martes, 10 de octubre de 2017

D. QUIJOTE PARA TODOS



Capítulo XXIV. Donde se prosigue la aventura de la Sierra Morena
  
Dice la historia que don Quijote escuchaba con mucha atención al astroso (andrajoso y desdichado),Caballero de la Sierra, el cual, prosiguiendo su plática, dijo:

—      Por cierto, señor, quienquiera que seáis, que, aunque no os conozco,  agradezco los modales y la cortesía que conmigo habéis usado; y quisiera yo encontrarme en otra situación en la que pudiera corresponder de la misma manera a la cortesía y buena acogida con la que me habéis tratado . Pero mi suerte no me permite otra cosa que el buen deseo de satisfacerlas.

      ---  Lo que yo tengo —respondió don Quijote— son deseos de serviros; tanto es así, que había decidido no salir de estas sierras hasta encontraros y saber por vos mismo si el dolor que os ha llevado a esta vida tiene algún remedio para, si es preciso, buscarle con la mayor diligencia posible. Y si vuestra desventura es de aquellas que no tienen solución, ayudaros a llorarla como mejor pueda, porque en las desgracias es siempre un consuelo encontrar a alguien que nos acompañe en el dolor. Y, si pensáis que esta intención mía merece ser agradecida, lo único que pido de vuestra demostrada cortesía es que me digáis quien sois y el motivo que os ha traído a vivir y a morir entre estas soledades como un animal, pues vivís como si lo fuéseis, como lo demuestran vuestro traje y persona. Y juro —añadió don Quijote—, por la orden de caballería que, aunque indigno y pecador recibí, y por la profesión de caballero andante, que si me complacéis en esto os serviré con la lealtad que me obliga el ser quien soy: bien remediando vuestra desgracia, si tiene remedio, o bien ayudándoos a llorarla, como os lo he prometido.

El Caballero del Bosque, que de tal manera oyó hablar al de la Triste Figura, no hacía sino mirarle, y volverlo a mirar de arriba abajo; y, cuando le hubo visto bien, le dijo:

—      Si tienen algo que darme Para comer, por amor de Dios  me lo den; que, después de haber comido, yo haré todo lo que se me manda, en agradecimiento de tan buenos deseos como aquí se me han mostrado.
 Sancho de su costal y el cabrero de su zurrón, sacaron con que satifacer el hambre de el Roto, que comía tan deprisa que no dejaba tiempo entre un bocado y otro, de tal manera que más que tragar engullía y, mientras comía ni él ni los que le miraban decían nada. Al acabar de comer les hizo señas para que le siguiesen, llevándolos a un verde pradecillo que estaba a la vuelta de una peña cercana. Cuando llegaron se tendió sobre la hierba, haciendo lo mismo los demás; y todo esto sin decir palabra alguna, hasta que el Roto, dijo:

—      Si queréis  que  os cuente la causa de mis desventuras, tenésis que prometer no  imterrumpirme en ningún momento, porque en el que lo hagáis teminaré la narración. Esto recordó a don Quijote el cuento de las cabras que  Sancho le había contado (en el capítulo XX) y el Roto continuo diciendo que  les hacía esta  adveretencia, porque el recorder sus desgracias le hacía sufrir más y así acabaría antes de contarlas. Don Quijote se lo prometió en nombre de todos y él con esta promesa, comenzó de esta manera:
—      “ Mi nombre es Cardenio; mi patria una de las mejores ciudades de Andalucía; soy de linaje noble y de padres ricos que deben haber llorado mi desventura, sin que su riqueza la pueda aliviar,, porque para las desdichas del cielo no suelen valer los bienes de fortuna.
       Vivía en la misma ciudad la Hermosa Luscinda, doncella tan noble y tan rica como yo, a la que amé, quise y adore desde mi más tierna infancia, y ella me quiso a mí con la sencillez y la lealtad propias de su poca edad. Conocían nuestros padres nuestros pensamientos y les parecía bien, porque tenían claro que si seguían adelante no podían tener otro final que el del matrimonio que, además,  estaba en consonancia con la igualdad de nuestro linaje y riqueza. Crecimos en edad y con ella nuestro amor,  por lo que al padre de Luscinda le pareció que, por respeto a las buenas costumbres,  estaba obligado a negarme la entrada en su casa. Esta negativa no hizo sino aumentar las llamas del amor y del deseo, porque aunque acallara las lenguas de la gente no podia hacerlo con el amor. ¡ Ay cielos cuántas notas le escribí! ¡ Cuántas agradables y honestas respuestas recibí!  ¡ Cuántas canciones y versos enamorados compuse!
 Viendo que mi alma se consumía con el deseo de verla, determine pedírsela a su padre por legítima esposa, a lo que él me respondió que me agradecía mis buenas intenciones, pero que, viviendo mi padre, era éste el más apropiado para hacer aquella petición, que, aunque de su agrado, no era Luscinda mujer para tomarse ni darse a escondidas.
»Yo le agradecí su decision, porque me pareció que llevaba razón y porque mi padre atendería mi petición, por lo que en ese instante fui a decirle a mi padre lo que deseaba y entrando en su aposento, tenía en su mano una carta abierta que me dio antes de que yo le dijese nada, diciéndome: “Cardenio en esta carta el duque Ricardo (un grande de España) que tiene sus propiedades en lo mejor de Andalucía te quiere proteger y ayudar.” “ Cogí la carta y la leí, viendo que hablaba tan bien de mí, que me pareció mal que mi padre no atendiera sus deseos que no eran otros que me enviase a donde él estaba, porque quería que fuese no criado, sino compañero de su hijo mayor y que él se ocuparía de ponerme en la categoría que me corresponde por la alta estima en la que me tenía. Leí la carta de nuevo y no salía de mi asombro, sobre todo cuando mi padre me dijo que en dos días marcharía para hacer la voluntad del duque y que diera gracias a Dios por la oportunidad que se me ofrecía de abrirme camino para conseguir lo que, según él, merezco, y dándome como padre otros consejos.  

