martes, 11 de julio de 2017

D. QUIJOTE PARA TODOS




Capítulo XI. De lo que le sucedió a don Quijote con unos cabreros


          Fue acogido por los cabreros amablemente; y cuando Sancho acomodó a Rocinante y a su jumento, se fue tras el olor que despedían ciertos tasajos (tajadas de carne) de cabra que hervían en un caldero y, aunque estuvo tentado de probarlos no pudo hacerlo, porque los cabreros lo quitaron del fuego y tendiendo por el suelo unas pieles de ovejas improvisaron una mesa y les  convidaron con agrado a comer lo que tenían.

 Los seis pastores que había en la majada se sentaron alrededor de las pieles, rogando a don Quijote con sus ceremonias campesinas   que se sentase sobre una peqeña artesa vuelta del revés. Se sentó don Quijote, y Sancho se quedó de pie para servirle vino en una copa hecha de cuerno. Viéndole en pie su amo, le dijo:

—   Para que veas, Sancho, el bien que en sí encierra la andante caballería,  quiero que te sientes a mi lado  en compañía de esta buena gente y que comas en mi plato y bebas de mi vaso, porque de la caballería andante se puede decir lo mismo que se dice del amor: que todas las cosas iguala.
- Le agradezco este gran favor, dijo Sancho, pero prefiero comer de pie y 
a solas que hacerlo con un emperador, porque mejor me sabe lo que como en mi rincón, sin etiquetas ni respetos, aunque sea pan y cebolla lo que coma, en lugar de los buenos alimentos de mesas en las que tenga que mascar despacio, beber poco, limpiarme a menudo, no estornudar ni toser ni hacer otras cosas que puedo hacer estando solo. Y le pido que estos favores que quiere darme por ser vuestro escudero y por ser propios de la caballería andante, los cambie por otros que sean de más provecho y, aunque se lo agradezco, renuncio a ellos para siempre.

- A pesar de eso, te has de sentar; porque a quien se humilla, Dios le ensalza. Y, asiéndole por el brazo, le forzó a que se sentase.junto a él
Los cabreros que no entendían aquella jerga de escuderos y caballeros andantes  se limitaban a comer, callar y mirar a sus huéspedes que con mucha soltura y ganas comían las tajadas de carne con las manos. Terminada la carne tendieron sobre las pieles gran cantidad de bellotas avellanadas,  junto con medio queso, más duro que si fuera hecho de argamasa. No paraba el cuerno, que andaba de mano en mano tan a menudo que con facilidad vació uno de los dos odres pequeños que tenían. Después que don Quijote sació su apetito, tomó un puñado de bellotas en la mano, y, mirándolas atentamente, comenzó a hablar diciendo:
—   Dichosa edad (tópico renacentista tomado de los clásicos antiguos) y siglos dichosos aquéllos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro se consiguiera sin trabajar, sino porque entonces no se conocían las palabras de tuyo y mio, porque todas las cosas eran comunes y  nadie necesitaba para su sustento otro trabajo que alzar la mano y coger el fruto de los árboles y el agua de las fuentes y de los rios. Las abejas les ofrecían su rica miel; de los alcornoques tomaban su corteza para cubrir sus casas sustentadas sobre rústicas estacas.Todo era paz, amistad y concordia; la madre tierra les ofrecía sin necesidad de trabajarla todo lo que necesitasen para su sustento. Las hermosas muchachas iban por los valles y cerros sin necesidad de cubrirse el cabello y sin más vestidos que los necesarios para cubrir honestamente sus cuerpos. Sus adornos los sacaban de la propia naturaleza, tejiendo hojas  y hiedra. El fraude el engaño y la malicia no se se mezclaban con la verdad y la sencillez. La justicia era imparcial y no se dejaba sobornar por ningún favor o interés, porque  no había qué juzgar, ni quién fuese juzgado. Las doncellas y la honestidad andaban, por todas partes sin temor a que nadie intentase forzarlas y si alguna lo era se debía a su propia voluntad. Mientras que ahora no están seguras ni aunque se ocultasen en un laberinto como el de Creta (5). Por esto, para defender a las doncellas, amparar a las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos se creó la orden de los caballeros andantes a la que yo pertenezco hermanos cabreros y os agradezco el agasajo y la buena acogida y hospitalidad que nos habéis dado a mí y a mi escudero, porque lo habéis hecho sin saber la obligación que todos tienen de favorecer  a los caballeros andantes .

