miércoles, 29 de noviembre de 2017

D. QUIJOTE PARA TODOS



Capítulo XXXI. De los sabrosos razonamientos que pasaron entre don Quijote y Sancho Panza, su escudero, con otros sucesos







   Todo eso me gusta; sigue adelante —dijo don Quijote—. Llegaste, ¿y qué hacía aquella reina de la hermosura? A buen seguro que la encontraste ensartando perlas, o bordando alguna empresa (divisa,emblema) con hilo de oro para este su cautivo caballero.



   No la encontré —respondió Sancho— sino cribando dos fanegas de trigo en un corral de su casa.



   Pues haz cuenta —dijo don Quijote— que los granos de aquel trigo eran granos de perlas, tocados de sus manos. Y si miraste, amigo, el trigo ¿era candeal, o trechel? (78)



   No era sino rubión —respondió Sancho.



   Pues yo te aseguro —dijo don Quijote— que, cribado por sus manos, hará pan candeal, sin duda alguna. Pero pasa adelante: cuando le diste mi carta,

¿la besó? ¿se la puso sobre la cabeza? ¿Hizo alguna ceremonia digna de tal carta, o qué hizo? (79)



   Cuando yo se la iba a dar —respondió Sancho—, ella estaba moviendo la criba con mucha fuerza, y  me dijo: ''Poned, amigo, esa carta sobre aquel costal, que no la puedo leer hasta que acabe de cribar todo lo que aquí está''.



   ¡Discreta señora! —dijo don Quijote—. Eso debió de ser por leerla despacio y recrearse con ella. Adelante, Sancho: y, en tanto que estaba en su menester,

¿qué habló contigo? ¿Qué te preguntó de mí? Y tú, ¿qué le respondiste? Acaba, cuéntamelo todo; no se te quede en el tintero ni el más pequeño detalle.



Ella no me preguntó nada —dijo Sancho—, pero yo le dije de la manera que vuestra merced, por su servicio, quedaba haciendo penitencia, desnudo de la cintura arriba,(80) metido entre estas sierras como si fuera salvaje, durmiendo en el suelo, sin comer pan a manteles (en el suelo), sin peinarse la barba, llorando y maldiciendo su fortuna.



   En decir que maldecía mi fortuna dijiste mal —dijo don Quijote—, porque antes la bendigo y bendeciré todos los días de mi vida, por haberme hecho digno de merecer amar tan alta señora como Dulcinea del Toboso.



   Tan alta es —respondió Sancho—, que a buena fe que me lleva a mí más de medio palmo.



   Pues, ¿cómo, Sancho? —dijo don Quijote—. ¿Te mediste con ella?

    Me medí de esta manera —respondió Sancho—: que, llegándole a ayudar a poner un costal de trigo sobre un jumento, llegamos tan juntos que me di cuenta que me llevaba más de un  palmo.



   ¡Es verdad —replicó don Quijote— que su linaje no es alto, pero ella lo enaltece con mil millones y gracias del alma! (81) Pero no me negarás, Sancho, una cosa: cuando llegaste junto a ella, ¿no sentiste un olor sabeo,(82) una fragancia aromática, y un no sé qué de bueno, que yo no acierto a darle nombre? Digo, ¿un tuho o tufo como si estuvieras en la tienda de algún habilidoso  guantero? (83)



   Lo que sé decir —dijo Sancho— es que sentí un olorcillo algo hombruno; y debía de ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba sudada y algo grasienta.



   No sería eso —respondió don Quijote—, sino que tú debías de estar romadizado (acatarrado), o te debiste  oler a ti mismo; porque yo sé bien a lo que huele aquella rosa entre espinas, aquel lirio del campo, aquel ámbar disuelto.



   Todo puede ser —respondió Sancho—, que muchas veces sale de mí aquel olor que entonces me pareció que salía de su merced  la señora Dulcinea; pero no hay de qué maravillarse, que un diablo parece a otro (84).



   Y bien —prosiguió don Quijote—, ya acabó de limpiar su trigo y de enviarlo al molino. ¿Qué hizo cuando leyó la carta?



 ─   La carta —dijo Sancho— no la leyó, porque dijo que no sabía leer ni escribir; antes, la rasgó y la partió en trozos muy pequeños, diciendo que no la quería dar a leer a nadie, porque no se supiesen en el lugar sus secretos, y que bastaba lo que yo le había dicho de palabra acerca del amor que vuestra merced le tenía y de la penitencia extraordinaria que por su causa quedaba haciendo. Y, finalmente, me dijo que dijese a vuestra merced que le besaba las manos, y que allí quedaba con más deseo de verle que de escribirle; y que, así, le suplicaba y mandaba que, vista la presente, saliese de aquellos matorrales y se dejase de hacer disparates, y se pusiese enseguida en camino del Toboso, si otra cosa de más importancia no le sucediese, porque tenía gran deseo de ver a vuestra merced. Se rió mucho cuando le dije que vuestra merced  se llamaba el Caballero de la Triste Figura. Le  pregunté si había ido allá el vizcaíno de marras; me dijo que sí, y que era un hombre muy de bien. También le pregunté por los galeotes, pero me dijo que no había visto ninguno hasta entonces.



     ─ Todo va bien hasta ahora —dijo don Quijote—. Pero dime: ¿qué joya fue la que te dio, al despedirte, por las noticias que de mí le llevaste? Porque es usada y antigua costumbre entre los caballeros y damas andantes dar a los escuderos, doncellas o enanos que les llevan noticias, de sus damas a ellos, o a ellas de sus andantes, alguna rica joya como regalo, en agradecimiento de su recado.



