miércoles, 7 de junio de 2017

DON QUIJOTE PARA TODOS

DON QUIJOTE PARA TODOS


 
 
Capítulo VI. Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo


Cuando llegaron el cura y el barbero todavía no se había levantado don Quijote, pidieron a la sobrina las llaves del aposento donde estaban los libros autores del daño y ella se las dio de muy buena gana.
Entraron dentro todos, y el ama con ellos, y encontraron más de cien libros grandes, muy bien encuadernados, y otros pequeños; y, así como el ama los vio salió del aposento muy deprisa volviendo con una escudilla de agua bendita y un hisopo y dijo:

— Tome vuestra merced señor licenciado: rocíe este aposento, no esté aquí algún encantador de los muchos que tienen estos libros, y nos encanten para castigarnos por quererles echar del mundo

Causó risa al licenciado la simplicidad del ama, y mandó al barbero que le fuese dando aquellos libros uno a uno, para ver de qué trataban, pues podía ser encontrar algunos que no mereciesen el castigo del fuego.

No —dijo la sobrina—, no hay para qué perdonar a ninguno, porque todos han sido los culpables; mejor será arrojarlos por las ventanas al patio, y hacer un montón con ellos y pegarles fuego; y si no, llevarlos al corral, y allí se hará la hoguera, y no molestará el humo.

Lo mismo dijo el ama: tal era la gana que las dos tenían de la muerte de aquellos inocentes; pero se negó porque quería antes leer, al menos,
los títulos. Y el primero que maese (maestro, en este caso barbero) Nicolás le dio en las manos fue Los cuatro de Amadís de Gaula, y dijo el cura:

— Parece cosa de misterio ésta; porque, según he oído decir, este libro fue el primero de caballerías que se imprimió en España, y todos los demás han tomado principio y origen de este; y así, me parece que, como a dogmatizador de una secta tan mala, le debemos, sin escusa alguna, condenar al fuego.

— No, señor —dijo el barbero—, que también he oído decir que es el mejor de todos los libros que de este género se han compuesto; y así, como a único en su arte, se debe perdonar.

— Teneis razón —dijo el cura—, así que , de momento, se le perdona la vida. Veamos ese otro que etá junto a él. Siguieron viendo cada uno de los libros haciendo comentarios de ellos, unos para quemarlos, otros para tirarlos a un pozo y otros para salvarlos en parte o en su totalidad. Entre los que fueron al pozo están:

Espejo de caballerías que por estar escrito en lengua extranjera dijo el cura que se se echara y depositara, junto con otros parecidos y todos
los que se encuentren que traten de estas cosas de Francia, en un pozo seco, hasta que con más detenimiento se vea lo que se ha de hacer con ellos.
Entre los salvados en su totalidad, están:
— Palmerín de Ingalaterra que se guardará y se conservará como cosa única. Digo, pues, salvo vuestro buen parecer, señor maese Nicolás, que éste y Amadís de Gaula queden libres del fuego, y todos los demás, sin hacer más reconocimiento, perezcan.
— No, señor compadre —replicó el barbero—; que éste que aquí tengo es el afamado Don Belianís.

— Pues a ése —replicó el cura—, quitándole todo aquello del castillo de la Fama y otras impertinencias de más importancia, se le perdonará y mientras se enmienda tenedlo en vuestra casa pero cuidando de que nadie lo lea. A lo que el barbero respondió que estaba de acuerdo.

Y, sin querer cansarse más en leer libros de caballerías, mandó al ama que tomase todos los grandes y diese con ellos en el corral, ésta asiendo casi ocho de una vez, los arrojó por la ventana. Por tomar muchos juntos, se le cayó uno a los pies del barbero, que le entró gana de ver de quién era, y vio que decía: Historia del famoso caballero Tirante el Blanco.
¡Válgame Dios! —dijo el cura, dando una gran voz—. ¡Que aquí esté Tirante el Blanco! Dádmelo compadre; que hago cuenta que he hallado en él un tesoro de calidad y una mina de pasatiempos. Os dígo verdad, señor compadre, que, por su estilo, es éste el mejor libro del mundo: aquí comen los caballeros y duermen y mueren en sus camas y hacen testamento antes de su muerte, cosas estas de que todos los demás libros de este género carecen. Llevadle a casa y leedle, y veréis que es verdad cuanto de él os he dicho.
— Así será —respondió el barbero—; pero, ¿qué haremos de estos pequeños libros que quedan?
— Éstos —dijo el cura— no deben de ser de caballerías, sino de poesía.