Toda esta largo discurso —que no venía a cuento—  lo pronunció nuestro caballero porque las bellotas que le dieron le recordaron la edad dorada y quiso hacer a los cabreros aquel  inútil razonamiento, que atentos y embobados escuchaban. Lo mismo hizo Sancho que escuchaba mientras comía bellotas y visitaba el odre, que estaba colgado de un alcornoque para que el vino estuviese fresco. 
Más duró el discurso de don Quijote que la cena; al fin de la cual, uno de los cabreros dijo:
—  Para que con más verdad pueda decir vuestra merced, señor caballero andante, que le hemos agasajado por propia voluntad, queremos que se divierta con el cante de un zagal, compañero nuestro  muy entendido y muy enamorado que sabe leer y escribir y es músico de un rabel (6) y que estará aquí de un momento  otro.
Apenas  el cabrero acabó de decir esto, cuando llegó a sus oídos el son del rabel, y enseguida llegó el que lo tañía, que era un mozo de veintidos años, de muy buen porte. Sus compañeros le preguntaron si había cenado y diciendo que sí , el que había hecho los ofrecimientos le dijo:
—   Entonces, Antonio, bien podrás alegrarnos cantando  un poco, para que vea este señor huésped que nos visita que también por los montes y selvas hay quien sepa de música. Le hemos hablado de tus buenas habilidades y nos gustaría que te sientes y cantes el romance de tus amores que te compuso tu tío el beneficiado, (7)  que en el pueblo ha gustado mucho.

—   Lo hare con sumo gusto —respondió el mozo.

Y, sin hacerse más de rogar, se sentó en el tronco de una desmochada encina, y, templando su rabel, con muy buena gracia comenzó a cantar así:
-Yo sé, Olalla, que me adoras, puesto que no me lo has dicho ni aun con los ojos siquiera, mudas lenguas de amoríos.
Porque sé que eres sabida,
en que me quieres me afirmo; que nunca fue desdichado
 amor que fue conocido.     Bien es verdad que tal vez,
Olalla, me has dado indicio que tienes de bronce el alma y el blanco pecho de risco. (…)
Coyundas tiene la Iglesia que son lazadas de sirgo;
pon tú el cuello en la gamella;(8)  verás como pongo el mío.
Donde no, desde aquí juro, por el santo más bendito, de no salir destas sierras sino para capuchino.

Cuando el mozo terminó de cantar las canciones que le había compuesto su tío, don Quijote le rogó que cantase algo más, pero Sancho que tenía más ganas de dormir que de escuchar canciones, le dijo a su amo:

—   Vuestra merced debería retirarse  a donde vaya a pasar esta noche, que el trabajo que estos buenos hombres tienen todo el día no permite que pasen las noches cantando.

—   Ya te entiendo, Sancho —le respondió don Quijote—; que bien veo que tus visitas al odre necesitan mas sueño que música.

—   A todos nos gusta, bendito sea Dios —respondió Sancho.

—   No lo niego —replicó don Quijote—, pero acomódate tú donde quieras, que los de mi profesión mejor están velando que durmiendo. Pero, no estaría de más Sancho que me vuelvas a curar esta oreja, que me está doliendo más de lo que es menester.

Hizo Sancho lo que se le mandaba; y, viendo uno de los cabreros la herida, le dijo que no tuviese pena, que él le pondría un remedio con el que fácilmente  sanaría. Y, tomando algunas hojas de romero, del mucho que por allí había, las masticó y las mezcló con un poco de sal, y, aplicándoselas a la oreja, se la vendó muy bien, asegurándole que no sería necesaria otra medicina; y así ocurrió en verdad.

