respondas hasta que acabe de decirte lo que pienso sobre lo que me has pedido; que tiempo quedará para que tú me repliques y yo te escuche.

»—Que me place —dijo Anselmo—: di lo que quieras.

»Y Lotario prosiguió diciendo:

»— Me parece ¡oh Anselmo!, que tienes tú ahora el gusto como el que siempre tienen los moros, a los cuales no se les puede dar a entender el error de su secta con las acotaciones de la Santa Escritura, ni con razones que consistan en especulación del entendimiento, ni que vayan fundadas en artículos de fe, sino que les han de traer ejemplos palpables, fáciles, intelegibles, demostrativos, indubitables, con demostraciones matemáticas que no se pueden negar. Y este mismo método tendré que usar contigo, porque el deseo que en ti ha nacido va tan desencaminado y tan fuera de todo aquello que tenga sombra de razonable, que me parece será perder el tiempo en darte a entender tu simplicidad, que por ahora no le quiero dar otro nombre, y aun estoy por dejarte en tu error, por culpa de tu mal deseo. Pero la amistad que te tengo no me permite ser tan riguroso ni dejarte en el error con peligro de que te pierdas.Y, para que lo veas claro,  dime, Anselmo: ¿tú no me has dicho que tengo que pretender a una casada, persuadir a una honesta,  agasajar a una prudente? Sí que me lo has dicho. Pues si tú sabes que tienes un mujer así, 
¿qué buscas? Y si piensas que de todos mis asaltos ha de salir vencedora, como saldrá sin duda, ¿qué mejores títulos piensas darle después que los que ahora tiene, o qué será más después de lo que es ahora? O es que tú no la tienes por la que dices, o tú no sabes lo que pides. Si no la tienes por lo que dices, ¿para qué quieres probarla, sino, como a mujer mala, hacer de ella lo que más te viniere en gusto? Pero si es tan buena como crees, no es oportuno hacer esta experiencia para comprobar lo que ya sabes. Así que, el intentar  cosas de las cuales antes sacaremos daño que provecho es de personas temerarias y con poco juicio. Y de lo que tú dices que quieres intentar, aunque que salga  como deseas, no has de quedar ni más ufano, ni más rico, ni más honrado que estás ahora; y si no sale, te has de ver en la mayor miseria que imaginarse pueda, porque no te ha de aprovechar pensar entonces que no sabe nadie la desgracia que te ha sucedido, porque bastará para afligirte y deshacerte que la sepas tú mismo. Y, para confirmación de esta verdad, te quiero decir una estrofa que hizo el famoso poeta Luis Tansilo, en el fin de su primera parte de Las lágrimas de San Pedro, que dice así:


Crece el dolor y crece la vergüenza
en Pedro, cuando el día se ha mostrado;
y, aunque allí no ve a nadie, se avergüenza de sí mesmo, por ver que había pecado:
que a un magnánimo pecho a haber vergüenza no sólo ha de moverle el ser mirado;
que de sí se avergüenza cuando yerra, si bien otro no vee que cielo y tierra.

» Así que, no remediarás  con el secreto tu dolor; antes, tendrás que llorar continuamente, si no lágrimas de los ojos, lágrimas de sangre del corazón.. Dime, Anselmo, si el cielo, o la buena suerte,  te hubiera hecho señor y legítimo poseedor de un finísimo diamante, de cuya bondad y quilates estuviesen satisfechos cuantos joyeros le viesen,  y tú mismo lo creyeses así,  ¿sería justo que cogieras aquel diamante, y lo pusieras entre un yunque y un martillo, y allí, a pura fuerza de golpes y brazos, probaras si es tan duro y tan fino como dicen? Y una vez hecho, si la piedra  resistiera a tan necia prueba, no por eso se le añadiría más valor ni más fama; y si se rompiese, cosa que podría ser, ¿no se perdería todo? Sí, por cierto, dejando a su dueño en estimación de que todos le tengan por simple. Pues haz cuenta, Anselmo amigo, que Camila es fínisimo diamante, así en tu estimación como en la ajena, y que no es razón ponerla en situación de que se quiebre,pues, aunque se quedase entera, no puede subir a más valor del que ahora tiene; y si faltase y no resistiese, considera desde ahora como quedarías sin ella, y con cuánta razón te podrías quejar de ti mismo, por haber sido causa de su perdición y la tuya. Mira que no hay joya en el mundo que tanto valga como la mujer casta y honrada, y que todo el honor de las mujeres consiste en la opinión buena que de ellas se tiene; y, pues la de tu esposa es tal que llega al extremo de bondad que sabes, ¿para qué quieres poner esta verdad en duda? Mira, amigo, que la mujer es animal imperfecto (99), y que no se le han de poner obstáculos donde tropiece y caiga, sino quitárselos y despejarle el camino de cualquier inconveniente, para que sin agobios corra ligera a alcanzar la perfeción que le falta, que consiste en el ser virtuosa.. Finalmente, quiero decirte unos versos que oí en una comedia moderna y que he recordado ahora, porque  me parece que tienen  que ver con lo que estamos hablando. Aconsejaba un prudente viejo a otro, padre de una doncella, que la recogiese, guardase y encerrase, y entre otras razones, le dijo éstas:

Es de vidrio la mujer; pero no se ha de probar si se puede o no quebrar, porque todo podría ser.
Y es más fácil el quebrarse, y no es cordura ponerse
a peligro de romperse
lo que no puede soldarse. Y en esta opinión estén todos, y en razón la fundo:
que si hay Dánaes en el mundo, hay pluvias de oro también          .(100)

Cuanto hasta aquí te he dicho, ¡oh Anselmo!, ha sido por lo que a ti te toca; y ahora es bien que se oiga algo de lo que a mí me conviene; y si fuere largo, perdóname, que todo lo requiere el laberinto donde te has metido y de donde quieres que yo te saque. Tú me tienes por amigo y quieres quitarme la honra, cosa que va contra toda amistad; y aun no sólo pretendes esto, sino que procuras que yo te la quite a ti. Que me la quieres quitar a mí está claro, pues, cuando Camila vea que yo la solicito, como me pides, cierto está que me ha de tener por hombre sin honra y mal visto, pues intento y hago una cosa tan impropia de lo que a la amistad me obliga. De que quieres que te la quite a ti no hay duda, porque, viendo Camila que yo la solicito, ha de pensar que yo he visto en ella alguna liviandad que me dio atrevimiento a descubrirle mi mal deseo; y, teniéndose por deshonrada, te toca a ti, como a cosa suya, su misma deshonra. Pero te quiero decir la causa por que con justa razón es deshonrado el marido de la mujer mala, aunque él no sepa que lo es, ni tenga culpa, ni haya sido parte, ni dado ocasión, para que ella lo sea. Y no te canses de oírme, que todo ha de redundar en tu provecho.
Cuando Dios creó a nuestro primer padre en el Paraíso terrenal, dice la Divina Escritura que infundió Dios sueño en Adán, y que, estando durmiendo, le sacó una costilla del lado izquierdo, de la cual formó a nuestra madre Eva; y, así como Adán despertó y la miró, dijo: ''Ésta es carne de mi carne y hueso de mis huesos''. Y Dios dijo: ''Por ésta dejará el hombre a su padre y a su madre, y serán dos en una misma carne ''. Y entonces fue instituido el divino sacramento del matrimonio, con tales lazos que solo la muerte puede desatarlos. Y tiene tanta fuerza y virtud este milagroso sacramento, que hace que dos personas diferentes sean una misma carne; y aún hace más en los buenos casados, que, aunque tienen dos almas, no tienen más que una voluntad. Y de aquí viene que, como la carne de la esposa sea una misma con la del esposo, las manchas que en ella caen, o los errores que comete, redundan en la carne del marido, aunque él no haya dado, como queda dicho, ocasión para aquel daño.. Mira, pues,¡oh Anselmo!, al peligro al que te expones queriendo alterar
la paz  en que tu buena esposa vive. Mira porque inútil e inprudente curiosidad quieres perturbar la buena salud que tu esposa tiene. Ten en cuenta que los que puedes ganar es poco y lo que perderás es tanto que me faltan palabras para expresarlo. Pero si todo cuanto he dicho no es suficiente para olvidar lo que pretendes, bien puedes buscar otro instrumento de tu deshonra y desventura, pero no cuentes conmigo, aunque con ello pierda tun mistad, que  es la mayor pérdida que puedo imaginar.

»Calló, en diciendo esto, el virtuoso y prudente Lotario, y Anselmo quedó tan confuso y pensativo que tardó mucho en responder; pero, en fin, le dijo:

»— Has visto que te he escuchado con atención, amigo Lotario, todo lo que  has querido decirme , y en tus razonamientos, ejemplos y comparaciones he visto la mucha discreción que muestras y la intensidad  de la verdadera amistad que me tienes; y asi mismo veo y confieso que si no te hago caso, voy huyendo del bien y corriendo tras el mal. Y aunque sabiendo esto, has de considerar que yo padezco ahora una grave enfermedad; así que, es necesario buscar alguna manera par que yo sane, y esto se podía hacer con facilidad, sólo con que comiences, aunque tibia y fingidamente, a solicitar a Camila, la cual no ha de ser tan tierna que a los primeros encuentros dé con su honestidad por tierra; y con solo este principio quedaré contento y tú habrás cumplido con lo que debes a nuestra amistad, no solamente dándome la vida, sino persuadiéndome de no verme sin honra. Y estás obligado a hacer esto por una sola razón;  y es que, estando yo, como estoy, determinado de poner en práctica esta prueba, no has  de consentir que yo cuente mi desatino a otra persona que podia poner en peligro el honor que tú no quieres que pierda; y cuando el tuyo esté en peligro a los ojos de Camila cuando la solicites, no importa que haya sido breve, una vez que vea la entereza que esperamos, le puedes decir la pura verdad de nuestro artificio y tú no habrás perdido  crédito ante ella. Ves que poco expones y cuanto favor me haces con ello, hazlo, aunque no sea de tu agrado, pues, como ya he dicho, con sólo que comiences daré por concluida la causa.
»Viendo Lotario la decidida voluntad de Anselmo, y no sabiendo qué más ejemplos traerle ni qué más razones mostrarle para que no la siguiese, y viendo que le amenazaba con que daría a otro cuenta de su mal deseo, por evitar mayor mal, determinó  contentarle y hacer lo que le pedía, con el propósito y la intención de llevar aquel negocio de modo que, sin alterar los pensamientos de Camila, quedase Anselmo satisfecho; y así, le respondió que no dijese su pensamiento a nadie, que él tomaba a su cargo aquella empresa, que empezaría cuando  él quisiera. Le abrazó Anselmo tierna y amorosamente, y le agradeció su ofrecimiento, como si le hubiera hecho un gran favor; y quedaron de acuerdo  que al día siguiente  comenzase la obra; que él le daría lugar y tiempo para que a solas pudiese hablar a Camila, y asimismo le daría dinero y joyas para que se lo diera y ofreciera. Le aconsejó que le diese serenatas, que escribiese versos en su alabanza, y que, cuando él no quisiese tomarse el trabajo de hacerlos, él mismo los haría. A todo se ofreció Lotario, aunque con diferente intención de la que Anselmo pensaba.

»Y con este acuerdo  volvieron a casa de Anselmo, donde hallaron a Camila inquieta y preocupada, esperando a su esposo, porque aquel día tardaba en venir más de lo acostumbrado.

»Se fue Lotario a su casa, y Anselmo quedó en la suya, tan contento como           pensativo se fue Lotario, no sabiendo qué hacer para salir bien de aquel imprudente negocio. Pero aquella noche pensó el modo que tendría para engañar a Anselmo, sin ofender a Camila; y al dia siguiente marchó a comer con su amigo, siendo  bien recibido de Camila, que siempre así lo hacía  porque sabía el mucho aprecio que le tenía su esposo. »Acabaron de comer, levantaron los manteles y Anselmo dijo a Lotario que se quedase allí con Camila, en tanto que él iba a un negocio importante y que dentro de hora y media volvería. Le rogó a Camila que no se fuese y Lotario se ofreció a hacerle compañía, al que le dijo que se quedase y le aguardase, porque tenía que tratar con él una cosa de mucha importancia. Dijo también a Camila que no dejase solo a Lotario en tanto que él volviese. En efecto, él supo tan bien fingir la necesidad, o necedad, de su ausencia, que nadie se daría cuenta que era fingida. Se fue Anselmo, y quedaron solos a la mesa Camila y Lotario, porque toda la demás gente de la casa se había ido a comer. Se vio Lotario puesto en la Estacada (encerrona) que su amigo deseaba y con el enemigo delante, que pudiera vencer con solo su hermosura a un escuadrón de caballeros armados: mirad si era razón que le temiera Lotario.

»Pero lo que hizo fue poner el codo sobre el brazo de la silla y la mano abierta en la mejilla, y, pidiendo perdón a Camila del mal comedimiento (educación), dijo que quería reposar un poco en tanto que Anselmo volvía. Camila le respondió que mejor reposaría en el estrado (101) que en la silla, y  le rogó se fuese a dormir  en él. No quiso Lotario, y allí se quedó dormido hasta que volvió Anselmo, el cual, como halló a Camila en su aposento y a Lotario durmiendo, creyó que, como  había tardado tanto, ya habrían tenido los dos ocasión para hablar, y aun para dormir, y no vio la hora en que Lotario despertase, para volver fuera con él y  preguntarle de su suerte (qué había pasado).

»Todo ocurrió como él quería: Lotario despertó, y  salieron los dos de casa, y  le preguntó lo que deseaba, y le respondió Lotario que no le había parecido  bien que la primera vez se descubriese del todo; por lo que  no había hecho otra cosa que alabar la hermosura de  Camila,  diciéndole que en toda la ciudad no se trataba de otra cosa que de su belleza y discreción, y que éste le había parecido buen principio para empezar a ganarse su voluntad, y disponerla a que otra vez le escuchase con gusto. Todo esto le agradó mucho a Anselmo, y dijo que cada día le daría la misma oportunidad, aunque no saliese de casa, porque en ella se ocuparía en cosas que Camila no pudiese descubrir su artificio.