   Bien puede eso ser así, y yo la tengo por buena usanza; pero eso debió de ser en los tiempos pasados, que ahora sólo se debe de acostumbrar a dar un pedazo de pan y queso, que esto fue lo que me dio mi señora Dulcinea, por la valla de un corral, cuando de ella me despedí; y, por más señas, el queso era ovejuno.



─ Ella es muy generosa —dijo don Quijote—, y si no te dio joya de oro, sin duda debió de ser porque no la tendría  a  mano para dártela; pero buenas son mangas después de Pascua (85): yo hablaré con ella, y se remediará todo. ¿Sabes de qué estoy maravillado, Sancho? De que me parece que fuiste y viniste por los aires, pues has tardado en ir y venir desde aquí al Toboso poco más de tres días, habiendo de aquí allá más de treinta leguas; por lo cual  pienso que aquel sabio nigromante  (mago) que cuida de mis cosas y es mi amigo (porque por fuerza le hay, y le ha de haber, so pena que yo no sería buen caballero andante); digo que este tal te debió ayudar a caminar, sin que tú lo notases; que hay sabio de éstos que coge a un caballero andante durmiendo en su cama, y, sin saber cómo o en qué manera, amanece al otro día a más de mil leguas de donde anocheció. Y si no fuese por esto, no se podrían socorrer en sus peligros los caballeros andantes unos a otros, como se socorren a cada paso. Que puede ocurrir que esté uno peleando en las sierras de Armenia con algún endriago (dragon), o con algún fiero vestiglo (monstruo), o con otro caballero, y está perdiendo la batalla y  a punto de morir, y cuando menos esperaba, asoma a  lo lejos, encima de una nube, o sobre un carro de fuego, otro caballero amigo suyo, que poco antes se hallaba en Ingalaterra, que le favorece y libra de la muerte, y por la noche está de nuevo en su casa, cenando tranquilamente; y suele haber de la una a la otra parte dos o tres mil leguas. Y todo esto se hace por ingenio y sabiduría de estos sabios encantadores que tienen cuidado de estos valerosos caballeros. Así que, amigo Sancho, no se me hace dificil  creer que en tan poco tiempo hayas ido y venido desde este lugar al del Toboso, pues, como te he dicho, algún sabio amigo te debió de llevar en volandillas, sin que tú lo notases.



   Así sería —dijo Sancho—; porque a buena fe que andaba Rocinante como si fuera asno de gitano con azogue (mercurio) en los oídos. (86)



   Y ¡cómo si llevaba azogue! —dijo don Quijote—, y aun una legión de demonios, que es gente que camina y hace caminar, sin cansarse, todo aquello que se les antoja. Pero, dejando esto aparte, ¿qué te parece a ti que debo yo  hacer ahora sobre lo que mi señora me manda que la vaya a ver?; que, aunque yo veo que estoy obligado a cumplir su mandamiento, me veo también imposibilitado por el favor que he prometido a la princesa que con nosotros viene, y la ley de caballería me obliga a cumplir mi palabra antes que mi gusto. Por una parte, me anima y me empuja el deseo de ver a mi señora; por otra, me excita y llama la prometida fe y la gloria que he de alcanzar en esta empresa. Pero lo que pienso hacer será caminar deprisa y llegar pronto donde está ese gigante, y, en llegando, le cortaré la cabeza, y pondré a la princesa pacíficamente en su estado, y al instante daré la vuelta a ver a la luz que mis sentidos alumbra, a la cual daré tales disculpas que ella tendrá por buena mi tardanza, pues verá que todo aumentará su gloria y fama pues toda la que  yo he conseguido, consigo y llegue a conseguir por las armas en esta vida, toda me viene del valor que ella me da y de la suerte de ser yo suyo.



   ¡Ay —dijo Sancho—, y que mal está vuestra merced  de esos cascos! Pues dígame, señor: ¿piensa vuestra merced andar este camino en balde, y dejar pasar y perder  tan rico y tan principal casamiento como éste, donde le dan en dote un reino, que de buena tinta he oído decir que tiene más de veinte mil leguas de contorno, y que tiene en abundancia todas las cosas que son necesarias para el sustento de la vida humana, y que es mayor que Portugal y que Castilla juntos? Calle, por amor de Dios, y se avergüence de lo que ha dicho, y tome mi consejo, y perdóneme, y cásese enseguida en el primer lugar que haya cura; y si no, ahí está nuestro licenciado, que lo hará de perlas. Y advierta que ya tengo edad para dar consejos, y que este que le doy le viene al pelo, y que más vale pájaro en mano que buitre volando (87), porque quien bien tiene y mal escoge, por mal  que le venga no se enoje.(88)



   Mira, Sancho —respondió don Quijote—: si el consejo que me das de que me case es porque sea luego rey, en matando al gigante, y tenga fácil hacerte favores y darte lo prometido, te  hago saber que sin casarme podré cumplir tu deseo muy fácilmente, porque yo sacaré de adahala, (gratificación)  antes de entrar en la batalla, que, saliendo vencedor de ella, ya que no me caso, me han de dar una parte del reino, para que la pueda dar a quien yo quiera; y, en dándomela, ¿a quién quieres tú que la dé sino a ti?



   Eso está claro —respondió Sancho—, pero mire vuestra merced que la escoja en la costa, porque, si no me gusta  el lugar, pueda embarcar mis negros vasallos y hacer de  ellos lo que ya he dicho (capítulo XXIX). Y vuestra merced no se preocupe  ahora de ir a ver a mi señora Dulcinea, sino váyase a matar al gigante, y concluyamos este negocio; que por Dios que presiento que ha de ser de mucha honra y de mucho provecho.