NOTAS

5) Según la mitología griega, el arquitecto Dédalo construyó para el rey Minos de Creta el laberinto en el que fue aprisionado el Minotauro, una bestia sanguinaria con cuerpo humano y cabeza de toro. Los  corredores del laberinto tenían un trazado tan complicado que quien penetraba en él no podía salir jamás.
6) Rabel instrumento musical de tres cuerdas.
7) clérigo que disfruta de rentas y bienes eclesásticos.
8) arcos que se forman en los extremos del yugo de los bueyes

lunes, 3 de julio de 2017

DON QUIJOTE PARA TODOS



Capítulo X. De lo que más le avino a don Quijote con el vizcaíno, y del peligro en que se vio con una turba de yangüeses. (1)

          Ya en este tiempo se había levantado Sancho Panza algo maltratado por los mozos de los frailes, y había estado atento a la batalla de su señor don Quijote, y rogaba a Dios en su corazón que saliese voctorioso y que en ella ganase alguna ínsula de donde le hiciese gobernador, como se lo había prometido. Cuando vio terminada la lucha y que su amo se disponía a subir   sobre Rocinante, le sostuvo el estribo y antes de que subiese se hincó de rodillas delante de él, y, cogiendo su mano se la besó diciendo:

—   Acuérdese vuestra merced mi señor don Quijote  de darme el gobierno de la ínsula que en esta cruel pendencia  ha ganado; que, por grande que sea, yo me siento con fuerzas de saberla gobernar tal y tan bien como otro que haya gobernado ínsulas en el mundo.
A lo cual respondió don Quijote:

—   Advertid, hermano Sancho, que esta aventura y las parecidas  a ésta no
son de ínsulas, sino ocasionales en las que  no se gana otra cosa que sacar rota la cabeza o una oreja menos. Tened paciencia, que aventuras se ofrecerán donde no solamente os pueda hacer gobernador, sino algo más.
Sancho se lo agradeció mucho y besándole otra vez la mano y la falda de la loriga (las mallas de de la armadura) le ayudó a subir sobre Rocinante y subiendo él sobre su asno comenzó a seguir a su señor que deprisa y sin despedirse ni hablar más con las del coche, se entró por un bosque cercano. Sancho le seguía  a todo el trote de su jumento pero como Rocinante iba más deprisa tuvo que dar voces  a su amo para que lo esperase. Don Quijote detuvo a Rocinante hasta que llegase su cansado escudero, que  cuando lo alcanzó le dijo:
- Me parece, señor, que haríamos bien en refugiarnos en alguna iglesia, pues quedó tan malherido vuestro rival que no sería extraño dieran parte a la Santa Hermandad y nos detengan y si lo hacen nos vamos a pudrir en la cárcel.
—   Calla —dijo don Quijote—. Y ¿dónde has visto tú, o leído jamás, que caballero andante haya sido puesto ante la justicia, por más homicidios que hubiese cometido?
—   Yo no sé nada de omecillos —respondió Sancho—, ni en mi vida vi ninguno; sólo sé que la Santa Hermandad tiene que ver con los que pelean en el campo, y en esto no me entremeto.

—   Pues no tengas pena, amigo —respondió don Quijote—, que yo te sacaré de cualquier apuro cuanto más de los de la Hermandad. Pero dime, por tu vida: ¿has visto más valeroso caballero que yo en todo lo descubierto de la tierra? ¿Has leído en historias otro que tenga ni haya tenido más brío en acometer, más aliento en el perseverar, más destreza en el herir, ni más maña en el derribar?
La verdad es —respondió Sancho— que yo no he leído nunca ninguna historia, porque no sé leer ni escribir; pero lo que puedo asegurar es que yo no  he servido nunca a  amo más atrevido que vuestra merced, pero Dios quiera que estos atrevimientos no se paguen donde tengo dicho, y le ruego que se cure, que  está perdiendo mucha sangre por  esa oreja. Aquí en las alforjas traigo hilas y un poco de ungüento blanco.

—   Todo eso no haría falta —respondió don Quijote— si  me acordara de hacer un redoma (frasco) del bálsamo de Fierabrás(2) , que con solo una gota se ahorrarán tiempo y medicinas.

¿Qué redoma y qué bálsamo es ése? —dijo Sancho Panza.
—   Es un bálsamo —respondió don Quijote— del tengo la receta en la memoria, con el cual no hay que tener temor a la muerte, ni hay que pensar morir de ninguna herida.

—   Y cuando yo le haga y en alguna batalla partan mi cuerpo en dos, coges con mucho cuidado la mitad del cuerpo que haya caído en el suelo y antes de que la sangre se hiele (coagule) la pones sobre la otra  mitad que quede en la silla del caballo, teniendo cuidado de encajarlas bien y entonces me das a beber dos tragos del balsamo y quedaré más sano que una manzana.