»Sucedió, pues, que se pasaron muchos días que, sin decir Lotario palabra a Camila, respondía a Anselmo que le hablaba y jamás podía sacar de ella una pequeña muestra de complacencia, ni siquiera dar una señal de sombra de esperanza; antes, decía que le amenazaba diciendo que  si no dejaba aquel mal pensamiento,  se lo tendría que decir a su esposo. »

Está bien  —dijo Anselmo—. Hasta aquí ha resistido Camila a las palabras; es menester ver cómo resiste a las obras: yo os daré mañana dos mil escudos de oro para que se los ofrezcáis, y aun se los deis, y otros tantos para que compréis joyas con que satisfacerla; que las mujeres suelen ser aficionadas, y más si son hermosas, por más castas que sean, a esto de arreglarse y estar elegantes; y si ella resiste a esta tentación, yo quedaré satisfecho y no os molestaré más.

»Lotario respondió que ya que había comenzado,  llevaría hasta el fin aquella empresa, puesto que sabía que saldría de ella fatigado y vencido. Al día siguiente recibió los cuatro mil escudos, y con ellos cuatro mil confusiones, porque no sabía qué inventar para mentir de nuevo; pero, al fin, determinó  decirle que Camila estaba tan entera a las dádivas y promesas como a las palabras, y que no era necesario insistir más, porque  sería gastar el tiempo en balde.

»Pero la suerte, que guiaba las cosas de otra manera, ordenó que, habiendo dejado Anselmo solos a Lotario y a Camila, como otras veces solía, él se encerró en un aposento y por los agujeros de la cerradura estuvo mirando y escuchando lo que los dos trataban, y vio que en más de media hora Lotario no habló palabra a Camila, ni se la hablara aunque estuviera allí un siglo, y cayó en la cuenta de que cuanto su amigo le había dicho de las respuestas de Camila todo era ficción y mentira. Y, para comprobar si esto era así, salió del aposento, y, llamando a Lotario aparte, le preguntó qué nuevas había y de qué temple estaba Camila. Lotario le respondió que no pensaba hablarle más  de este asunto, porque respondía tan áspera y desabridamente, que no tenía ánimo para volver a decirle cosa alguna.

»—¡Ah! —dijo Anselmo—, Lotario, Lotario, y cuán mal correspondes a lo que me debes y a lo mucho que en ti confío! Ahora te he estado mirando por el lugar que concede la entrada de esta llave, y he visto que no has dicho palabra a Camila, por lo que sospecho que no le has dicho ninguna todavía; y si esto es así, como sin duda lo es, ¿para qué me engañas, o por qué quieres quitarme con tu astucia los medios que yo podría hallar para conseguir mi deseo?

»No dijo más Anselmo, pero bastó lo que había dicho para dejar avergonzado y confuso a Lotario; el cual, casi dolido por verse cogido en sus mentiras, juró a Anselmo que desde aquel momento tomaba tan a su cargo el contentarle y no mentirle,como podría comprobar si con curiosidad lo espiaba; además, que no sería necesario que hiciera nada, porque lo que él pensaba hacer para satisfacerle le quitaría toda sospecha. Le  creyó Anselmo, y para darle más facilidades a fin de  que actuara con comodidad y sin sobresaltos, determinó ausentarse de su casa  ocho días, yéndose a la de un amigo suyo, que estaba en una aldea, no lejos de la ciudad, con el cual había concertado que le  llamase con mucha urgencia, para convencer a Camila de su partida.

»¡Desdichado y mal aconsejado de ti, Anselmo! ¿Qué es lo que haces? ¿Qué es lo que trazas? ¿Qué es lo que ordenas? Mira lo  que haces contra ti mismo, trazando tu deshonra y ordenando tu perdición. Buena es tu esposa Camila, quieta y sosegadamente la posees, nadie amenaza tu gusto, sus pensamientos no salen de las paredes de su casa, tú eres su cielo en la tierra, el blanco de sus deseos, el cumplimiento de sus gustos y la medida por donde mide su voluntad, ajustándola en todo con la tuya y con la del cielo. Pues si la mina (tesoro) de su honor, hermosura, honestidad y recogimiento te da  gustosamente  toda la riqueza que tiene y tú puedes desear, ¿para qué quieres ahondar la tierra y buscar nuevas vetas de nuevo y nunca visto tesoro, arriesgándote a que toda(la mina) se venga abajo, pues, al fin y al cabo, se sustenta sobre los débiles apoyos de su flaca naturaleza? Mira que el que busca lo imposible es justo que lo posible se le niegue, como lo dijo mejor un poeta, diciendo:

Busco en la muerte la vida,
salud en la enfermedad, en la prisión libertad,
en lo cerrado salida
y en el traidor lealtad. Pero mi suerte, de quien jamás espero algún bien, con el cielo ha instituido
que, pues lo imposible pido, lo posible aun no me den.

» Al día siguiente se fue Anselmo a la aldea, dejando dicho a Camila que el tiempo que él estuviese ausente vendría Lotario a mirar por su casa y a comer con ella; que lo tratase como a su misma persona. Se entristeció Camila, como mujer discreta y honrada de la orden que su marido le dejaba, y le dijo que advirtiese que no estaba bien que nadie, estando él ausente, ocupase la silla de su mesa, y que si lo hacía por no tener confianza que ella sabría gobernar su casa, que probase por aquella vez, y vería por experiencia como para mayores cuidados estaba preparada. Anselmo le replicó que aquél era su gusto, y que no tenía más que hacer que bajar la cabeza y obedecerle. Camila dijo que así lo haría, aunque contra su voluntad.