   Te dígo, Sancho —dijo don Quijote—, que estás en lo cierto, y que voy a aceptar tu consejo de  ir antes con la princesa que a ver a Dulcinea. Y  te ruego que no digas nada a nadie, ni a los que con nosotros vienen, de lo que aquí hemos hablado y tratado; que, pues Dulcinea es tan recatada que no quiere que se sepan sus pensamientos, no está bien que yo, ni otro por mí, los descubra.



   Pues si eso es así —dijo Sancho—, ¿cómo hace vuestra merced que todos los que vence por su brazo se vayan a presentar ante mi señora Dulcinea, siendo esto señal que la quiere bien y que es su enamorado? Y, siendo forzoso que los que vayan se han de ir a hincar de rodillas ante su presencia, y decir que van de parte de vuestra merced a rendirle obediencia,

¿cómo se pueden encubrir los pensamientos de ambos?



— ¡Oh, qué necio y qué simple que eres! —dijo don Quijote—. ¿Tú no ves, Sancho, que todo eso todo hace que su fama y belleza sean más conocidas y respetadas? Porque has de saber que en este nuestro estilo de caballería es mucho honor para una dama tener muchos caballeros andantes que la sirvan, sin que piensen en otra cosa que en servirla, por ser ella quien es, sin esperar otro premio que el ser aceptados por ella como sus caballeros.



   Con esa forma de amor —dijo Sancho— he oído yo predicar que se ha de amar a Nuestro Señor, por sí solo, sin que nos mueva esperanza de gloria o temor de pena. Aunque yo le querría amar  en todo lo que  pudiese..





¡Válgate el diablo por villano —dijo don Quijote—, y qué de discreciones dices a  veces! No parece sino que has estudiado.



   Pues a fe mía que no sé leer —respondió Sancho.



          En esto, maese Nicolás les dijo a voces que esperasen un poco porque querían detenerse a beber agua de una fuentecilla que allí había. Se detuvo don Quijote, con no poco gusto de Sancho, que ya estaba cansado de mentir tanto y temía que le cogiese su amo en las mentiras; porque, aunque que él sabía que Dulcinea era una labradora del Toboso, no la había visto en toda su vida.



          Durante este tiempo Cardenio se puso  la ropa que Dorotea vestía cuando la encontraron, que, aunque no era muy buena, era mucho mejor que la que él tenía. Se apearonse junto a la fuente, y con lo que el cura sacó de la venta saciaron algo  la mucha hambre que todos tenían

.

Estando en esto, acertó a pasar por allí un muchacho que iba de camino, el cual, poniéndose a mirar con mucha atención a los que en la fuente estaban, de pronto arremetió a don Quijote, y, abrazándole por las piernas, comenzó a llorar muy a propósito, diciendo:



  ¡Ay, señor mío! ¿No me conoce vuestra merced? Pues míreme bien, que yo soy aquel mozo Andrés que quitó vuestra merced de la encina donde estaba atado. Lo reconoció don Quijote, y, asiéndole por la mano, se volvió a los que allí estaban y dijo:



Para  que vean vuestras mercedes la importacia de que haya caballeros andantes en el mundo, que deshagan los daños y agravios que en él se hacen por los insolentes y malos hombres que en él viven, sepan vuestras mercedes que los días pasados, pasando yo por un bosque, oí unos gritos y unas voces muy lastimosas, como de persona afligida y menesterosa; acudí enseguida, para cumplir con mi obligación, hacia la parte donde me pareció que las lamentables voces sonaban, y hallé atado a una encina a este muchacho que ahora está delante (de lo que me alegro en el alma, porque será testigo que no me dejará mentir en nada); digo que estaba atado a la encina, desnudo de medio cuerpo arriba, y le estaba hiriendo a azotes con las riendas de una yegua un villano, que después supe que era amo suyo; y, así como yo le vi, le pregunté la causa de tan atroz paliza; respondió el zafio que le azotaba porque era su criado, y que ciertos descuidos que tenía eran más robos que torpeza ; a lo cual este niño dijo: ''Señor,  me azota  porque le pido mi salario''. El amo replicó no sé qué arengas y disculpas, que, aunque,las escuché, no las admití. En resolución, yo le hice desatar, y tomé juramento al villano de que le llevaría consigo y le pagaría un real sobre otro, y aun sahumados (al contado y con propina). ¿No es verdad todo esto, hijo Andrés? ¿No notaste con cuánto imperio se lo mandé, y con cuánta humildad prometió hacer todo cuanto yo le impuse, y exigí que hiciera? Responde; no te turbes ni dudes en nada: di lo que pasó a estos señores, para que se vea y considere la importancia de que existan caballeros andantes por los caminos.



  Todo lo que vuestra merced ha dicho es verdad —respondió el muchacho—, pero el fin del trato sucedió muy al revés de lo que vuestra merced se imagina.



  ¿Cómo al revés? —replicó don Quijote—; entonces, ¿no te pagó el villano?