—   Si eso es así, desde ahora mismo renuncio a cualquier gobierno y solo quiero en pago a mis servicios la receta de ese maravilloso licor, que tengo por seguro que podría vender la onza (217 decigramos) a más de dos reales en cualquier parte y no necesitaría más para vivir honrada y descansadamente. Aunque me gustaría saber si es muy caro prepararlo.

—   Con menos de tres reales se pueden hacer tres azumbres (un azumbre equivale a dos litros y dieciseis mililitros) —respondió don Quijote.

—   ¡Pecador de mí! —replicó Sancho—. ¿Pues a qué espera vuestra merced para hacerlo y enseñármelo?

—   Calla, amigo —respondió don Quijote—, que mayores secretos pienso enseñarte y mayores favores hacerte; pero ahora cúrame la oreja que me duele más de lo que yo quisiera.
     Sancho sacó de las alforjas hilas y ungüento. pero cuando don Quijote vio rota su celada, pensó perder el juicio, y, poniendo la mano en la espada y alzando los ojos al cielo, dijo:

—   Yo juro al Creador de todas las cosas y a los santos cuatro Evangelios, de hacer la vida que hizo el grande marqués de Mantua cuando juró  vengar la muerte de su sobrino Valdovinos, que dejó de sentarse a comer en mesa alguna y de tener relaciones con su mujer  y otras cosas que, aunque no las recuerdo las doy aquí por expresadas, hasta tomar entera venganza del que tal desaguisado me hizo.

Oyendo esto Sancho, le dijo:

—   Tenga en cuenta vuestra merced, señor don Quijote, que si el caballero cumplió lo que se le ordenó de irse a presentar ante mi señora Dulcinea del Toboso, ya habrá cumplido con lo que debía, y no merece otra pena si no comete nuevo delito.

—   Has hablado y apuntado muy bien —respondió don Quijote—; y así, anulo el juramento en cuanto lo que toca a tomar de él nueva venganza; pero lo hago y confírmo de nuevo de hacer la vida que he dicho, hasta tanto que quite por fuerza otra celada tal y tan buena como ésta a algún caballero.

—   Que se lleve el Diablo tales juramentos, replicó Sancho, porque dañan su salud y perjudican su conciencia, pues imagine que tardamos mucho en encontrar un hombre armado con celada ¿va a cumplir el juramento a pesar de
  tantos inconvenientes e incomodidades, como será el dormir vestido, y el no dormir en poblado, y otras mil penitencias que contenía el juramento de aquel loco viejo del marqués de Mantua, que vuestra merced quiere revalidar ahora? Mire vuestra merced bien, que por todos estos caminos no andan hombres armados, sino arrieros y carreteros, que no sólo no traen celadas, sino que ni siquiera las han oído nombrar en todos los días de su vida.

—   Te engañas en eso —dijo don Quijote—, porque no habremos estado dos horas por estas encrucijadas, cuando veamos más armados que los que vinieron sobre Albraca a la conquista de Angélica la Bella.(4)
—   No se hable más —dijo Sancho—, y que Dios quiera que nos vayan bien las cosas, y que llegue ya el momento de ganar esta ínsula que tan cara me cuesta.
—   Ya te he dicho, Sancho, que no te preocupes dé eso que, si falta la ínsula  ahí está el reino de Dinamarca o el de Soliadisa, que te vendrán como anillo al dedo; y además que te alegrarás, por estar en tierra firme. Pero dejemos esto para su tiempo, y mira si traes algo en esas alforjas que comamos, porque iremos después en busca de algún castillo donde pasar esta noche y podamos hacer el bálsamo que te he dicho; porque yo te juro que me está doliendo mucho la oreja.

—   Aquí tengo una cebolla, y un poco de queso y no sé cuántos mendrugos de pan —dijo Sancho—, pero no son manjares que pertenecen a tan valiente caballero como vuestra merced.