»Partió Anselmo, y al día siguiente vino a su casa Lotario, donde fue recibido por Camila con amoroso y honesto acogimiento;y  jamás se puso en ninguna parte donde Lotario la viese a solas, porque siempre andaba rodeada de sus criados y criadas, especialmente de una doncella suya, llamada Leonela, a quien ella mucho quería, por haberse criado desde niñas las dos juntas en casa de los padres de Camila, y cuando se casó con Anselmo la llevó  consigo.

»En los tres días primeros nunca Lotario le dijo nada, aunque pudiera, cuando se quitaba la mesa y la gente se iba a comer con mucha prisa, porque así se lo tenía mandado Camila. Y aun tenía orden Leonela que comiese primero que Camila, y que de su lado jamás se quitase; pero ella, que en otras cosas de su gusto tenía puesto el pensamiento y necesitaba aquellas horas y aquel lugar para ocuparle en sus placeres no cumplía siempre la orden de su señora; antes, los dejaba solos, como si aquello le hubieran mandado. Pero la honesta presencia de Camila, la gravedad de su rostro, la compostura de su persona era tanta, que ponía freno a la lengua de Lotario.

» Pero, aunque las muchas virtudes de Camila impidieron que Lotario no le hablase, se volvieron en contra de los dos, porque si la lengua callaba, el pensamiento  cavilaba y admiraba cada vez más, la bondad y hermosura de Camila, que eran bastantes para enamorar a una estatua de mármol, cuanto má a un  corazón de carne.

» La miraba Lotario en el sitio en que tenía que  hablarle, y consideraba cuán digna era de ser amada; y esta consideración comenzó poco a poco a olvidar el respeto que tenía hacia Anselmo , y mil veces quiso ausentarse de la ciudad e irse donde jamás Anselmo le viese a él, ni él viese a Camila; pero ya no   podia reprimir el gusto que al mirarla sentía. Peleaba  consigo mismo para desechar y no sentir la alegría que le producía mirar a Camila. Se culpaba a solas de su desatino, se llamaba mal amigo y aun mal cristiano; hacía razonamientos y comparaciones entre él y Anselmo, y todos acababan en decir que más culpa tenían  la locura y confianza de Anselmo que su poca fidelidad, y que si tuviera disculpa para con Dios como para con los hombres de lo que pensaba hacer, que no temería castigo por su culpa.

»En efecto, la hermosura y la bondad de Camila, juntamente con la ocasión que el ignorante marido le había puesto en las manos, dieron con la lealtad de Lotario en tierra. Y, sin mirar a otra cosa que aquella a que su gusto le inclinaba, al cabo de tres días de la ausencia de Anselmo, en los cuales estuvo en continua batalla por resistir a sus deseos, comenzó a requebrar a Camila, con tanta pasión y con tan amorosas razones que Camila quedó suspensa, y no hizo otra cosa que levantarse de donde estaba y retirarse a su aposento, sin responderle palabra alguna. Pero no por esta sequedad perdió Lotario la esperanza, que siempre nace juntamente con el amor; antes, tuvo en más a Camila. La cual, habiendo visto en Lotario lo que jamás pensara, no sabía qué hacer. Y, pareciéndole que sería peligroso darle ocasion para que le hablase otra vez, decidió enviar aquella misma noche a un criado suyo con una carta para Anselmo, en la que le decía estas razones:    ( que se verán en el capítlulo siguiente) ,

NOTAS.

97. El sabio por antonomasia es Salomón que en el Iibro de los Proverbios, 31.10 y11 dice: “ Mujer ejemplar no es fácil hallarla;  ¡vale más que las piedras preciosas! Su esposo confía plenamente en ella, y nunca le faltan ganancias”.

98. usque ad aras, significa hasta los altars y es una frase que PLutarco pone en boca de Pericles que se hizo popular así: Amigo hasta el altar, es Amistad. Lo que quiere decirle Lotario, es que losd amigos no deben inmiscuirse en la  vida de los matrimonies.

99. Idea que tenían los poetas del Renacimiento, aunque se remonta a Platón en La República  y a Aristóteles en De animalibus.

100. De acuerdo con la mitología, Júpiter se convirtió en lluvia de oro para casarse con Dánae, a la que su padre Acrisio la tenía encerrada en una torre.