Y abriendo uno, vio que era La Diana, de Jorge de Montemayor, y dijo, creyendo que todos los demás eran del mismo género:
— Éstos no merecen ser quemados, como los demás, porque no hacen ni harán el daño que los de caballerías han hecho; que son libros de entendimiento, sin perjuicio de tercero.

— ¡Ay señor! —dijo la sobrina—, bien los puede vuestra merced mandar quemar, como a los demás, porque no sería mucho que, habiendo sanado mi señor tío de la enfermedad caballeresca, leyendo éstos, se le antojase de hacerse pastor y andarse por los bosques y prados cantando y tañendo; y, lo que sería peor, hacerse poeta; que, según dicen, es enfermedad incurable y pegadiza.

— Verdad dice esta doncella —dijo el cura—, y será bien quitarle a nuestro amigo esta tentación. Y, pues comenzamos por La Diana de Montemayor, soy de parecer que no se queme, sino que se le quite todo aquello que trata de la sabia Felicia y de la agua encantada, y casi todos los versos mayores, y que se le quede la prosa y la honra de ser primero en semejantes libros.

— Éste que se sigue —dijo el barbero— es La Diana llamada segunda del Salmantino; y éste, otro que tiene el mismo nombre, cuyo autor es Gil Polo.

— Pues la del Salmantino —respondió el cura—, acompañe y acreciente el número de los condenados al corral, y la de Gil Polo se guarde como si fuera del mismo Apolo; y pase adelante, señor compadre, y démonos prisa, que se va haciendo tarde.

— Este libro es —dijo el barbero, abriendo otro— Los diez libros de Fortuna de Amor, compuestos por Antonio de Lofraso, poeta sardo.

Por las órdenes que recebí —dijo el cura—, que, desde que Apolo fue Apolo, y las musas musas, y los poetas poetas, tan gracioso ni tan disparatado libro como ése no se ha compuesto, y que, por su camino, es el mejor y el más único de cuantos deste género han salido a la luz del mundo; y el que no le ha leído puede hacer cuenta que no ha leído jamás cosa de gusto. Dádmele compadre, que aprecio más haberle hallado que si me dieran una sotana de raja (paño muy fino y bueno) de Florencia.
Lo puso aparte con grandísimo gusto, y el barbero prosiguió diciendo:

— Estos que se siguen son El Pastor de Iberia, Ninfas de Henares y Desengaños de celos.

— Pues no hay más que hacer —dijo el cura—, sino entregarlos al brazo seglar del ama; y no se me pregunte el porqué, que sería nunca acabar.

— Este que viene es El Pastor de Fílida.

— No es pastor —dijo el cura—, sino muy discreto cortesano; que se guarde como joya preciosa.

— Este grande que aquí viene se intitula —dijo el barbero— Tesoro de varias poesías.

— Como ellas no fueran tantas —dijo el cura—, fueran más estimadas; menester es que este libro se escarde y limpie de algunas bajezas que entre sus grandezas tiene. Guárdese, porque su autor es amigo mío, y por respeto de otras más heroicas y levantadas obras que ha escrito.

— Éste es —siguió el barbero— El Cancionero de López Maldonado.

- También el autor de ese libro —replicó el cura— es grande amigo mío, y sus versos en su boca admiran a quien los oye; y tal es la suavidad de la voz con que los canta, que encanta. Algo largo es en las églogas, pero nunca lo bueno fue mucho: guárdese con los escogidos. Pero, ¿qué libro es ese que está junto a él?

— La Galatea, de Miguel de Cervantes —dijo el barbero.

— Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de buena invención; propone algo, y no concluye nada: es menester esperar la segunda parte que promete; quizá con la emienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega; y, entre tanto que esto se ve, tenedle recluso en vuestra posada, señor compadre.

- Que me place —respondió el barbero—. Y aquí vienen tres, todos juntos: La Araucana, de don Alonso de Ercilla; La Austríada, de Juan Rufo, jurado de Córdoba, y El Monserrato, de Cristóbal de Virués, poeta valenciano.
Todos esos tres libros —dijo el cura— son los mejores que, en verso heroico, en lengua castellana están escritos, y pueden competir con los más famosos de Italia: guárdense como las más ricas prendas de poesía que tiene España.
Se cansó el cura de ver más libros; y sin mirar los que faltaban, quiso que todos se quemasen; pero ya tenía abierto uno el barbero, que se llamaba Las lágrimas de Angélica.
- Lloráralas yo —dijo el cura en oyendo el nombre— si tal libro hubiera mandado quemar; porque su autor fue uno de los famosos poetas del mundo, no sólo de España, y fue felicísimo en la tradución de algunas fábulas de Ovidio.

martes, 30 de mayo de 2017

D. QUIJOTE PARA TODOS.








Capítulo V. Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro caballero


          Convencido de que no podia levantarse, encontró remedio pensando en algo parecido de sus libros, acordándose de Valdovinos y del marqués de Mantua, cuando Carloto lo dejó herido en la montaña o bosque, historia que era conocida y celebrada por niños, mozos y viejos, pero tan falsa como los Milagros de Mahoma. Y pareciéndole que venía al pelo en el trance en el que se hallaba, con gran sentimiento  comenzó a tumbarse por la tierra y a decir con debilitado aliento lo mismo que dicen decía el herido caballero del bosque:

-¿Donde estás, señora mía, que no te duele mi mal?
O no lo sabes, señora, o eres falsa y desleal.

Y, desta manera, fue prosiguiendo el romance hasta aquellos versos que dicen:

-¡Oh noble marqués de Mantua, mi tío y señor carnal!

Y quiso la suerte que, cuando llegó a este verso, acertó a pasar por allí un labrador de su mismo lugar y vecino suyo, que venía de llevar una carga de trigo al molino; el cual, viendo aquel hombre allí tendido, se llegó a él y le preguntó que quién era y qué mal sentía que tan tristemente se quejaba. Don Quijote se limitó a proseguir en su romance y el labrador admirado de oir aquellos disparates, le quitó la visera rota por los palos y limpiándole el rostro que le tenía cubierto de polvo; le conoció y le dijo:
—   Señor Quijana¿quién le ha puesto a de esta manera?
Pero él seguía con su romance a cuanto le preguntaba. Viendo esto el buen hombre, le quitó lo mejor que pudo el peto y espaldar, para ver si tenía alguna herida; pero no vio sangre ni señal alguna. Procuró levantarle del suelo, y no con poco trabajo le subió sobre su jumento, por parecer caballería más sosegada. Recogió las armas, hasta las astillas de la lanza, y liólas sobre , al cual tomó de la rienda, y del cabestro al asno, y se encaminó hacia su pueblo, bien pensativo de oír los disparates que don Quijote decía y no menos iba don Quijote, que, de puro molido y quebrantado, no se podía tener sobre el borrico, y de cuando en cuando daba unos suspiros que los ponía en el cielo; de modo que de nuevo obligó a que el labrador le preguntase que qué mal sentía; don quijote contestaba con historias de las que había leído, como lo que el cautivo Abencerraje respondía a Rodrigo de Narváez, del mismo modo que él había leído la historia en La Diana, de Jorge de Montemayor, donde se escribe.
 Al cabo de lo cual, dijo:
—   Sepa vuestra merced, señor don Rodrigo de Narváez, que esta hermosa Jarifa  que he dicho es ahora la linda Dulcinea del Toboso, por quien yo he hecho, hago y haré los más famosos hechos de caballerías que se han visto, vean ni verán en el mundo.
A esto respondió el labrador:

—   Mire vuestra merced, señor, pecador de mí, que yo no soy don Rodrigo de Narváez, ni el marqués de Mantua, sino Pedro Alonso, su vecino; ni vuestra merced es Valdovinos, ni Abindarráez, sino el honrado hidalgo señor Quijana.
Yo sé quién soy —respondió don Quijote—; y sé que puedo ser no sólo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los Nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron, se aventajarán las mías.
En estas pláticas y en otras semejantes, llegaron al lugar a la hora que anochecía, pero el labrador aguardó a que fuese algo más noche, porque no viesen al molido hidalgo en la forma que iba. Llegada una hora prudente entró en el pueblo, y en la casa de don Quijote, la cual halló toda alborotada. Estaban en ella el cura y el barbero del lugar, que eran grandes amigos de don Quijote, a los que su ama les decía  a voces:

—   ¿Qué le parece a vuestra merced, señor licenciado Pedro Pérez —que así se llamaba el cura—, de la desgracia de mi señor? Hace tres días que no están ni él. ni el rocín, ni la adarga, ni la lanza ni las armas y todo por culpa de  estos malditos libros de caballerías que él tiene y suele leer con tanta frecuencia que le han hecho perder  el juicio.
La sobrina decía lo mismo, y aun decía más:

—   Sepa, señor maestro Nicolás —que éste era el nombre del barbero—, que muchas veces mi señor tío estuvo leyendo estos desalmados libros de desventuras dos días con sus noches, al cabo de los cuales, arrojaba el libro de las manos, y ponía mano a la espada y andaba a cuchilladas con las paredes; y cuando estaba muy cansado, decía que había muerto a cuatro gigantes como cuatro torres.
 Pero yo tengo la culpa de todo, por no avisar a vuestras mercedes de los disparates de mi señor tío, para que lo remediaran antes de llegar a lo que ha llegado, y quemaran todos estos descomulgados libros, de los que tiene muchos y que bien merecen ser abrasados, como si fuesen de herejes.
—   Esto digo yo también —dijo el cura—, y a fe que no  pasará  de mañana sin que no se haga de ellos acto público y sean condenados al fuego,  para no dar a quien los leyere de hacer lo que mi buen amigo debe de haber hecho.
Todo esto estaban oyendo el labrador y don Quijote, con que acabó de entender el labrador la enfermedad de su vecino; y así, comenzó a decir a voces:

—   Abran vuestras mercedes al señor Valdovinos y al señor marqués de Mantua, que viene malherido, y al señor moro Abindarráez, que trae cautivo el valeroso Rodrigo de Narváez, alcaide de Antequera.
A estas voces salieron todos, y, como conocieron los unos a su amigo, las otras a su amo y tío, que aún no se había apeado del jumento, porque no podía, corrieron a abrazarle. Él dijo:

—   Ténganse todos, que vengo malherido por la culpa de mi caballo. Llévenme a mi lecho y llámese, si fuere posible, a la sabia Urganda, que cure y de cuenta de mis heridas.

—   ¡Mirá, en hora mala —dijo  el ama—, si me decía a mí bien mi corazón del pie que cojeaba mi señor! Suba vuestra merced en buen hora, que, sin que venga esa Hurgada, le sabremos aquí curar. ¡Malditos, digo, sean otra vez y otras ciento estos libros de caballerías, que tal han quedado a vuestra merced!
Lo lleváron a la cama, y, buscando las heridas, no encontraron ninguna; y él dijo que todo era molimiento, por haber dado una gran caída con Rocinante, su caballo, combatiendo con diez jayanes (gigantes), los más desaforados y atrevidos que se pudieran hallar en gran parte de la tierra.
—   ¡Ta, ta! —dijo el cura—. ¿Jayanes hay en la danza? Para mi santiguada (por mi fe), que yo los quemaré mañana antes que llegue la noche.
Le hiciéronle a don Quijote mil preguntas, y a ninguna quiso responder otra cosa sino que le diesen de comer y le dejasen dormir, que era lo que más le importaba. Así se hízo y el cura se informó muy bien del labrador del modo que había encontrado a don Quijote. Él se lo contó todo, con los disparates que al hallarle y al traerle había dicho; lo que confirmó al cura el deseo
de hacer lo que al día siguiente  hizo, que fue llamar a su amigo el barbero maese Nicolás, con el cual se vino a casa de don Quijote.