   »Al acercarse el día de mi partida, hablé una noche a Luscinda, contándole todo lo que pasaba, y también con su padre, rogándole no la diese en matrimonio hasta saber lo que Ricardo quería de mí. Él me lo prometió y ella me lo confirmó con mil juramentos y mil desmayos. Fuí a donde estaba el duque Ricardo  por el que fui muy bien recibido y tratado, lo que despertó la envidia de los criados antiguos que pensaban que el trato que el duque me daba les iba a perjudicar. Pero el que más se alegro con mi llegada fue el segundo hijo del duque llamado Fernando, ue era un mozo apuesto, gentilhombre, liberal y enamoradizo que quiso que fuese su  mejor amigo, lo que extrañaba a todos; y, aunque el mayor me quería bien y me hacía favores no llegó al extremo con que don Fernando me quería y trataba.
Y como entre los amigos no hay nada secreto, don Fernando me contaba todos sus pensamientos, en especial un enamoramiento que lo tenía un poco alterado. Quería bien a una labradora, vasalla de su padre, muy hermosa, recatada, discreta y honesta que, además, tenía pretendientes muy ricos. Estos tan buenos atributos de la hermosa labradora, aumentaron tanto los deeos de don Fernando que determinó darle palabra de matrimonio porque de otra manera no podría conseguir su amor ni que ella le ofreciera su virginidad. Yo como amigo, intenté con los mejores argumentos y ejemplos que pude, apartarle de tal propósito pero, viendo que no hacía caso a mis consejos decidí contarle el caso a su padre el duque Ricardo, pero don Fernando que era astuto, sospechó de esto, por parecerle que como buen criado yo estaba obligado a no ocultar algo que iba en perjuicio de la honra de mi señor el duque, por lo que me dijo que no encontraba otro remedio para olvidarse de la bella labradora que ausentarse por algunos meses y que lo mejor era que los dos marcháramos a casa de mi padre, diciéndole al duque que iba a ver y comprar unos muy buenos caballos que había en mi ciudad, donde se crian los mejores del mundo (es posible que se trate de Jerez de la Frontera). Cuando le oí decir esto, aunque su decisión no me pareciera del todo buena, la acepté porque así tendría ocasion de volver a ver a mi Luscinda, y por eso le animé a que llevara a efecto su propósito, para que la ausencia hiciera su efecto cuanto antes. Pero cuando él me propuso esto, ya había seducido y gozado de la labradora, según supe después, y quería ponerse a salvo antes de que el duque, su padre, se enterase del disparate que había cometido.        
Pero como el amor en los mozos, en la mayoría de los casos, solo es apetito cuyo ultimo fin es el deleite, cuando éste se consigue, se acaba todo lo que parecía amor y, cuando don Fernando disfrutó con la labradora, se aplacaron sus deseos y si antes se quería ausentar para remediarlos, ahora procuraba irse por no ponerlos en práctica. El duque le dio permiso y mandó que le acompañase y llegamos a mi ciudad, recibiéndolo mi padre como quien era; después vi a Luscinda y  volvieron mis deseos anteriores que no habían estado muertos, sino solmente amortiguados. Para mi mal, di cuenta de ellos a don Fernando por parecerme que debía hacerlo dada nuestra amistad. Y tanto alabé la hermosura, gracia y discreción de Luscinda que quiso conocer a la doncella adornada de tantas cualidades. Accedí a sus deseos, enseñándosela una noche, a la luz de una vela, en una  ventana por la cual solíamos hablar. La vio vestida con una tunica y se olvidó de todas las bellezas que hasta entonces había conocido. Enmudeció, perdió el sentido, quedó absorto y, finalmente, tan enamorado como vereis cuando cuente mi desventura.  Y, para encenderle más el deseo, que a mí me ocultaba y al cielo a solas descubría, quiso la casualidad que encontrase un día una carta suya, tan discreta, tan honesta y tan enamorada,  pidiéndome que la pidiese a su padre por esposa, y, en leyéndola, me dijo que en solo Luscinda se encerraban todas las gracias de hermosura y de entendimiento que en las demás mujeres del mundo estaban repartidas.

