lunes, 2 de mayo de 2011

JOSÉ MARÍA MANZANARES


Mi amigo y paisano Luis Carlos Gutiérrez, gran escritor y poeta me envía el artículo que, con su autorización, reproduzco porque quiero compartirlo con los amables visitantes de mi blog. Es un artículo muy bello y culto a la vez y que reúne las tres condiciones que se requieren para que un escrito tenga calidad, a saber: Orden, Claridad y Belleza. Estoy seguro que quien lo lea disfrutará con él.

JOSÉ MARÍA MANZANARES

Tengo una concepción purista del toreo. En lo que me alcanza la memoria, recuerdo haber visto torear, en mis inicios como aficionado, a los dos grandes Antonios, Ordóñez y Bienvenida, y a sus coetáneos. Destaco el cartel tan repetido de Puerta, Camino y El Viti, cuya competencia hacía las delicias de los aficionados. Desdichadamente, no vi al excelso Pepe Luis Vázquez, cuyo hijo, Pepe Luis, con quien me une una buena amistad, es otro torero de importancia artística, aunque de carrera más intermitente. Y disfruté del toreo inspirado y cadencioso de Manolo Vázquez. Por encima de todo, soy currista. De Curro Romero, cuyo embrujo aún aletea por mis entrañas y que ha sido, es y será el ídolo que conservaré, como un tesoro, en el baúl de la felicidad, ese pequeño baúl de la vida en el que cabe sólo lo grandioso. Y de Rafael de Paula, el gitano mágico de Jerez, de capote de filigrana. Y de tantos toreros que no puedo mencionar por las limitaciones lógicas de un artículo. Sí quiero dejar constancia, empero, de que mi gusto por ese toreo estético y puro no está reñido con el que tengo por el que practican toreros de otro corte, pero que me hacen vibrar con su personalidad, su técnica, sus cercanías. Revolucionarios como Manuel Benítez “El Cordobés”, Paco Ojeda o José Tomás son hitos de la tauromaquia. Y cómo olvidar el poderío, el dominio y la sabiduría de Espartaco, Ponce o El Juli. Todos ellos, y otros que figuran por derecho propio en el álbum de mis sentimientos, han llenado, página a página, el libro inacabable de mi vida como aficionado. Pero hoy es el día literario de José Mari Manzanares, hijo, que ayer me transportó al mundo sublime del toreo más puro, dentro de un acontecimiento artístico que está ya escrito con moldes de embeleso en la historia de la tauromaquia.

Cuando inició su carrera artística su padre, José María Manzanares, un portento del planeta taurino, me hice seguidor suyo. Seguidor impenitente, porque llevaba en las venas la excelsitud del toreo. Le vi torear en infinidad de ocasiones y jamás, incluso en los días que no salía su toro, perdió la torería. Decían que parecía haber nacido en Sevilla. Yo no lo creo. El arte no tiene fronteras. Y Alicante tiene arte por todos sus poros. Como Salamanca, con El Viti. Como Madrid, con Antoñete. Como Galapagar, con José Tomás. Y aquí me detengo, porque es España entera la que tiene arte. Lo que pasa es que en Sevilla luce más que el sol. Aquí torea el azahar y por la Torre del Oro habitan los duendes y por la Maestranza cantan los ángeles y los toreros se subliman cabe el río.