101. El lugar donde las señoras se sentaban sobre cojines para recibir a las visitas (Tesoro)


miércoles, 6 de diciembre de 2017

D. QUIJOTE PARA TODOS



 Capítulo XXXII. Que trata de lo que sucedió en la venta a toda la cuadrilla de don Quijote


          Se acabó la buena comida, ensillaron rápido, y, sin que les sucediese cosa digna de contar, llegaron al día siguiente a la venta, espanto y asombro de Sancho Panza; y, aunque  no quería entar en ella,  no lo pudo evitar. La ventera, ventero, su hija y Maritornes, que vieron venir a don Quijote y a Sancho, les salieron a recibir con muestras de mucha alegría, y él las recibió con serio talante y agradecido, y les dijo que le preparesen otro lecho mejor que la vez anterior; a lo cual le respondió la ventera que si la pagaba mejor que la otra vez, que ella se la daría de príncipes. Don Quijote dijo que así haría, y le dispusieron uno razonable en el mismo caramanchón(*) de marras, y él se acostó enseguida, porque venía muy quebrantado y falto de juicio.

          Apenas se hubo retirado, la huéspeda (la ventera) se fue directa al barbero, y, asiéndole de la barba, dijo:

   Por mi fe, que no se ha  de aprovechar más de mi rabo para su barba, y que me tiene  que devolver mi cola; que anda lo de mi marido por esos suelos, que es vergüenza; me refiero al peine, que solía yo colgar de mi buena cola.

          No se la quería dar el barbero, por mucho que ella tiraba, hasta que el licenciado le dijo que se la diese, que ya no era necesario usar de aquel engaño, y que se descubriese y mostrase como es, y dijese a don Quijote que cuando le despojaron los ladrones galeotes se habían venido a aquella venta huyendo; y que si preguntase por el escudero de la princesa, le dirían que ella le había enviado adelante a dar aviso a los de su reino que ella iba y llevaba consigo el libertador de todos. Con esto, el barbero dio de buena gana la cola a la ventera, y asimismo le devolvieron todas las demás cosas que les había prestado para la libertad de don Quijote. Se asombraron todos los de la venta de la hermosura de Dorotea, y aun del buen talle del zagal Cardenio. Hizo el cura que les preparasen de comer de lo que en la venta hubiese, y el huésped,(el ventero) con esperanza de mejor paga, les preparó enseguida   una razonable comida; y a todo esto dormía don Quijote, y decidieron no despertarle, porque más provecho le haría por entonces el dormir que el comer.

          Después de la comida hablaron, estando delante el ventero, su mujer, su hija, Maritornes y todos los pasajeros, de la estraña locura de don Quijote y del modo que le habían encontrado. La huéspeda les contó lo que con él y con el arriero les había acontecido, y, mirando si estaba allí Sancho, como no le viese, contó todo lo de su manteamiento, de lo que no poco gusto recibieron. Y, como el cura dijese que los libros de caballerías que don Quijote había leído le habían vuelto el juicio, dijo el ventero:

   No sé yo cómo puede ser eso; pues a mi entender, no hay mejor lectura en el mundo,y aquí tengo dos o tres de ellos, con otros papeles, que verdaderamente me han dado la vida, no sólo a mí, sino a otros muchos. Porque, cuando es tiempo de la siega, se recogen aquí los días de fiesta muchos segadores, y siempre hay alguno que sabe leer, y coge uno de  estos libros y a más de treinta que nos ponemos a su alrededor nos lo lee, y lo escuchamos con tanto gusto que nos quita mil canas (se sienten más jóvenes); al menos a mí, que cuando le escucho decir los furibundos y terribles golpes que los caballeros pegan me gustaría hacer lo mismo, y me estaría oyéndolo noches y días.  

   Y yo ni más ni menos —dijo la ventera—, porque sólo estoy bien en casa cuando vos estáis escuchando leer: que estáis tan embobado, que no os acordáis entonces de reñir.

   Sí es  verdad —dijo Maritornes—, y sinceramente a mi también me gusta mucho escuchar esas cosas, que son muy lindas; y, sobre todo cuando cuentan que está una señora abrazada a su caballero debajo de unos naranjos, y con una dueña que la guarda muerta de envidia y con mucho sobresalto. Digo que todo esto es cosa de mieles.

   Y a vos ¿qué os parece, señora doncella? —dijo el cura, hablando con la hija del ventero.

   No sé, señor, sinceramente no lo sé —respondió ella—; también yo lo escucho, y la verdad que, aunque no lo entiendo, me gusta mucho oirlo; pero no me gusta lo de los golpes  que tanto gustan a mi padre, pero sí las lamentaciones que los caballeros hacen cuando están ausentes de sus señoras: que en verdad que algunas veces me hacen llorar de compasión que les tengo.

   Entonces ¿las aliviariais vos, si por vos llorasen? señora doncella —dijo Dorotea—,

   No sé lo que haría —respondió la moza—; sólo sé que hay algunas señoras de aquéllas tan crueles, que las llaman sus caballeros tigres y leones y otras mil inmundicias. Y, ¡Jesús!, yo no sé qué gente es aquélla tan desalmada y tan sin conciencia, que por no mirar a un hombre honrado, le dejan que se muera, o que se vuelva loco. Yo no sé para qué es tanto melindre: si lo hacen por presumir de honradas, cásense con ellos, que ellos no desean otra cosa.