Tengo que reconocer que, aunque las alabanzas que de Luscinda hacía don Fernando eran justas, no me gustaba que las hiciera y comencé a tener celos porque en todo momento quería que hablásemos de Luscinda y no porque yo no me fiase de ella, pero aún así  no se me pasaba el temor a perderla, porque don Fernando procuraba leer las cartas que Luscinda y yo nos enviábamos. En una de ellas Luscinda me pidió un libro de caballerias a las que era muy aficionada, concretamente el de Amadís de Gaula.

Apenas don Quijote oyó hablar de libros de caballerias, dijo:
 ­­­
--- Si desde el principio vuestra merced me hubiera dicho la afición de la señora Luscinda a los libros de caballería, sería suficiente para entender la altura de su entendimiento, porque si no tuviera esta afición no tendría las cualidades con que la habéis presentado: por lo tanto, no necesito que alabeis su belleza, valor y entendimiento, pues sabiendo de esta afición, la tengo por la más hermosa y más discreta mujer del mundo. Y me gustaría que junto con Amadis de Gaula, le hubiérais enviado al bueno de Don Rugel de Grecia, pues estoy seguro que la señora Luscinda disfrutará mucho de Daraida y Geraya, así como de las discreciones del pastor Darinel y de sus admirables versos. Pero tiempo tendremos de enmendar esa falta y si vuestra merced quiere venir conmigo a mi aldea, le podré dar más de trescientos libros, si es que los malignos y envidioso encantadores no se los han llevado, para fastidiarme y privarme de su agradable lectura. Y perdóneme vuestra merced no haber respetado lo convenido de no interrumpir su plática, pues en oyendo cosas de caballeria y de caballeros andantes, no puedo resistirme a hablar de ellos, como los rayos del sol no pueden dejar de calendar ni la luna humedecer. Así que os pido perdon y proseguir que es lo más importante ahora.      

Mientras don Quijote estuvo hablando, se le cayó a Cardenio la cabeza sobre el pecho, dando muestras de estar profundamente pensativo. Pero a pesar de que don Quijote insistiera, no alzaba la cabeza ni respondía nada; pero, al cabo de un rato largo, la levantó y dijo:

---- No se me puede quitar del pensamiento, ni habrá quien me lo quite en el mundo, ni quien me dé a entender otra cosa (y sería un majadero el que lo contrario entendiese o creyese), sino que aquel bellaconazo del maestro Elisabat estaba amancebado con la reina Madésima.

—   Eso no, ¡voto a tal! —respondió con mucha cólera don Quijote, jurando como acostumbraba; y ésa es una muy gran malicia, o bellaquería, porque  la reina Madásima fue muy principal señora, y no puede  ser que tan alta princesa se amancebara con un sacapotras (sacamuelas); y quien piense lo contrario miente como un bellaco. Y yo hare que lo entienda, a pie o a caballo, armado o desarmado, de noche o de día, o como más gusto le diera

     Cardenio lo miraba muy atentamente y como había vuelto a recaer en  su locura no podia proseguir su historia; ni don Quijote tampoco escucharla porque le había disgustado mucho lo que había dicho de Madásima. ¡ extraño caso, pues la defendió como si fuera su verdadera y natural señora: que así lo habían dejado sus descomulgados libros! Como ya Cardenio había vuelto a su locura y se sintió desmentido y tratado de bellaco, con otros insultos semejantes, cogió una piedra que tenía al lado y golpeó con ella el pecho de don Quijote, haciéndolo caer de espaldas. Sancho Panza que vio como trataba a su señor, arremetió contra el loco con el puño cerrado; y el loco lo recibió con un puñetazo que lo tiró al suelo y, subiéndose sobre él le molió a golpes las costillas todo lo que quiso. El cabrero, que le quiso defender, corrió la misma suerte. Y cuando los tuvo a todos rendidos y molidos los dejó y se fue tranquilamente a emboscarse en la montaña.