—   ¡Qué equivocado estás! —respondió don Quijote—. Haz de saber, Sancho, que es honra de los caballeros andantes no comer en un mes; y que si comen, será de aquello que tengan más a mano. Si hubieras leído tantas historias como yo sabrías que los caballeros andantes comían bien cuando les invitaban a algún banquete que los demás días comían lo que encontraban o se los pasaban en ayunas. Pero como eran hombres como nosotros no podían pasar sin comer y sin hacer las necesidades naturales, y como la mayor parte del tiempo la pasaban en bosques y en despoblados, su comida más frecuente eran viandas rústicas como las que tú ahora me ofreces. Así que no te preocupes por mi comida ni quieras modificar las normas de la caballería andante.

—     Perdóneme vuestra merced —dijo Sancho—; que, como yo no sé leer ni escribir, como ya le  he dicho, no sé si he alterado las reglas de la profesión caballeresca; y, de aquí adelante, yo proveeré las alforjas de todo género de fruta seca para vuestra merced, que es caballero, y para mí, que no lo soy, las proveeré de otras cosas volatiles (aves)  y de más sustancia.
—   No digo yo, Sancho —replicó don Quijote—, que sea forzoso a los caballeros andantes no comer otra cosa sino esas frutas que dices, sino que su más ordinario sustento debía de ser de ellas, y de algunas hierbas que encontraran por los campos, que ellos conocían y yo también conozco.

—   Virtud es —respondió Sancho— conocer esas hierbas; que, según yo me voy imaginando, algún día será menester usar de ese conocimiento.

Y, sacando lo que dijo que traía, comieron los dos en buena paz y compaña. Pero, queriendo encontrar donde pasar la noche acabaron rápidamente su pobre comida. Subieron después a caballo, dándose prisa por llegar a poblado antes que anocheciese; pero haciéndose de noche y sin esperanza de encontrar lo que deseaban, determinaron pasar la noche en unas chozas de unos cabreros, cosa que a Sancho no le gusto pore estar en descampado, pero sí a su amo porque  dormir a cielo descubierto le parecía propio de la caballería andante.


1)  El título de este capítulo, no se corresponde con el contenido del mismo, ya que la aventura de los yangüeses se cuenta en el capítulo XV. Hay distintas versions de porqué esto es así, que no las cito, por no ser esenciales para la lectura del libro. Sólo saber que, por lo que fuera, lo que se dice que se va a contar en este capítulo, no se cuenta en él sino en el XV.
2) El balsamo de Fierabrás, de acuerdo con las leyendas carolingias, es un brebaje milagroso que procede del embalsamamiento de Jesucristo, capaz de curar las heridas, por grandes que fueran, de quien lo bebiera. A Sancho como veremos en otro capítulo, no le sentó nada bien. Cervantes lo aprovecha para enriquecer su burla de los caballeros andantes..
3) Leyendas carolingias, son las relativas a Carlo magno, a su familia y a su época.

4) Más de dos millones que son los que llevaba el ejército de Agricane cuando fue a liberar a la Bella Angélica.

   