Un día apareció por los ruedos José María Manzanares, hijo. Y yo tenía el presentimiento de que los genes del padre darían sus frutos. La primera vez que le vi torear, aún muy verde, me trasmitió la sensación de que los aficionados estábamos a las puertas de alcanzar una nueva época de gloria en el mundo de los toros. Y, además, coincidiendo con Morante de la Puebla, torero del asombro, de los sueños, el que cautiva a los aficionados sevillanos, el que hace que nuestra alma llore a la vera del río y de la Giralda. Pero José Mari Manzanares también cautivó a Sevilla desde el primer instante. Es difícil comparar a los toreros, porque cada uno tiene su personalidad, su duende, su estética, su técnica y su profundidad, mas el corazón del aficionado es un misterio y saborea con fruición todos los instantes de belleza casi inalcanzable que se suceden sobre el ruedo. Cuando la trasmisión es colectiva, llega la locura. Y eso sucedió ayer en la Maestranza de Sevilla. La plaza estaba sumergida en el delirio, porque José Mari Manzanares alcanzó el éxtasis, se lo brindó a los aficionados y les hizo partícipes de su emoción. Estábamos toreando todos, metidos en la piel de un artista que se derramó sobre la arena como una lluvia de lágrimas. Había, sobre aquel albero de seda y cante grande, un toro de Núñez del Cuvillo. Un toro bravo, incansable y noble, que embestía al son que le marcaba el torero. Los aficionados sabemos que no es fácil torear a un toro bravo, que un buen toro descubre las carencias de un mal torero. “Arrojado” necesitaba un torero en su plenitud y en trance. Y lo tuvo. El reloj de la Maestranza se detuvo en derechazos, naturales, de pecho, trincherillas, cambios de manos, todos inconmensurables, profundos, despaciosos, rozando la eternidad. Lloramos los que teníamos el pellizco en lo más hondo de nuestro ser. Ese es el toreo que concebimos quienes un día y otro esperamos, sin desmayo, a que florezca la primavera de la armonía en forma de lances majestuosos que irradia la luz de Sevilla.

Toro, torero, Sevilla…El toreo.

Luis Carlos Gutiérrez

sábado, 1 de enero de 2011

PRESOS Y ARREPENTIDOS DE ETA


Hace unos días escuché en una tertulia radiofónica, la polémica suscitada sobre el supuesto arrepentimiento de algunos presos de ETA y la actitud de las víctimas ante esta presunta contrición de los citados etarras. Esta polémica suscitó en mí las siguientes reflexiones:

En primer lugar, cualquier persona que haya cometido un delito tiene el derecho de arrepentirse de ello y de pedir perdón. El cardenal inglés Basil Hume nos quedó dicho que: Todo santo tuvo pasado, todo pecador tiene futuro. Queriendo darnos a entender que todos en algún momento estamos expuestos a cometer errores, pero que también podemos rectificar.

En segundo lugar, también las víctimas del atentado, en este caso la muerte de algún familiar o la mutilación de algún miembro del cuerpo de la persona que lo ha sufrido, tienen derecho a alguna reparación del daño recibido. Y no solamente las víctimas directas, sino la sociedad entera que, de forma indirecta, también es víctima de la acción delictiva. Entonces ¿como conciliar estos dos derechos para que, tanto los verdugos como las victimas puedan quedar satisfechos?

Estoy de acuerdo con los perjudicados de lo difícil que resulta perdonar a alguien que ha arrebatado la vida a un familiar o que ha mutilado para siempre el cuerpo de la propia víctima. Pero también hay que reconocer que el perdonar ennoblece a la persona que otorga el perdón. A mayor gravedad del daño, más nobleza para el que perdona. Esto sin olvidar que el cristianismo predica, precisamente, no sólo el perdón, sino el amor a los enemigos.

Lo que se me ocurre para conciliar estas posturas encontradas, entre verdugos y víctimas es muy simple y conocido: recurrir a las condiciones que, para obtener el perdón proponía el catecismo que estudiábamos las personas de mi generación, cuando éramos niños y jóvenes, y que siguen aún vigentes, es decir:

Examen de conciencia, el etarra supuestamente arrepentido, tiene que demostrar que reconoce el daño de su mala acción y ponerlo de manifiesto de forma fehaciente y clara.

Dolor de corazón, es decir, una vez reconocida la culpa, demostrar a las víctimas claramente y sin lugar a dudas que están arrepentidos del daño que han causado y que han reconocido en la condición anterior.