Se levantó Sancho, y, con la rabia que tenía de verse apaleado sin motivo, quiso vengarse del cabrero culpándole de no haberles avisado de que a aquel hombre le venía de pronto la locura y que de haberlo sabido hubieran estado atentos para poder defenderse. El cabrero le respondió que ya lo había dicho, y que si él no lo había oído, que no era suya la culpa. Replicó Sancho Panza, y tornó a replicar el cabrero, y fue el fin de las réplicas asirse de las barbas y darse tales puñetazos que, si don Quijote no los pusiera en paz, se hicieran pedazos. Sancho, agarrado al cabrero decía:

—   Déjeme vuestra merced, señor Caballero de la Triste Figura, que con éste, que es villano como yo y no está armado caballero, bien puedo luchar y satisfacerme del agravio que me ha hecho, peleando con él mano a mano, como hombre honrado.

—   Así es —dijo don Quijote—, pero yo sé que él no tiene ninguna culpa de lo sucedido.

Con esto los apaciguó, y don Quijote volvió a preguntar al cabrero si sería posible hallar a Cardenio, porque quedaba con grandísimo deseo de saber el fin de su historia. Le dijo el cabrero lo que al principio le había dicho, que no conocía su refugio; pero que si recorría aquellos contornos no tardaría en encontrarle, o cuerdo o loco.  










miércoles, 4 de octubre de 2017

D. QUIJOTE PARA TODOS





Capítulo XXIII. De lo que le aconteció al famoso don Quijote en Sierra Morena, que fue una de las más raras aventuras que en esta verdadera historia se cuentan

Viéndose tan malparado don Quijote, dijo a su escudero:

—   Siempre, Sancho, he oído decir, que el hacer bien a villanos es echar agua en la mar. Si yo hubiera creído lo que me dijiste, yo hubiera escusado esta pesadumbre; pero ya está hecho: paciencia, y escarmentar  desde aquí en adelante.

—   Así escarmentará vuestra merced —respondió Sancho— como yo soy turco; pero, como dice que si me hubiera creído se hubiera escusado este daño, créame ahora y escusará otro mayor; porque le hago saber que con la Santa Hermandad no vale usar de caballerías, que a ella los caballeros andantes les importan dos maravedís; y sepa que ya me parece que sus saetas (51) me zumban por los oídos.

Naturalmente eres cobarde, Sancho —dijo don Quijote—, pero, porque no digas que soy contumaz (obstinado) y que jamás hago lo que me aconsejas, por esta vez te hare caso y me apartaré de la furia que tanto temes (se refiere a la Santa Hermandad); pero a condición de que jamás dirás a nadie que yo me retiré y aparté de este peligro por miedo, sino que lo hice  por complacer a tus ruegos; que si dices otra cosa mentirás, y diré que mientes y mentirás todas las veces que lo pensares o lo dijeres. Y no me repliques más, que en sólo pensar que me aparto y retiro de algún peligro, especialmente de éste, que parece que está motivado por el miedo, ganas me dan de quedarme  para aguardar aquí solo, no solamente a la Santa Hermandad que tanto temes, sino a los hermanos de las doce tribus de Israel, y a los siete Macabeos, y a Cástor y a Pólux, y aun a todos los hermanos y hermandades que hay en el mundo.

—   Señor —respondió Sancho—, el retirarse no es huir, ni el esperar es cordura, cuando el peligro sobrepasa a la esperanza, y de sabios es guardarse hoy para mañana y no aventurarse todo en un día. Y sepa que, aunque zafio y villano, todavía se me alcanza algo de esto que llaman buen gobierno; así que, no se arrepienta de haber tomado mi consejo, sino suba en Rocinante, si puede, o si no yo le ayudaré, y sígame, que el caletre me dice que ahora vamos a necesitar más los pies que las manos.

Subió don Quijote, sin decirle nada más, y, guiando Sancho sobre su asno, se entraron por una parte de Sierra Morena, que allí junto estaba, llevando Sancho intención de atravesarla toda e ir a salir al Viso (42), o a Almodóvar del Campo, y esconderse algunos días por aquellas asperezas, para no ser hallados si la Hermandad los buscase. Animóle a esto haber visto que de la refriega de los galeotes se había librado la despensa que sobre su asno venía, cosa que  juzgó milagrosa, teniendo en cuenta lo que  buscaron y se llevaron los galeotes.