  No sólo no me pagó —respondió el muchacho—, sino que cuando vuestra merced salió del bosque y nos quedamos solos, me volvió a atar a la misma encina, y me dio de nuevo tantos azotes que quedé hecho un San Bartolomé desollado; (89) y, a cada azote que me daba, decía un chiste haciendo burla de vuestra merced, que, si no fuera por el dolor que sentía, yo mismo me hubiera reido de lo que decía. En fin: él me dejó de tal manera, que hasta ahora he

estado curándome en un hospital del mal que el mal villano entonces me hizo. De todo lo cual tiene vuestra merced la culpa, porque si hubiera seguido su camino, en lugar de ir donde no le llamaban, ni se entremetiera en asuntos ajenos ajenos, mi amo se hubier contentado  con darme una o dos docenas de azotes y después me hubiera soltado y pagado lo que me debía. Pero, como vuestra merced le deshonró sin motivo y le dijo tantas villanías, se encolerizó, y, como no se pudo vengar en vuestra merced, cuando se vio solo descargó sobre mí el nublado, de modo que me parece que no seré más hombre en toda mi vida.



 — El fallo estuvo —dijo don Quijote— en irme yo de allí; que no me tenía que haber ido hasta que te hubiera pagadoo, porque bien debía yo de saber, por experiencia que no hay villano que guarde palabra , si ve que no le conviene.. Pero ya te acordarás, Andrés, que yo juré que si no te pagaba, que había de ir a buscarle, y que le encontraríar, aunque se escondiese en el vientre de la ballena. (90)



  Así es la verdad —dijo Andrés—, pero no aprovechó nada.



  Ahora verás si aprovecha —dijo don Quijote.



Y, diciendo esto, se levantó muy de prisa y mandó a Sancho que ensillase y preparase a Rocinante, que estaba paciendo en tanto que ellos comían.



          Le preguntó Dorotea qué era lo que quería  hacer. Él le respondió que quería ir a buscar al villano y castigarle de tan manera, que le pagara a Andrés hasta el ultimo maravedí.. A lo que ella respondió que recordara que no podía, conforme al favor prometido, entremeterse en ninguna empresa hasta acabar la suya; y que, pues esto sabía él mejor que otro alguno, que sosegase el pecho hasta la vuelta de su reino.



  Así es verdad —respondió don Quijote—, y es necesario que Andrés tenga paciencia hasta la vuelta, como vos, señora, decís; que yo le vuelvo a jurar y a prometer que no he de parar hasta haberle vengado y reciba su salario.



  No me creo esos juramentos —dijo Andrés—; mejor quisiera tener ahora con qué llegar a Sevilla que todas las venganzas del mundo: déme, si tiene ahí, algo que coma y lleve, y quédese con Dios su merced y todos los caballeros andantes; que tan bien andantes sean ellos para consigo como lo han sido para conmigo.



Sacó  Sancho de su repuesto (de las sobras del día anterior) un pedazo de pan y otro de queso, y, dándoselo al mozo, le dijo:



  Tomad, hermano Andrés, que a todos nos alcanza parte de vuestra desgracia.

   Pues, ¿qué parte os alcanza a vos? —preguntó Andrés.



  Esta parte de queso y pan que os doy —respondió Sancho—, que Dios sabe si me ha de hacer falta o no; porque os hago saber, amigo, que los escuderos de los caballeros andantes estamos sujetos a mucha hambre y a mala ventura, y aun a otras cosas que se sienten mejor que se dicen.



Andrés cogió el pan y el queso, y, viendo que nadie le daba otra cosa, bajó su cabeza y se marchó. Bien es verdad que, al partir, dijo a don Quijote:



  Por amor de Dios, señor caballero andante,  si otra vez me encuentra, aunque vea que me hacen pedazos, no me socorra ni ayude, sino déjeme con mi desgracia; que no será tanta, que  la que me vendrá a causa de su ayuda , a quien Dios maldiga, y a todos cuantos caballeros andantes han nacido en el mundo.



Se iba a levantar  don Quijote para castigarle, pero él echó a correr de modo que ninguno se atrevió a seguirle. Quedó muy avergonzado don Quijote del cuento de Andrés, y fue menester que los demás tuviesen mucho cuidado y no reírse, para no acabarle de avergonzar del todo.











NOTAS.





78. Candeal es el que produce la harina más blanca; Trechel el que se siembra en primavera, de mucho peso y rentabilidad; rubión tiene el grano más dorado, pero su harina es más oscura.



79. El ponerse la carta en la cabeza era señal de respeto.



80. Aquí lo presenta desnudo de la cintura para arriba; pero en el capítulo XXVI, lo presenta de cintura para abajo desnudo.



81. Se refiere a mil millones de virtudes.
. 
82..De Sabá, región de Arabia famosa por su incienso y sus perfumes.

83. Debido a que los guantes se perfumaban con ámbar.


84. Se utiliza este refrán cuando confundimos a una persona con otra.

85. Se dice cuando lo que deseamos se cumple después de  lo que esperábamos

86. Mercurio. Los gitanos se los solían poner a los asnos en los oídos para que estuvieran más derechos y  así poderlos vender mejor.

87. Este refrán sale de la caza, porque si se suelta al halcón, donde hay buitres, estos se lo pueden comer.

88. Quien bien tiene y mal escoge, por mal que le venga no se enoje.

90. Fue enviado al martirio por el rey Astiages de Armenia, hermano del rey Polimio al que san Bartolomé convirtió al cristianismo. Los sacerdotes de los templos paganos se quedaron sin feligreses, por lo que protestaron ante Astiages que llamó a Bartolomé y le ordenó que adorase a sus dioses. Al negarse éste, el rey ordenó que fuera desollado vivo hasta que renunciase a su Dios o muriese.