Propósito de la enmienda, demostrando de forma convincente que nunca más volverán a cometer dichos delitos. Y como el movimiento se demuestra andando , como dijo el filósofo griego, haciendo manifestaciones por escrito o de palabra, a través de la prensa, de la radio o de la televisión, no solamente de que están en contra de la actividad de sus compañeros etarras, sino haciendo todo lo posible para convencerles a que, de una vez y para siempre, dejen las armas y, así mismo, colaborar con las autoridades para que esto se consiga. Esta actitud demostraría su verdadero arrepentimiento.

Decir los pecados al confesor, en este caso a las víctimas, a las autoridades y a la sociedad en general. Esta condición queda cumplida con lo que hemos dicho en el propósito de la enmienda.

Cumplir la penitencia, es decir, quedar claro a las partes interesadas (víctimas, autoridades y sociedad) que están dispuestos a seguir cumpliendo la parte de condena que a cada uno les quede.

Pienso que si se dieran estas condiciones, serían pocas las víctimas, si es que hay alguna, que no estarían dispuestas a perdonar a los que tanto daño les han causado. De la misma manera también la sociedad quedaría satisfecha. El problema es que los supuestos arrepentidos estén dispuestos a cumplir estas condiciones.

He recurrido al catecismo porque pienso que no se puede conocer con mayor garantía la veracidad del arrepentimiento que manifiesta la persona que ha cometido un delito o ha causado algún daño a otra o a la sociedad que cumpliendo las condiciones que éste señala.