En cuanto don Quijote entró por aquellas montañas, se le alegró el corazón, pareciéndole aquellos lugares apropiados para las aventuras que buscaba y recordando los maravillosos sucesos que en semejantes soledades y asperezas habían vivido los caballeros andantes. Iba pensando en estas cosas, tan embelesado y trasportado en ellas que de ninguna otra se acordaba. Ni Sancho se preocupaba de otra cosa, al comprobar que caminaba por un lugar seguro, que de satisfacer su estómago con los relieves (las sobras) que del despojo clerical (la comida que  habían conseguido de los frailes); y así, iba tras su amo sentado a la mujeriega sobre su jumento, sacando de un costal y embaulando en su panza; y esperando que, de momento, no apareciera ninguna otra aventura.

En esto, alzó los ojos y vio que su amo estaba parado, procurando con la punta del lanzón alzar un bulto que estaba caído en el suelo, por lo cual se dio prisa en ir a ayudarle, y llegó cuando  alzaba con la punta del lanzón un cojín y una maleta asida a él, medio podridos, o podridos del todo, y deshechos; pero, pesaba tanto, que fue necesario que Sancho se apease para cogerlos, y su amo le dijo que mirase lo que contenía la maleta.

Lo hizo Sancho al instante, y, aunque la maleta venía cerrada con una cadena y su candado, por lo roto y podrido vio  lo que en ella había, que eran cuatro camisas de fina tela de lino y otras cosas de lienzo, no menos delicadas y limpias, y un pequeño paño en el que halló un buen montoncillo de escudos de oro; y, así como los vio, dijo:

—  ¡Bendito sea todo el cielo, que nos ha deparado una aventura que sea de provecho!

Y buscando más, encontró un cuaderno de notas, ricamente adornado. D. quijote le pidió el cuaderno  y le dijo que guardase el dinero y se lo quedase para él. Sancho le besó las manos  por el  regalo y, vaciando a la valija de su lencería, la puso en el costal de la despensa. Todo lo cual visto por don Quijote, dijo:

—   Me paréce, Sancho, y no es posible que sea otra cosa, que algún caminante perdido debió de pasar por esta sierra, y, salteándole malandrines, le debieron matar, y le trajeron a enterrar en esta parte tan escondida.
—  No puede ser eso —respondió Sancho—, porque si fueran ladrones, no hubieran dejado aquí este dinero.

—  Tienes razón —dijo don Quijote—, y  no adivino ni entiendo  lo que esto pueda ser; pero, espera y veamos si en este cuaderno hay alguna cosa escrita por la que podamos averiguar qué es todo esto.
                                 
Lo abrió, y lo primero que encontró fue el borrador de un soneto que, escrito con muy buena letra y leyéndolo en voz alta para que Sancho también lo escuchase, decía de esta manera:

O le falta al Amor conocimiento,

o le sobra crueldad, o no es mi pena igual a la ocasión que me condena al género más duro de tormento.
Pero si Amor es dios, es argumento que nada ignora, y es razón muy buena
que un dios no sea cruel. Pues, ¿quién ordena el terrible dolor que adoro y siento?
Si digo que sois vos, Fili, no acierto; que tanto mal en tanto bien no cabe,
ni me viene del cielo esta rüina.

Presto habré de morir, que es lo más cierto; que al mal de quien la causa no se sabe milagro es acertar la medicina.
—   Por ese verso —dijo Sancho— no se puede saber nada, a no ser que por ese hilo que está ahí se saque el ovillo de todo.

—   ¿Qué hilo está aquí? —dijo don Quijote.

—   Me parece —dijo Sancho— que vuestra merced nombró ahí hilo.

—   No dije sino Fili —respondió don Quijote—, y éste, sin duda, es el nombre de la dama de quien se queja el autor de este soneto; y a fe que debe de ser de un buen poeta, o yo sé poco de poesía.

—   Luego, ¿también —dijo Sancho—  entiende  vuestra merced de trovas?

—   Y más de lo que tú piensas —respondió don Quijote—, ya lo verás cuando lleves una carta, escrita en verso de arriba abajo, a mi señora Dulcinea del Toboso. Porque quiero que sepas, Sancho, que todos o la mayoría de los caballeros andantes de la edad pasada eran grandes trovadores y grandes músicos; que estas dos habilidades, o gracias, por mejor decir, son anexas a los enamorados andantes. Aunque las coplas de los pasados caballeros tenían más de alma que de arte.