91. Se refiere al relato bíblico de Jonás, que estuvo tres días en el vientre de una ballena.





miércoles, 22 de noviembre de 2017

D. QUIJOTE PARA TODOS





 Capítulo XXX. Que trata del gracioso artificio y orden que se tuvo en sacar a nuestro enamorado caballero de la asperísima penitencia en que se había puesto




Apenas acabó de hablar el cura, cuando Sancho dijo:



   Os aseguro por mi fe, señor licenciado, que el que hizo esa hazaña fue mi amo, y no porque yo no le dijrera antes y le avisara que mirase lo que hacía, y que era pecado darles libertad, porque todos iban allí por grandísimos bellacos(rufianes).

    ¡Majadero! ─ dijo entonces don Quijote—, a los caballeros andantes no les toca ni atañe averiguar si los afligidos, encadenados y oprimidos que encuentran por los caminos van de aquella manera, o están en aquella angustia, por sus culpas o por sus gracias; sólo les toca ayudarles como a menesterosos, poniendo los ojos en sus penas y no en sus bellaquerías. Yo topé con un rosario y sarta de gente mohína y desdichada, y hice con ellos lo que mi religión me pide, y lo que ellos hagan es cosa suya; y a quien mal le haya parecido, salvo la santa dignidad del señor licenciado y su honrada persona, digo que sabe poco de cosas de caballería, y que miente como un hideputa y mal nacido; y esto le haré conocer con mi espada, donde más daño le haga..



Y dijo esto afirmándose en los estribos y calándose el morrión; porque la bacía de barbero, que para él era el yelmo de Mambrino, la llevaba colgada del arzón delantero, (68) hasta arregarla del mal tratamiento que le hicieron los galeotes.



          Dorotea, que era discreta y de mucho ingenio, como  ya sabía el poco juicio de don Quijote y que todos hacían burla de él, menos Sancho Panza, no quiso ser menos, y, viéndole tan enojado, le dijo: — Señor caballero, recuerde vuestra merced el favor que me tiene prometido, y que, conforme a él, no puede entremeterse en otra aventura, por urgente que sea; sosieguese vuestra merced,  que si el señor licenciado hubiera sabido que por ese invicto brazo habían sido librados los galeotes, él se hubiera dado  tres puntos en la boca (se hubiera callado) , y aun se mordería tres veces la lengua, antes que haber dicho palabra que fuera en contra  de su fama..



   Eso lo juro solemnemente  —dijo el cura—, y todavía más, me hubiera quitado el bigote. — Yo callaré, señora mía —dijo don Quijote—, y reprimiré la justa cólera que ya en mi pecho se había levantado, e iré quieto y pacífico hasta tanto que os cumpla el favor prometido; pero, en pago de este buen deseo, os suplico me digáis, si no  os parece mal, cuál es vuestra desdicha y cuántas, quiénes y cuáles son las personas de quien os tengo que dar debida, satisfecha y entera venganza.



   Eso haré yo de buena gana —respondió Dorotea—, si es que no os molestan oír lástimas y desgracias.



   No molestará, señora mía —respondió don Quijote. A lo que respondió Dorotea:

   Pues entonces, escuchen  atentos vuestras Mercedes.



Apenas ella dijo esto, cuando Cardenio y el barbero se pusieron a su lado, deseosos de ver cómo fingía su historia la discreta Dorotea; y lo mismo hizo Sancho, que tan engañado iba con ella como su amo. Y ella, después de haberse colocado bien en la silla, tosiéndo para aclarar la voz  y hacer otros ademanes, con mucha gracia, comenzó a decir de esta manera:



« Primeramente, quiero que vuestras mercedes sepan, señores míos, que a mí me llaman...»



Y  se detuvo  aquí un poco, porque se le olvidó el nombre que el cura le había puesto; pero él acudió en su ayuda, y  dijo:



No es extraño, señora mía, que vuestra grandeza se turbe y se canse contando sus desventuras, que ellas suelen ser tales, que muchas veces quitan la memoria a los que maltratan, de tal manera que ni siquira recuerdan sus propios nombres, como han hecho con vuestra gran señoría, que se ha olvidado que se llama la princesa Micomicona, legítima heredera del gran reino Micomicón; y con esta explicación puede  vuestra grandeza traer fácilmente a su lastimada memoria todo aquello que contar quisiere. — Así es la verdad —respondió la doncella—, y desde aquí en adelante creo que no será menester apuntarme nada, que yo saldré a buen puerto con mi verdadera historia. «La cual es que el rey mi padre, que se llama Tinacrio el Sabidor, (69) fue muy docto en esto que llaman el arte mágica, y conoció por su ciencia que mi madre, que se llamaba la reina Jaramilla, había de morir primero que él, y que de allí a poco tiempo él también había de pasar de esta vida y yo había de quedar huérfana de padre y madre. Pero decía él que no le asustaba tanto esto como la preocupación de saber con certeza, que un descomunal gigante, señor de una gran ínsula, que casi linda con nuestro reino, llamado Pandafilando de la Fosca Vista (porque es cosa sabida que, aunque tiene los ojos en su lugar y derechos, siempre mira al revés, como si fuese bizco, y esto lo hace él por maldad para amedrentar y asustar a los que mira); digo que supo que este gigante, en sabiendo mi orfandad, había de pasar con gran poderío sobre mi reino y me lo había de quitar todo, sin dejarme una pequeña aldea donde recogerme; pero que podía evitar toda esta ruina y desgracia si yo me quisiese casar con él; pero, a lo que él entendía, jamás pensaba que yo aceptaría tan desigual casamiento; y dijo en esto la pura verdad, porque jamás me ha pasado por el pensamiento casarme con aquel gigante, pero ni con otro alguno, por grande y violento que fuese. Dijo también mi padre que, después que él muriese y viese yo que Pandafilando comenzaba a entrar en mi reino, que no aguardase a defenderme, porque sería destruirme, sino que voluntariamente le dejase libre y sin defensa el reino, si quería evitar la muerte y total destrucción de mis buenos y leales vasallos, porque sería imposible defenderme de la endiablada fuerza del gigante; y que que enseguida, con algunos de los míos, me pusiese en camino de las Españas, donde hallaría el remedio de mis males hallando a un caballero andante, cuya fama en este tiempo se extendería por todo este reino, el cual se había de llamar, si mal no me acuerdo, don Azote o don Gigote.»(70)



      Don Quijote diría, señora —dijo entonces Sancho Panza—, o, por otro nombre, el Caballero de la Triste Figura.