miércoles, 24 de mayo de 2017

D. QUIJOTE PARA TODOS








Capítulo IV. De lo que le sucedió a nuestro caballero cuando salió de la venta


Don  Quijote salió de la venta al amanecer e iba tan contento por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo.Pero recordando los consejos del ventero sobre los provisiones de dinero y ropa decidió volver  a su casa para proveerse de todo, así como de un escudero, acordándose para ese puesto de un pobre labrador vecino suyo casado y con hijos. Rocinante conociendo el camino de casa parecía que volaba de lo rápido que caminaba.
Al poco tiempo de emprender el camino, le pareció que de un bosque cercano salían unas voces como de una persona quejándose. Apenas las hubo oído, cuando dijo:
—      Gracias doy al cielo por el favor que me hace, por darme tan pronto la ocasion de poder cumplir con el deber de mi profesión, porque estas voces sin duda son de algún menesteroso o menesterosa que necesita mi ayuda.
 Y, volviendo las riendas,  encaminó a Rocinante hacia donde le pareció que salían las voces. Y entrando en el bosque vio atada una yegua a una encina, y en otra a un muchacho de unos quince años, desnudo de medio cuerpo que era el que se quejaba, porque con una correa lo estaba azotando un fornido labrador, que le decía a la vez que le azotaba:
—      La lengua queda y los ojos listos. Y el muchacho respondía:
—      No lo haré otra vez, señor mío; por la pasión de Dios, que no lo haré otra vez; y yo prometo de tener de aquí adelante más cuidado con las ovejas.

Y, viendo don Quijote lo que pasaba, con voz airada dijo:

—      Desconsiderado caballero, no está bien pegar a quien no se puede defender; subid sobre vuestro caballo y tomad vuestra lanza que yo os haré ver que es de cobardes lo que estáis haciendo.
El labrador, viendo  aquella figura llena de armas blandiendo la lanza sobre su rostro, se tuvo por muerto, y con buenas palabras respondió:

—      Señor caballero, este muchacho que estoy castigando es mi criado, que me guarda una manada de ovejas y es tan descuidado, que cada día me falta una; y, porque castigo su descuido, dice que lo hago por no pagarle el salario que le debo, y por Dios y por mi alma que miente.
—      ¿"Miente", delante de mí, ruin villano? —dijo don Quijote—. Por el sol que nos alumbra, que estoy por pasaros de parte a parte con esta lanza. Pagadle luego sin más réplica; si no, por el Dios que nos rige, que os aniquilo ahora mismo. Desatadlo ya..
El labrador bajó la cabeza y, sin responder palabra, desató a su criado, al cual preguntó don Quijote que cuánto le debía su amo. Él dijo que nueve meses, a siete reales cada mes. Hizo la cuenta don Quijote y halló que sumaban sesenta y tres reales, y le dijo al labrador que al momento los desembolsase, si no quería morir por ello. Respondió el medroso villano que no eran tantos, porque se le habían de descontar  tres pares de zapatos que le había dado y un real de dos sangrías que le habían hecho estando enfermo.
Don quijote le dijo que los zapatos y la sangria estaban pagados con los injustos azotes que le había dado; que si él rompió el cuero de los zapatos que vos pagasteis, vos le habéis roto el de su cuerpo; y si le sacó el barbero sangre estando enfermo, vos estando sano se la habéis sacado; así que, por esta parte, no os debe nada.
.
- El daño está, señor caballero, en que no tengo aquí dinero que se venga Andrés conmigo a casa y allí le pagaré un real sobre otro.
   - ¿Irme yo con él? —dijo el muchacho—.  No, señor de ninguna manera; porque, en viéndose solo, me desuella como a un San Bartolomé.
- No hará eso —replicó don Quijote—: basta que yo se lo mande para que me tenga respeto; y con que él me lo jure por la ley de caballería que ha recebido, le dejaré ir libre y aseguraré la paga.
- Mire vuestra merced, señor, lo que dice —dijo el muchacho—, que este mi amo no es caballero ni ha recibido orden de caballería alguna; que es Juan Haldudo el rico, el vecino del Quintanar.
- Importa eso poco —respondió don Quijote—, que Haldudos puede haber caballeros; cuanto más, que cada uno es hijo de sus obras.
- Así es verdad —dijo Andrés—; pero este mi amo, ¿de qué obras es hijo, pues me niega mi salario, mi sudor y mi trabajo?
- No lo niego, hermano Andrés —respondió el labrador—; pero veniros conmigo, que yo juro por todas las órdenes que de caballerías hay en el mundo que os pagaré como tengo dicho, un real sobre otro, y aun con propina.
- La propina os la perdono —dijo don Quijote—; dádselos en reales, que con eso me contento; y mirad que lo cumpláis como lo habéis jurado; si no, por el mismo juramento os juro de volver a buscaros y a castigaros, y que os tengo de hallar, aunque os escondáis más que una lagartija. Y si queréis saber quién os manda esto, para quedar  más  obligado a cumplirlo, sabed que yo soy el valeroso don Quijote de la Mancha, el deshacedor de agravios e injusticias; y quedad con Dios, y no olvideis lo prometido y jurado, porque de lo contrario os buscaré y volveré a castigaros.
- También lo juro yo —dijo el labrador—; pero, por lo mucho que os quiero, quiero acrecentar la deuda por acrecentar la paga.
Y, asiéndo al muchacho del brazo, le volvió a atar a la encina, donde le dio tantos azotes, que le dejó por muerto.
- Llamad, señor Andrés, ahora —decía el labrador— al deshacedor de agravios, veréis cómo no deshace este; aunque creo que no está acabado de hacer, porque me dan ganas de desollaros vivo, como vos temíais.