—   Lea más vuestra merced —dijo Sancho—, que ya hallará algo que nos satisfaga.
Volvió la hoja don Quijote y dijo:

—   Esto es prosa, y parece carta.

—   ¿Carta misiva (familiar), señor? —preguntó Sancho.

—   En el principio no parece sino de amores —respondió don Quijote.
—    Pues lea vuestra merced alto —dijo Sancho—, que me gustan mucho  las cosas de amores.

—   De lo cual me alegro — dijo don Quijote.

Y, leyéndola alto, como Sancho se lo había pedido, vio que decía desta manera:

Tu falsa promesa y mi cierta desventura me llevan a un sitio donde antes te enterarás de mi muerte que de las razones de mis quejas. Me rechazaste, ¡oh ingrata!, por quien tiene más, no por quien vale más que yo; pero si la virtud fuera riqueza que se estimara, no envidiara yo dichas ajenas ni llorara desdichas propias. Lo que levantó tu hermosura han derribado tus obras: por ella entendí que eras ángel, y por ellas conozco que eres mujer. Quédate en paz, causante de mi guerra, y haga el cielo que los engaños de tu esposo estén siempre encubiertos, para que no te arrepientas (que no se lamente)  de lo que hiciste y yo no tome venganza de lo que no deseo.

Acabando de leer la carta, dijo don Quijote:

Tanto por ésta como por los versos se puede pensar que quien la escribió es algún desdeñado amante.

Y, hojeando casi todo el cuaderno, encontró otros versos y cartas, que algunos pudo leer y otros no; pero lo que todos contenían eran quejas, lamentos, desconfianzas, sabores y sinsabores, favores y desdenes, elogiados los unos y llorados los otros.

Mientras  don Quijote examinaba el libro, examinaba Sancho la maleta, sin dejar ningún rincón ni en ella, ni en el cojín,  en el que no buscase, escudriñase e inquiriese. Y, aunque no encontró nada mas que  lo ya visto, dio por bien empleados los vuelos de la manta, el vomitar del brebaje, los estacazos recibidos, los puñetazos del arriero, la falta de las alforjas, el robo del gabán y todo el hambre, sed y cansancio que había pasado en servicio de su buen señor, pareciéndole que estaba muy bien pagado con el regalo de los cien escudos de oro.

Con muchas ganas se quedó el Caballero de la Triste Figura de saber quién era el dueño de la maleta, deduciendo, por el soneto, la carta, los escudos de oro y por las buenas camisas, que debía de ser de algún principal enamorado, a quien desdenes y malos tratamientos de su dama debían de haber conducido a la  desesperación. Pero, como por aquel lugar inhabitable y escabroso no aparecía nadie de quien poder informarse, decidió seguir adelante, dejando que Rocinante eligiera el camino y siempre imaginando que no podía faltar por aquellas malezas alguna estraña aventura.

En este pensamiento estaba cuando vio que, por  encima de una colina cercana, iba saltando un hombre, de risco en risco y de mata en mata, con una  rapidez insólita. Le pareció que iba desnudo, tenía la barba negra y espesa, el pelo largo y revuelto, los pies descalzos y las piernas desnudas; los muslos cubiertos con unos calzones, al parecer de terciopelo rojizo, pero tan rotos que por muchas partes se le veían las carnes. Traía la cabeza descubierta, y, aunque pasó con la ligereza que se ha dicho, todas estas menudencias miró y notó el Caballero de la Triste Figura; y, aunque lo intentó, no pudo seguirle, porque la debilidad de Rocinante no le permitía  andar por aquellas asperezas, y más siendo él de paso corto y lento. D. Quijote imaginó que aquél era el dueño del cojín y de la maleta, y decidió buscarle, aunque tuviese que andar un año por aquellas montañas para encontrale; y para eso, mandó a Sancho que se apease del asno y buscase por una parte de la montaña, que él iría por la otra y podría ser que de esta forma  se encontrasen, con aquel hombre que con tanta prisa había  desaparecido.

—   No puedo hacer eso —respondió Sancho—, porque, en apartándome de vuestra merced, me entra el miedo, que me asalta con mil géneros de sobresaltos y visiones. Y sírvale esto que digo de aviso, para que de aquí en adelante no me aparte un dedo de su presencia.