      Así es en verdad —dijo Dorotea—. «Dijo más: que había de ser alto de cuerpo, seco de rostro, y que en el lado derecho, debajo del hombro izquierdo, o por allí junto, había de tener un lunar pardo con ciertos cabellos a manera de cerdas.»



En oyendo esto don Quijote, dijo a su escudero:



      Ven aquí, Sancho, hijo, ayúdame a desnudar, que quiero ver si soy el caballero que aquel sabio rey dejó profetizado.



      Pues, ¿para qué quiere vuestra merced desnudarse? —dijo Dorotea.

      Para ver si tengo ese lunar que vuestro padre dijo —respondió don Quijote. — No hay para qué desnudarse —dijo Sancho—, que yo sé que tiene vuestra merced un lunar de esas señas en la mitad del espinazo, que es señal de ser hombre fuerte.

  ─ Eso basta —dijo Dorotea—, porque con los amigos no hay que reparar en pequeñeces, y que esté en el hombro o que esté en el espinazo, importa poco; basta que haya lunar, y esté donde estuviere, pues todo es una misma carne; y, sin duda, acertó mi buen padre en todo, y yo he acertado en encomendarme al señor don Quijote, que él es el que mi padre dijo, pues las señales del rostro coinciden con las de la buena fama que este caballero tiene no sólo en España, sino en toda la Mancha,(71) pues apenas me hube desembarcado en Osuna, cuando oí decir tantas hazañas suyas, que enseguida  presentí que era el mismo que venía a buscar.



      Pues, ¿cómo  desembarcó vuestra merced en Osuna, señora mía — preguntó don Quijote—, si no es puerto de mar?

Pero, antes que Dorotea respondiese, se adelantó el cura  y dijo:



      Debe querer decir la señora princesa que, después que desembarcó en Málaga, la primera parte donde oyó hablar de vuestra merced fue en Osuna.

   Eso quise decir —dijo Dorotea.



    ─  Esto lleva buen camino —dijo el cura—, y prosiga vuestra majestad adelante

   

   — No hay que proseguir —respondió Dorotea—, porque, finalmente, mi suerte ha sido tan buena en hallar al señor don Quijote, que ya me cuento y tengo por reina y señora de todo mi reino, pues él, por su cortesía y generosidad, me ha prometido el favor de irse conmigo dondequiera que yo le llevare, que no será a otra parte que a ponerle delante de Pandafilando de la Fosca Vista, para que le mate y me restituya lo que tan injustmente me tiene usurpado: que todo esto ha de suceder a pedir de boca, pues así lo dejó profetizado Tinacrio el Sabidor, mi buen padre; el cual también dejó dicho y escrito en letras caldeas, o griegas, que yo no las sé leer, que si este caballero de la profecía, después de haber degollado al gigante, quisiese casarse conmigo, que yo me otorgase luego sin réplica alguna por su legítima esposa, y le diese la posesión de mi reino, junto con la de mi persona.



      ¿Qué te parece, Sancho amigo? —dijo al instante don Quijote—. ¿No oyes lo que pasa? ¿No te lo dije yo? Mira si tenemos ya reino que mandar y reina con quien casar.



       ¡ Eso juro yo—dijo Sancho---para el puto (puñetero, ruin) que no se casare en abriendo el gañote  al señor Pandahilado!  Pues, ¡A fe mía que es mala la reina! ¡Así se me vuelvan las pulgas de la cama! (72)



           Y, diciendo esto, muy contento, dio dos piruetas en el aire, y luego fue a tomar las riendas de la mula de Dorotea, y, haciéndola detener, se hincó de rodillas ante ella, suplicándole le diese las manos para besárselas, en señal que la recibía por su reina y señora. ¿Quién no había de reír de los circundantes, viendo la locura del amo y la simplicidad del criado? En efecto, Dorotea se las dio, y le prometió hacerle gran señor en su reino, cuando el cielo le hiciese tanto bien que se lo dejase cobrar y gozar.



Se lo agradeció Sancho con tales palabras que renovó la risa en todos.



      Ésta, señores —prosiguió Dorotea—, es mi historia: sólo resta  deciros que de toda la gente que  saqué de mi reino sólo ha quedado  este buen barbado escudero, porque todos se ahogaron en una gran borrasca que tuvimos cerca ya del puerto, y él y yo salimos en dos tablas a tierra, como por milagro; y así, es todo milagro y misterio el discurso de mi vida, como lo habréis notado. Y si en alguna cosa he estado demasiada, o no tan acertada como debiera, echad la culpa a lo que el señor licenciado dijo al principio de mi cuento: que los trabajos continuos y extraordinarios quitan la memoria al que los padece.



─ Esa no me la quitarán a mí, ¡oh alta y valerosa señora! ─ dijo don Quijote ─, por muchos y extraordianrios trabajos que tenga que  hacer para serviros; y, así, confirmo el favor que os he prometido, y juro ir con vos al fin del mundo, hasta verme con el fiero enemigo vuestro, a quien pienso, con la ayuda de Dios y de mi brazo, cortar su soberbia cabeza con los filos de esta... no quiero decir buena espada, merced a Ginés de Pasamonte, que se llevó la mía.