   Calla, niña —dijo la ventera—, que parece que sabes mucho de estas cosas, y no está bien a las doncellas saber ni hablar tanto.

   Como me lo pregunta este señor —respondió ella—, no pude dejar de responderle.

   Ahora bien —dijo el cura—, traedme, señor huésped, esos libros, que los quiero ver.

   Con mucho gusto —respondió él.

Y, entrando en su aposento, sacó de él una maletilla vieja, cerrada con una cadenilla, y, abriéndola, halló en ella tres libros grandes y unos papeles de muy buena letra, escritos a mano. El primer libro que abrió vio que era Don Cirongilio de Tracia; y el otro, de Felixmarte de Hircania; y el otro, la Historia del Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba, con la vida de Diego García de Paredes. Cuando el cura leyó los dos títulos primeros, se volvió  al barbero y dijo:

   Falta nos hacen  ahora el ama de mi amigo y su sobrina.

   No la hacen —respondió el barbero—, que también yo sé  llevarlos al corral o a la chimenea; que en verdad que hay muy buen fuego en ella.

   Entonces, ¿quiere vuestra merced quemar más libros? —dijo el ventero. — Nada más —dijo el cura— que estos dos: el de Don Cirongilio y el de Felixmarte.

   Pues, ¿por ventura —dijo el ventero— mis libros son herejes o flemáticos, que los quiere quemar?

   Cismáticos queréis decir, amigo —dijo el barbero—, que no flemáticos.

─ Así es —replicó el ventero—; pero si quereis quemar alguno, que sea ese del Gran Capitán y ese de Diego García, que antes dejaré quemar un hijo que ninguno de los otros.

   Hermano mío —dijo el cura—, estos dos libros son mentirosos y están llenos de disparates y devaneos; y este del Gran Capitán es historia verdadera, y tiene los hechos de Gonzalo Fernández de Córdoba, el cual, por sus muchas y grandes hazañas, mereció ser llamado por todo el mundo el Gran Capitán, renombre famoso y claro, y de él sólo merecido. Y este Diego García de Paredes fue un principal caballero, natural de la ciudad de Trujillo, en Extremadura, valentísimo soldado, y de tantas fuerzas naturales que detenía con un dedo una rueda de molino en la mitad de su furia; y, puesto con un montante (92) en la entrada de un puente, detuvo a todo un innumerable ejército, impidiendo que  pasase por ella; y hizo otras tales cosas que, como  las cuenta y escribe el mismo, lo hace con la modestia de caballero y de cronista propio, pero que si las escribiera otro, harían que se  olvidasen las hazañan de los Héctores, Aquiles y Roldanes.

   ¡No exageréis! —dijo el dicho ventero—. ¡Mirad de qué se sorprende: de detener una rueda de molino! Por Dios, ahora tenía que leer vuestra merced  lo que hizo Felixmarte de Hircania, que de un solo golpe partió cinco gigantes por la cintura, como si fueran hechos de habas, como los frailecicos que hacen los niños (93). Y otra vez se enfrentó a un grandísimo y poderosísimo ejército, de  más de un millón y seiscientos mil soldados, todos armados desde el pie hasta la cabeza, y los destruyó a todos, como si fueran manadas de ovejas. Pues, ¿qué me dirán del bueno de don Cirongilio de Tracia, que fue tan valiente y animoso como se verá en el libro, donde cuenta que, navegando por un río, le salió del agua una serpiente de fuego, y cuando la vio, se arrojó sobre ella, y se puso a horcajadas encima de sus escamosas espaldas, y le apretó con ambas manos la garganta, con tanta fuerza que, viendo la serpiente que la iba ahogando, no tuvo otro remedio quue dejarse ir a lo hondo del río, llevándose tras sí al caballero, que nunca la quiso soltar? Y, cuando llegaron allá bajo, se encontró en unos palacios y en unos jardines tan lindos que era maravilla; y luego la sierpe se convirtió en un anciano, que le dijo tantas cosas que no hay más que oír. Calle, señor, que si oyese esto, se volvería loco de placer. ¡Dos higas (94) para el Gran Capitán y para ese Diego García que dice!

Oyendo esto Dorotea, dijo, en voz baja, a  Cardenio:

   Poco le falta a nuestro huésped para  ser otro don Quijote.
                                           
   Así me parece a mí —respondió Cardenio—, porque, por lo que ha dicho, él  cree que todo lo que cuentan estos libros, ha sucedido tal como lo escriben y ni los frailes descalzos lo sacarán del error.

─ Mirad, hermano volvió a decir el cura—, que no hubo en el mundo Felixmarte de Hircania, ni don Cirongilio de Tracia, ni otros caballeros semejantes que los libros de caballerías cuentan, porque todo es inspiración y ficción de ingenios ociosos, que los compusieron para el fin que vos decís de pasar  el tiempo, como lo entretienen leyéndolos vuestros segadores; porque realmente os juro que nunca tales caballeros existieron en el mundo, ni tales hazañas ni disparates acontecieron en él.