—   Así será —dijo el de la Triste Figura—, y yo estoy muy contento de que confies en mi valor, que no te ha de faltar por muy acobardado que estés.  Y ahora sígueme despacio o como puedas, y abre bien los ojos porque vamos a rodear esta colina y quizá toparemos con aquel hombre que vimos, el cual, sin duda alguna, no es otro que el dueño de nuestro hallazgo.

A lo que Sancho respondió:

—   Mucho mejor sería no buscarle, porque si le encontramos y resulta ser el dueño del dinero, se lo tendría que devolver, mientras que si no lo buscamos puedo quedarme con el sin ningún remordimiento hasta que aparezca su verdadero dueño y entonces yo podría haberlo gastado ya y la justicia, siendo pobre, no me lo podría reclamar.
     — Te engañas en eso, Sancho — respondió don Quijote—; porque ya que sospechamos quién es el dueño, estamos obligados a buscarle y devolvérselos; y si no lo buscamos, como sospechamos quien es el dueño, somos tan culpables como si de verdad lo fuésemos. Así que, Sancho amigo, no te dé pena el buscarle, porque a mí se me quitará si le encuentro..

Y picando a Rocinante, y siguiéndole  Sancho con su acostumbrado jumento, rodearon parte de la montaña, encontrando en un arroyo, caída, muerta y medio comida de perros y picada de grajos, una mula ensillada y con su bocado puesto; todo lo cual confirmó en ellos  la sospecha de que aquel que huía era el dueño de la mula y del cojín.

Cuando la estaban mirando, oyeron un silbido como de pastor que guardaba ganado, y entonces aparecieron, por la izquierda, una gran cantidad de cabras, y tras ellas, por encima de la montaña, apareció el cabrero que las guardaba, que era un hombre anciano. Lo llamó a voces don Quijote, y le rogó que bajase donde estaban. Él respondió a gritos que quién les había traído por aquel lugar, solamente frecuentado por  cabras, lobos y otras fieras que por allí andaban. Sanchole respondió que bajase, que de todo le darían buena cuenta. Bajó el cabrero, y, en llegando adonde don Quijote estaba, dijo:

—   Apostaré que está mirando la mula de alquiler que está muerta en esa hondonada. Pues a buena fe que hace ya seis meses que está en ese lugar. Díganme: ¿han topado por ahí a su dueño?

—   No hemos topado a nadie —respondió don Quijote—, sino a un cojín y a una maletilla que no lejos de este lugar encontramos.
—    También yo la encontré —respondió el cabrero—, pero nunca la quise coger ni  mirar su contenido, por temor a que procediese de algún robo; que es muy sutil el diablo y, sin comerlo ni beberlo me  culpen a mí del delito. 