Esto lo dijo entre dientes, y prosiguió diciendo:



      Y después de habérsela cortado y quedaros en pacífica posesión de vuestro estado, seguiré al servicio de vuestra persona para lo que en defensa vuestra necesitéis; porque, mientras  yo tenga ocupada la memoria y cautiva la voluntad, perdido el entendimiento, a aquella..., y no digo más, no es posible que yo piense, por nada del mundo, el casarme, aunque fuese con el ave fénix.(73)



A Sancho no le gusto nada que su amo no quisiera casarse y muy enfadado, alzando la voz, dijo 



   Yo le aseguro  señor don Quijote, que ha perdido su merced el juicio. Porque, ¿cómo es posible que dude casarse con tan alta princesa como ésta? ¿Piensa que le ha de ofrecer la fortuna, en cada esquina,  suerte como esta? ¿Es, acaso, más hermosa mi señora Dulcinea? No, por cierto, ni aun  la mitad, y aun estoy por decir que no le llega a la suela del zapato de la que está delante. Así, enhoramala alcanzaré yo el condado que espero, si vuestra merced se empeña en  pedir cotufas en el golfo (74). Cásese, cásese enseguida, encomiéndole yo a Satanás, y tome ese reino que se le viene a las manos de bobilis bobilis, y, en siendo rey, hágame marqués o gobernador, y al que le moleste que se fastidie..



Don Quijote, que tales blasfemias oyó decir contra su señora Dulcinea, no lo pudo sufrir, y, alzando el lanzón, sin decirle nada a Sancho,  le dio dos palos con tal fuerza, que dieron con él en tierra; y si no fuera porque Dorotea le dijo a voces que no le diera más, sin duda le quitara allí la vida.



─¿Pensáis —después de todo—, villano ruin, que puedes faltarme el respeto y que cada vez que lo hagas te voy a perdonar?  Pues no lo penséis, bellaco excomulgado, que sin duda lo estás, pues has murmurado y hablado mal de la sin par Dulcinea ¿Y no sabéis vos, gañán, faquín (ganapan), belitre (pordiosero), que si no fuese por el valor que ella infunde en mi brazo,  no le tendría yo para matar una pulga? Decid, socarrón de lengua viperina,  ¿y quién pensáis que ha ganado este reino y cortado la cabeza a este gigante, y hecho a vos marqués, que todo esto doy ya por hecho y por cosa  juzgada (segura), si no es el valor de Dulcinea, tomando a mi brazo por instrumento de sus hazañas? Ella pelea en mí, y vence en mí, y yo vivo y respiro en ella, y. por ella  tengo vida y existencia.¡Oh hideputa bellaco, y cómo sois desagradecido: que os veis levantado del polvo de la tierra a ser señor de título, y correspondéis a tan buena obra con decir mal de quien os la hizo!



No estaba tan maltrecho Sancho que no oyese todo cuanto su amo le decía, y, levantándose  de prisa, se puso detrás del palafrén (la mula) de Dorotea, y desde allí dijo a su amo:



      Dígame, señor: si vuestra merced tiene determinado  no casarse con esta gran princesa, claro está que no será suyo el reino; y, no siéndolo, ¿qué mercedes me puede hacer? Esto es de lo que yo me quejo; cásese vuestra merced de momento con esta reina, ahora que la tenemos aquí como llovida del cielo, y después puede amancebarse con mi señora Dulcinea; que reyes debe de haber habido en el mundo que hayan sido amancebados. En lo de la hermosura no me entremeto; que, en verdad, las dos me parecen bien, puesto que yo nunca he visto a la señora Dulcinea.

      Cómo que no la has visto, traidor blasfemo? —dijo don Quijote—. Pues, ¿no acabas de traerme ahora un recado de su parte?



      Digo que no la he visto tan despacio —dijo Sancho— que pueda haber notado particularmente su hermosura y sus buenas partes con detalle; pero así, a bulto, me parece bien.



      Ahora te disculpo —dijo don Quijote—, y perdóname el enojo que te he dado, que los primeros movimientos no están en manos de los hombres.



      Ya lo sé yo —respondió Sancho—; y así, mis ganas de hablar son siempre espontáneas y no soy capaz de callar, por una vez siquiera, lo que me viene a la lengua.

 

─ Con todo eso —dijo don Quijote—, mira, Sancho, lo que hablas, porque tantas veces va el cantarillo a la fuente..., y no te digo más (75).



      Ahora bien —respondió Sancho—, Dios está en el cielo, y ve las mentiras, y será juez de quién miente más: yo en no hablar bien de ella, o vuestra merced alabándola..



      Basta ya —dijo Dorotea—: corred, Sancho, y besad la mano a vuestro señor, y pedilde perdón, y de aquí en  adelante sed más prudente en vuestras alabanzas y vituperios, y no habléis mal de esa señora Tobosa, a quien yo no conozco, si no es para servirla, y tened confianza en Dios, que no os ha de faltar un estado donde viváis como un príncipe.