   ¡A otro perro con ese hueso! (95) —respondió el ventero—. ¡Como si yo no supiese cuántas son cinco (96) y adónde me aprieta el zapato! No piense vuestra merced darme papilla (engañarme), porque por Dios que no soy tonto.  ¡Bueno es que quiera darme vuestra merced a entender que todo aquello que estos buenos libros dicen sean disparates y mentiras, estando impreso con licencia de los señores del Consejo Real, como si ellos fueran gente que habían de dejar imprimir tanta mentira junta, y tantas batallas y tantos encantamentos que quitan el juicio!

           Ya os he dicho, amigo —replicó el cura—, que esto se hace para entretener nuestros ociosos pensamientos; y, así como se consiente en las repúblicas bien concertadas que haya juegos de ajedrez, de pelota y de trucos (especie de billlar), para entretener a algunos que ni tienen, ni deben, ni pueden trabajar, así se consiente imprimir y que haya tales libros, creyendo, como es verdad, que no ha de haber alguno tan ignorante que tenga por historia verdadera ninguna de estos libros. Y si se me permite ahora, y el auditorio lo requiriere, yo diría cosas acerca de lo que han de tener los libros de caballerías para ser buenos, que quizá fueran de provecho y aun de gusto para algunos; pero yo espero que vendrá tiempo en que lo pueda comunicar con quien pueda remediarlo, y entretanto creed, señor ventero, lo que os he dicho, y tomad vuestros libros, y allá  vos si creeis sus verdades o mentiras, y buen provecho os hagan, y quiera Dios que no cojeéis del pie que cojea vuestro huésped don Quijote.

      Eso no —respondió el ventero—, que no seré yo tan loco que me haga caballero andante: que bien veo que ahora no se usa lo que se usaba en aquel tiempo, cuando se dice que andaban por el mundo estos famosos caballeros.

A la mitad de esta plática estaba Sancho presente, y quedó muy confuso y pensativo de lo que había oído decir que ahora no se usaban caballeros andantes, y que todos los libros de caballerías eran necedades y mentiras, y propuso en su corazón  esperar en lo que paraba aquel viaje de su amo, y que si no salía con la felicidad que él pensaba, determinaba dejarle y volverse con su mujer y sus hijos a su acostumbrado trabajo.

Se llevaba el ventero la maleta y los libros, pero el cura le dijo:

— Esperad, que quiero ver qué papeles son esos que con tan buena letra están escritos.

Los sacó el huésped, y, dándoselos a leer, vio hasta ocho pliegos escritos a mano, y al principio tenían un título grande que decía: Novela del curioso impertinente. Leyó el cura para sí tres o cuatro renglones y dijo:

   Cierto que no me parece mal el título de esta novela, y que quiero leerla entera.

A lo que respondió el ventero:

   Pues bien puede leerla su reverencia, porque le hago saber que a algunos huéspedes que aquí la han leído les ha gustado mucho, y me la han pedido con mucho interés; pero yo no se la he querido dar, pensando devolvérsela a quien aquí dejó esta maleta olvidada con estos libros y esos papeles; que bien puede ser que vuelva su dueño por aquí otra vez, y, aunque sé que me han de hacer falta los libros, a fe que se los he de devolver: que, aunque ventero, todavía soy cristiano.

   Vos tenéis mucha razón, amigo —dijo el cura—, pero, con todo eso, si la novela me gusta, me teneis que dejar que la copie.

   De muy buena gana —respondió el ventero.

Mientras los dos decían esto, Cardenio había cogido la novela y comenzó a leerla; y, pareciéndole lo mismo que al cura, le rogó que la leyese de modo que todos la oyesen.

   Sí la leería —dijo el cura—, pero no quiero perder horas de sueño por leerla.

   Mucho reposo será para mí —dijo Dorotea— entretener el tiempo oyendo algún cuento, pues aún no tengo el espíritu tan sosegado que me permita conciliar el sueño  a su hora.

   Pues siendo así —dijo el cura—, quiero leerla, aunque sea solo por curiosidad; quizá tendrá algo  bueno.

Acudió maese Nicolás a rogarle lo mismo, y Sancho también; lo cual visto por el cura, y entendiendo que a todos daría gusto y él le recibiría, dijo: — Pues así es, esténme todos atentos, que la novela comienza de esta manera: (96)
(* En el capítulo siguiente empieza la novella que es muy interesante)



NOTAS:

(*) O camaranchón como dijo en el capítulo XVI

  92. El montante es una espada grande que se esgrime con las dos manos
  93. Juguete que hacían los niños cortando la parte superior de un haba
        quitándole el grano, con lo que parece la capucha de un fraile.
  94. Es una forma de menosprecio que se hace cerrando el puño y enseñando  el dedo pulgar entre el dedo índice y el medio.
  95. A otro perro con ese hueso, que este ya está roído (Refranero).
  96. Se dice del hombre tan tonto, que no sabe los dedos que tiene en la mano.