—   Eso mismo es lo que yo digo —respondió Sancho—: que también la hallé yo, pero solo le tire una piedra para ver qué era, dejándola allí tal como estaba,que no quiero perro con cencerro.(nada que me traiga complicaciones)
—   Decidme, buen hombre —dijo don Quijote—, ¿sabéis vos quién sea el dueño de estas prendas?
--- Lo que puedo  decir —dijo el cabrero— “es que hace unos seis meses que llegó a una majada de pastores que está a unas tres leguas de aquí un joven apuesto y de aspecto noble, caballero sobre esa misma mula que ahí está muerta y con el cojín y la maleta que habéis encontrado y que decís no habéis tocado. Nos preguntó que parte de esta sierra era la más áspera y escondida y le dijimos que era esta en la que ahora estamos. Y lo podreis comprobar porque si entrais media legua más adentro es posible que no acerteis a salir; y me pregunto cómo habéis llegado hasta aquí, porque no hay camino ni senda que llegue a este lugar. Cuando el joven escuchó nuestra respuesta, se encaminó hacia el lugar que le señalamos, con tanta prisa que no lo volvimos  a ver hasta que algunos días después, le salió al camino a uno de nuestros pastores y sin mediar palabra, le dió muchos puñetazos y patadas y luego se acercó a la borrica de las provisiones, llevándose todo el pan y el queso que en ella traía y rápidamente se volvió a emboscar en la sierra. Cuando nos enteramos, alguno de nosotros le buscamos durante dos días por lo más cerrado de esta sierra, encontrándole metido en el hueco de un grueso y robusto alcornoque. Salió y se acercó a nosotros muy tranquilo, con la ropa rota, el rostro desfigurado y tan tostado por el sol que apenas le conocimos, pero aún así pensamos que era el que buscábamos. Nos saludó de forma muy cortés y en pocas pero bien dichas palabras, nos dijo que no nos extrañáramos de verle de aquella manera, que estaba así para cumplir cierta penitencia que por sus muchos pecados le había sido impuesta. Aunque le rogamos nos dijese quien era no logramos que nos lo dijera. También le rogamos que cuando necesitase comida nos dijese donde podríamos encontrárlo, porque con mucho gusto se la llevaríamos; y que si no quería decírnoslo que, al menos saliese a pedirla y no a quitársela a los pastores. Él agradeció nuestro ofrecimiento, nos pidió perdón por los asaltos pasados y prometió que en adelante lo pediría por amor de Dios y sin causarnos ninguna  molestia. En relación con el lugar en el que vivía, dijo que lo hacía en el que encontraba al llegar la noche, acabando su conversación con un llanto tan tierno que hubiéramos  sido de piedra si no llorásemos con él, teniendo en cuenta cómo le habíamos visto  la primera vez y cómo lo veíamos ahora. Porque, como he dicho, era un joven apuesto y de noble aspecto, como la había demostrado con sus corteses y ordenados razonamientos propios de personas bien nacidas. Y, estando en lo mejor de su discurso, paró y enmudeció; clavó los ojos en el suelo  un rato largo, en el cual todos estuvimos quietos y asombrados, esperando en qué había de parar aquel embelesamiento, con no poca lástima de verlo; porque, por lo que hacía de abrir los ojos, estar fijo mirando al suelo sin mover pestaña mucho rato, y otras veces cerrarlos, apretando los labios y enarcando las cejas, fácilmente conocimos que algún accidente de locura le había sobrevenido. Pero él vino a demostrar enseguida que era verdad lo que pensábamos, cuando con gran furia se levantó del suelo, en el que se había tumbado, arremetiendo con el primero que estaba  a su lado, con tal valor y rabia, que si no se lo quitamos de encima, lo mata a puñetazos y bocados; y todo esto hacía, diciendo: ''¡Ah, fementido(traidor) Fernando! ¡Aquí, aquí me pagarás la injusticia que me hiciste: estas manos te sacarán el corazón, donde albergan y tienen morada todas las maldades juntas, principalmente el fraude y el engaño!'' Y a éstas añadía otras razones, hablando muy mal de aquel Fernando y  tachándole de traidor y de infame. Le dejamos, con no poca pesadumbre, y él, sin decir más palabra, se apartó de nosotros y se emboscó corriendo por entre estos jarales y malezas, de modo que nos fue  imposible  seguirle. Por esto deducimos que la locura era temporal, y que alguno que se llamaba Fernando le debía de haber hecho alguna mala faena, tan dura que le había le había llevado a tal estado”. Esto es, señores, lo que sé deciros de lo que me habéis preguntado; y entended que el dueño de las prendas que hallastes es el mismo que vistes pasar con tanta ligereza como desnudez —que ya le había dicho don Quijote cómo había visto pasar aquel hombre saltando por la sierra.

Muy sorprendido Quedó don Quijote de lo que el cabrero le había contado, y aumentó su deseo de saber quién era el desdichado loco; y se propuso  buscarle por toda la montaña, sin dejar rincón ni cueva sin mirar, hasta encontrarle. Pero tuvo la suerte de que entonces, por entre una quebrada de la sierra que salía donde ellos estaban, apareciera el mancebo que buscaba, el cual venía hablando entre sí cosas que no podían ser entendidas de cerca, cuanto más de lejos. Su traje era cual se ha pintado, sólo que, llegando cerca, vio don Quijote que un coleto (53) hecho pedazos que traía puesto era de color ámbar; por lo que quedó convencido de que quien vestía semejante ropa, tenía que ser una persona importante
En llegando el mancebo a ellos, les saludó con una voz desentonada y bronca, pero con mucha cortesía. Don Quijote le devolvió el saludo  con la misma cortesía, y, apeándose de Rocinante, con airoso porte y agilidad, le abrazó y le estrechó entre sus brazos, como si de siempre le hubiera conocido. El otro, a quien podemos llamar el Roto de la Mala Figura —como a don Quijote el de la Triste—, después de haberse dejado abrazar, le apartó un poco de sí, y, puestas sus manos en los hombros de don Quijote, le estuvo mirando, para ver si le conocía; no menos admirado quizá de ver la figura, talle y armas de don Quijote, que don Quijote lo estaba de verle a él. En resolución, el primero que habló después del abrazamiento fue el Roto, y dijo lo que se dirá adelante.


NOTAS:

51. La Santa Hermandad a los condenados a muerte los ejecutaba asaetándolos.
52.  Viso del Marquén, en Ciudad Real.
53. Casaca o jubón e piel