Fue Sancho cabizbajo y pidió la mano a su señor, y él se la dio con pacífico talante; y, después que se la hubo besado, le echó la bendición, y dijo a Sancho que se adelantasen un poco, que tenía que preguntarle y que hablar con él de cosas de mucha importancia. Así lo hizo Sancho y apartádose los de un poco de los demás, le dijo don Quijote:

 

Desde que has llegado no he tenido tiempo ni ocasion para preguntarte muchas cosas acerca  del encargo que llevaste y de la respuesta que trajiste;  y ahora, que  podemos, no me niegues la felicidad que puedes darme con tan buenas nuevas. — Pregunte vuestra merced lo que quiera — respondió Sancho—, que a todo le contestaré. Pero suplico a vuestra merced, señor mío, que no sea de aquí en adelante tan vengativo.



   ¿Por qué lo dices, Sancho? —dijo don Quijote.



  ─  Lo digo —respondió— porque estos palos de ahora más fueron por la pendencia que entre los dos trabó el diablo la otra noche (76), que por lo que dije contra mi señora Dulcinea, a quien amo y reverencio como a una reliquia, aunque en ella no la haya, sólo por ser cosa de vuestra merced.



      No vuelvas a hablar de eso, Sancho, por tu vida —dijo don Quijote—, que me da pesadumbre; ya te perdoné entonces, y bien sabes tú que suele decirse: a pecado nuevo, penitencia nueva.



          Mientras los dos  mantenían esta conversación, dijo el cura a Dorotea que había sido muy discreta, tanto en el cuento como en la brevedad de él, y en la semejanza que tuvo con los de los libros de caballerías. Ella dijo que había dedicado mucho tiempo leyéndolos, pero que no sabía dónde estaban las provincias ni los puertos de mar, y que por eso había dicho al buen tun tún que había desembarcado en Osuna.



Yo lo entendí así —dijo el cura—, y por eso  se me ocurrió lo que dije, con lo que se arregló todo. Pero, ¿no es cosa extraña ver con cuánta facilidad cree este desventurado hidalgo todas estas invenciones y mentiras, sólo porque llevan el estilo y modo de las necedades de sus libros?



      Sí  lo es —dijo Cardenio—, y tan rara y nunca vista, que yo no sé si existirá alguien tan ingenioso capaz de inventarla y escribirla.



      Pues mas extraño es —dijo el cura—: que fuera de las simplicidades que este buen hidalgo dice tocante a su locura, si le hablan de otras cosas, discurre con sabios razonamientos y muestra tener un entendimiento claro y apacible en todo. De manera que, como no le hablen de sus caballerías nadie  dudará de su  sano juicio y sensatez.



En tanto que ellos iban en esta conversación, prosiguió don Quijote con la suya y dijo a Sancho:



      Echemos, Panza amigo, pelillos a la mar en esto de nuestras pendencias, y dime ahora, olvidando cualquier enfado o rancor: ¿Dónde, cómo y cuándo hallaste a Dulcinea? ¿Qué hacía? ¿Qué le dijiste? ¿Qué te respondió?¿Qué cara puso cuando leía mi carta? ¿Quién te la escribió? Y todo aquello que veas que es digno de saberse, de preguntarse y satisfacerse, sin que añadas o mientas por darme gusto, ni menos te acortes por no quitármele.



      Señor —respondió Sancho—,  a decir la verdad, la carta no me la escribió nadie, porque yo no llevé carta alguna.



      Así es como tú dices —dijo don Quijote—, porque el cuaderno donde yo la escribí lo encontré a los dos días de tu partida, lo cual me causó grandísima pena, por no saber lo que harías cuando te vieses sin la carta, siempre pensé que volverías desde el lugar donde la  echaras de  menos.

      Eso hubiera hecho —respondió Sancho—, si no me la hubiera aprendido de memoria cuando vuestra merced me la leyó, así que se  la dije a un sacristán, que me la escribió, tan punto por punto, que dijo que en todos los días de su vida, aunque había leído muchas cartas de descomunión,(77)  no había visto ni leído una carta tan linda como aquélla.



      ─ Y ¿la tienes todavía en la memoria, Sancho? —dijo don Quijote.



      No, señor —respondió Sancho—, porque después que la dije, como vi que no me iba a hacer falta otra vez, decidí olvidarla. De lo que me acuerdo es de aquello del sobajada, digo, del soberana señora, y de lo ultimo: Vuestro hasta la muerte, el Caballero de la Triste Figura. Y, en medio de estas dos cosas, le puse más de trecientas almas, y vidas, y ojos míos.





NOTAS.



68. Parte delantera o trasera que une los dos brazos longitudinales del armazón de una silla de montar.



 69.  Tinacrio el Sabidor es un famoso mago que aparece en algunos relatos de libros de caballeria.



 70. Se llama Gigote a la carne muy picada y asada.



 71. pronunciado en árabe como Manxa o Al-Mansha, que se traduce como "tierra sin agua", es decir, toda la peninsula ibérica.



  72. Esta respuesta de Sancho a la pregunta de don Quijote, no se entiende muy bien sin recorder el enfado de éste al comienzo del capítulo, cuando Sancho contó que fue su amo el que dio la libertad a los galeotes y por la negative de éste a casarse con la princesa.

La frase ¡ Así se me vuelvan las pulgas de la cama! Es una expresion libre utilizada por otros autores y aquí se utiliza en señal de que la recibía por reina y señora, aunque se le llenara la cama de pulgas. 



  73. El ave fénix, además de ser capaz de renacer de sus propias cenizas, era única en su especie en todo el mundo.



  74. Pedir chufas u otras golosinas en alta mar, es decir, pedir imposibles.



  75. Tantas veces va el cántaro a la fuente que deja el asa o la frente; o que quiebra el asa o la frente (Refranero)

 

  76. Se  refiere a la burla de Sancho en la aventura de los batanes  (capítulo XX)

  
  77.  Las que escribe un juez eclesiástico con censuras.