miércoles, 28 de junio de 2017

DON QUIJOTE PARA TODOS





Capítulo IX. Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron


          Dejamos en la primera parte de esta historia al valeroso vizcaíno y al famoso don Quijote con las espadas altas y desnudas, en actitud de descargar dos furibundos golpes,  que si se se acertaban de lleno, por lo menos se dividirían y abrirían de arriba abajo como una granada; y que en aquel punto tan dudoso se interrumpio tan sabrosa historia, sin que su autor dijera donde se podría encontrar lo que faltaba.
Me causó esto mucha pesadumbre, porque el gusto de lo leído  se volvía en disgusto, porque pensaba que sería difícil encontrar lo que faltaba (se refiere a Cervantes que se presentó como segundo autor al final del capítulo anterior)
Pero estando yo un día en la calle Alcaná de Toledo,  llegó un muchacho a vender unos cuadernos y papeles viejos a un comerciante de seda; y llevado por mi gusto por la lectura cogí uno de los cuadernos que vendía  escrito en árabe que yo no sabía leer, por lo que busqué a un intérprete para que me lo tradujera. Apenas tuvo éste el cuaderno en la mano lo abrió por la mitad y leyendo un poco se comenzó a reír.
Le pregunté el motivo de su risa y me dijo que era de una nota que tenía escrita al margen sobre una tal Dulcinea del Toboso.
Al oir este nombre quedé atónito porque pensé que aquellos cuadernos trataban de la historia de don Quijote. Y efectivamente cuando le dije que leyese el principio traducido al castellano, dijo que  decía:  Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo.
Con gran esfuerzo disimulé mi alegría y olvidándose del comerciante me vendió todos los papeles y cuadernos por medio real, que me hubieran costado más de seis de conocer él mi interés. Luego, llevándolo aparte, le pedí que los tradujese al castellano sin quitar ni añadir nada y que le pagaría lo que él pidiese. Se contentó con dos arrobas de pasas (la arroba equivale a 11kilos y medio) y dos fanegas (ver capítulo 1, página 1) de trigo, y prometió traducirlos bien y fielmente y con mucha brevedad. Yo para no perder tan buen hallazgo y para darle facilidades lo llevé a mi casa, donde en poco más de mes y medio terminó toda la traducción.
En el primer cuaderno estaba pintada, con mucha realidad, la batalla de don Quijote con el vizcaíno, en la misma postura que la historia cuenta, levantadas las espadas, el uno cubierto con su rodela y el otro con la almohada. A los pies del Vizcaino había un rotulo que decía: Don Sancho de Azpetia, que, sin duda, debía de ser su nombre, y a los pies de Rocinante estaba otro que decía: Don Quijote de la Mancha. Rocinante estaba maravillosamente pintado, tan largo y tendido, tan consumido que justificaba su nombre (rocín (caballo) antes). A su lado se veía a Sancho Panza que tenía del cabestro a su asno, a los pies del cual estaba otro rótulo que decía: Sancho Zanca, porque la pintura lo mostraba con mucha barriga, el tronco corto y las piernas largas (zancas), y por esto se le pondrían los nombres de Panza y de Zancas, que con estos dos sobrenombres le llama algunas veces la historia.
Otras algunas menudencias había, pero todas de poca importancia y que no hacen al caso a la verdadera relación de la historia, que ninguna es mala si es verdadera.
Puestas y levantadas en alto las afiladas espadas de los dos valerosos y enojados combatientes, no parecía sino que estaban amenazando al cielo, a la tierra y al abismo: tal era el valor y la compostura que tenían. Y el primero en descargar el golpe fue el colérico Vizcaino que lo dio con tal furia que a no ser porque la espada se desvió en el camino con solo aquel golpe hubiera bastado para dar fin, no solo, a la contienda, sino a todas las aventuras de nuestro caballero. Pero por suerte, aunque le acertó en el hombro izquierdo, no le hizo más daño que desarmarle todo aquel lado, llevándose de camino gran parte de la celada, con la mitad de la oreja; que todo ello con espantosa ruina vino al suelo, dejándole muy maltrecho, y viéndose así se alzó de nuevo en los estribos, y, apretando más la espada con las dos manos, con tal furia descargó sobre el vizcaíno, acertándole de lleno sobre la almohada y sobre la cabeza,  comenzando a echar sangre por las narices,  por la boca y por los oídos, y a dar muestras de caer de la mula que hubiera caído si no se abrazara al cuello del animal, pero a pesar de esto sacó los pies de los estribos y soltó los brazos; y la mula, espantada del terrible golpe, comenzó a correr por el campo, y a los pocos saltos dio con su dueño en tierra.Don quijote lo miraba tranquilo y viéndole caer saltó de su caballo y muy deprisa     llegó a a él y, poniéndole la punta de la espada entre los ojos, le dijo que se rindiese o le cortaría la cabeza.
El vizcaíno no podía responder de lo turbado que estaba y lo hubiera pasado muy mal si las señoras del coche, que hasta entonces con gran desmayo habían mirado la pendencia, no fueran adonde estaba y le pidieran con mucho encarecimiento les hiciese tan gran merced y favor de perdonar la vida a aquel su escudero. A lo cual don Quijote respondió, con voz calmada y con modestia:
- hermosas señoras, con mucho gusto hare lo que me pedís,  con la condición y promesa de que este caballero irá al lugar del Toboso y se presentarrá de mi parte ante la sin par doña Dulcinea, para que ella haga de él lo que crea conveniente.
La temerosa y desconsolada señora, sin pensar lo que don Quijote pedía, y sin preguntar quién era Dulcinea le prometió que el escudero haría todo aquello que él le ordenase.
Pues confiando en vuestra palabra no le haré más daño, aunque lo tenía bien merecido.