Pero, al fin, le desató y le dio permiso para que fuese en busca de su juez, para que ejecutase la pronunciada sentencia. Andrés se partió triste, jurando  buscar al valeroso don Quijote de la Mancha y contarle punto por punto lo que había pasado. Pero, con todo esto, él se partió llorando y su amo se quedó riendo.

Y desta manera deshizo el agravio el valeroso don Quijote; el cual, contentísimo de lo sucedido, pareciéndole que había dado felicísimo y alto principio a sus caballerías, con gran satisfación de sí mismo iba caminando hacia su aldea, diciendo a media voz:

—      ¡Bien te puedes llamar dichosa sobre cuantas hoy viven en la tierra, ¡oh
Bella sobre las belllas  Dulcinea del Toboso!, pues te cupo en suerte tener sujeto y rendido a toda tu voluntad y talante a un tan valiente y tan nombrado caballero como lo es y será don Quijote de la Mancha que, hoy ha deshecho el mayor  agravio que formó la injusticia y cometió la crueldad: hoy quitó el látigo de la mano a aquel despiadado enemigo que sin razón vapuleaba a aquel delicado infante.
En esto, llegó a un camino que en cuatro se dividía, y comenzó a pensar cuál de aquéllos tomaría, estando un rato quieto y, después de pensarlo bien, soltó la rienda a Rocinante, dejando a la voluntad del rocín la suya, el cual siguió su primer intento, que fue el irse camino de su caballeriza.

Y, habiendo andado como dos millas, descubrió don Quijote un grande tropel de gente, que, como después se supo, eran unos mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia. Eran seis, y venían con sus quitasoles, con otros cuatro criados a caballo y tres mozos de mulas a pie. Apenas los divisó don Quijote, cuando se imaginó ser cosa de nueva aventura; y, por imitar en todo cuanto a él le parecía posible los pasos que había leído en sus libros, le pareció venir allí de molde uno que pensaba hacer. Y así, con gentil compostura y valor, se afirmó bien en los estribos, apretó la lanza, puso el escudo en el pecho y en mitad del camino esperó que aquellos caballeros andantes llegasen, que ya él por tales los tenía y juzgaba; y, cuando llegaron a trecho que se pudieron ver y oír, levantó don Quijote la voz, y con actitud arrogante dijo:
—      Que se detenga todo el mundo, si todo el mundo no confiesa que no hay en todo el mundo mujer más bella que Dulcinea del Toboso.
Se pararon los mercaderes ante estas razones, y a ver la extraña figura del que las decía; y, por la figura y por las razones, enseguida se dieron cuenta de la locura de su dueño; mas quisieron ver despacio en qué paraba aquella confesión que se les pedía, y uno de ellos, que era un poco burlón y muy  discreto, le dijo:



—      Señor caballero, nosotros no conocemos quién sea esa buena señora que decís; mostrádnosla: que si ella fuere de tanta hermosura como decís, de buena gana y sin apremio alguno confesaremos la verdad que por parte vuestra nos es pedida.

—      Si os la mostrara —replicó don Quijote—, ¿qué hiciérais vosotros en confesar una verdad tan notoria? La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender; o de lo contrario entrareis en batalla conmigo gente descomunal y soberbia. Que, tanto vengáis uno a uno, como pide la orden de caballería, o todos juntos, como es costumbre y mala usanza de los de vuestra ralea, aquí os aguardo y espero, confiado en la razón que de mi parte tengo.
Uno de los mercaderes le pidió que les enseñara un retrato por pequeño que fuera para tener motivo de confesar lo que nos pide, que estamos ya tan de su parte que, aunque su retrato nos muestre que es tuerta de un ojo y que del otro le mana bermellón y piedra azufre, con todo eso, por complacer a vuestra merced, diremos en su favor todo lo que quisiere.

—      No le mana, canalla infame —respondió don Quijote, encendido en cólera—; no le mana, digo, eso que decís, sino ámbar y algalia entre algodones; y no es tuerta ni corcovada, sino más derecha que un huso de Guadarrama (planta de la que antiguamente hacían las mujeres los husos). Pero vosotros pagaréis la gran blasfemia que habéis dicho contra tan grande beldad como es la de mi señora.
Y, en diciendo esto, arremetió con la lanza baja contra el que lo había dicho, con tanta furia y enojo que, si la buena suerte no hiciera que en la mitad del camino tropezara y cayera Rocinante, lo pasara mal el atrevido mercader. Cayó Rocinante, y fue rodando su amo un bun trecho por el campo; y, queriéndose levantar, jamás pudo: tal embarazo le causaban la lanza, adarga, espuelas y celada, con el peso de las antiguas armas. Y, entretanto que pugnaba por levantarse y no podía, estaba diciendo:
—      ¡No huyais, gente cobarde; gente cautiva, atended!; que no por culpa mía, sino de mi caballo, estoy aquí tendido.
Un mozo de mulas de los que allí venían, que no debía de ser muy bien intencionado, oyendo decir al pobre caído tantas arrogancias, no lo pudo sufrir sin darle la respuesta en las costillas. Y, llegándose a él, tomó la lanza, y, después de haberla hecho pedazos, con uno de ellos comenzó a dar a nuestro don Quijote tantos palos que, a despecho y pesar de sus armas, le molió como si fuera trigo. Le daban voces sus amos que no le diese tanto y que le dejase, pero estaba ya el mozo picado y no quiso dejar el juego hasta saciar todo el resto de su cólera; y, acudiendo por los demás trozos de la lanza, los acabó de deshacer sobre el miserable caído, que, con toda aquella tempestad de palos que sobre él veía, no cerraba la boca, amenazando al cielo y a la tierra, y a los malandrines, que tal le parecían.

Se cansó el mozo, y los mercaderes siguieron su camino, llevando qué contar en todo él del pobre apaleado. El cual, después que se vio solo, tornó a probar si podía levantarse; pero si no lo pudo hacer cuando estaba sano y bueno, ¿cómo lo haría molido y casi deshecho? Y aún se tenía por dichoso, pareciéndole que aquélla era propia desgracia de caballeros andantes, y toda la atribuía a la falta de su caballo, y no le era posible levantarse, por lo magullado que tenía todo el cuerpo.