viernes, 17 de diciembre de 2010

RECORTES EFICACES PARA SUPERAR LA CRISIS


Que estamos atravesando una grave crisis económica y financiera a nadie se le oculta, y ya ni el mismo gobierno la niega. Este cambio en la situación económica que se viene produciendo en España desde 2007, según la opinión de los expertos es efectivamente un problema que afecta, cada vez más al conjunto de los españoles que viven en este momento e incluso que afectará a los que aún no ha nacido si no se le pone remedio pronto. Pero todos los problemas tienen solución, siempre que se aborden de la forma adecuada. La primera condición para resolverlo es reconocer que existe, ya que si no se reconoce que hay un problema es imposible que se pueda resolver. En el caso de la economía, un país es como una familia. Cuando en ésta los ingresos son inferiores a los gastos, los responsables de la misma, si son competentes reducen inmediatamente estos. Y aquí es donde está el quid de la cuestión en determinar de donde se recorta, ya que hay cosas de las que se puede prescindir sin que la familia pierda ni su estatus ni su tranquilidad y otras de las que si se prescinde el grupo puede ver menoscabado su prestigio y sosiego. Vamos a imaginar una familia en la que por cualquier causa disminuyen los ingresos, pero que todavía los mantiene para vivir de forma digna. Esta familia si es prudente y actúa con inteligencia puede prescindir de cosas como: salir a comer los fines de semana fuera de casa o reducir los días de vacaciones, por ejemplo. Es decir, prescindir de cosas que no son absolutamente necesarias. Y aquí no puedo por menos que recurrir de nuevo a la Filosofía. En otra entrada de este blog con el título de la Filosofía y la crisis señalaba como modelos de austeridad a Sócrates y a Espinosa y recordaba que estos filósofos solamente utilizaban las cosas que necesitaban. Esto es lo que haría una familia prudente en una situación de cambio de la situación económica, que eso es lo que significa crisis, para salir con éxito de ella. Lo que no puede hacer una familia responsable es prescindir solamente de la comida del gato que tengan en casa. Esto es lo que decidió una de aristócratas cuando el padre dijo que había que reducir gastos si querían mantener el mismo ritmo de vida y la mujer y los hijos le contestaron que, de acuerdo, suprimamos el chocolate del loro. Un estado es como una familia y en una situación de crisis tiene que hacer recortes, por supuesto, pero no del estilo a la comida del gato o al chocolate del loro que acabo de citar. Con rebajar un cinco por ciento el sueldo de los funcionarios o congelar las pensiones o aumentar dos años la edad de jubilación, no se soluciona la crisis en España. Puede que en otros países estas sean las soluciones, pero en el nuestro hay otros muchos conceptos de donde recortar. Por ejemplo el sueldo de los políticos de los que tenemos para dar y tomar en diecisiete comunidades autónomas, dos ciudades que también lo son y el gobierno central. Total veinte gobiernos, veinte parlamentos con toda la cohorte de cargos que ello conlleva. Y ¿Cómo se ahorraría en este concepto? No suprimiendo ni rebajando el sueldo a los políticos, pero sí haciendo que estos no conviertan a la política en una profesión. Me explico. Los alcaldes, concejales, diputados provinciales, diputados regionales y autonómicos y todos los cargos electos, son personas que están para servir al pueblo y no para que el pueblo los sirva a ellos, porque, además si se presentan a las elecciones lo hacen de forma voluntaria, por lo que, por lógica, no tendrían que cobrar nada. Pero no es eso lo que yo propongo, sino que todos estos cargos electos cobren el sueldo que tuvieran antes de ser elegidos. Por ejemplo: Un profesor, un maestro o el cartero de un pueblo se presentan en las elecciones municipales y salen elegidos alcalde o concejales. Pues bien, ese señor que siga cobrando el sueldo que como profesor, maestro o cartero tenía, ni un céntimo más ni un céntimo menos. De esta forma no se convierte la política en una profesión y antes de meterse en política, una persona responsable lo que debe hacer es buscar un trabajo para sacar adelante a su familia. Además, así, se crean puestos de trabajo sin que cueste más dinero. La figura de excedencia especial existe en España desde que se instauró la democracia. Es decir, que a nuestro maestro, profesor o cartero se les respeta su puesto de trabajo en el mismo centro o lugar que lo tenía antes de ser elegido alcalde o concejal. A diferencia del que pide la excedencia voluntaria que se le sigue manteniendo el puesto de trabajo, pero donde lo haya cuando solicite el reingreso que puede ser o no en el mismo lugar en el que estaba cuando la pidió. El que la pide por política ya tiene ese privilegio, que no es poco. Esto sirve también para diputados, senadores, ministros, y cualquier cargo político sea electo o por nombramiento. Y como esto cargos suelen acarrear gastos de viaje, comidas, hospedajes, etc, no es justo que lo paguen de sus bolsillos, sino que tengan las dietas correspondientes. Pero unas dietas controladas, de tal manera que no pierdan dinero, pero que tampoco lo ganen con ellas. Voy a poner algunos ejemplos y lo que digo lo he vivido personalmente. Pongamos distintos casos:

a) Un alcalde o concejal de un pueblo pequeño, de los que hay miles en España, que tiene que ir un día a la capital de la provincia. Este alcalde o concejal puede utilizar como cualquiera de sus vecinos los transportes públicos, si no tiene coche propio o no lo quiere utilizar si lo posee. El billete del transporte público se lo pagaría el ayuntamiento y si va en su vehículo propio un dinero adicional equivalente al combustible, desgaste de ruedas, gasto de aceite, etc. Si tiene que coger un taxi para trasladarse a la capital o en ella, se le paga igual, previa presentación del justificante del taxista, así como la comida que haga. Lo que no se puede permitir un ayuntamiento de un pueblo pequeño es tener un vehículo para uso del alcalde o de los concejales.

b) En el caso de los diputados, es también fácil el ahorro en las dietas. Pongamos que se trata del Congreso de los Diputados. Pues bien el Presidente del mismo que haga un concierto con diez o doce hoteles de Madrid, de tres estrellas, que son bastante decentes, en los que se pueden alojar los diputados cuando tengan que permanecer algunos días y que sea el Congreso quien pague los hoteles. Lo mismo se puede hacer con las comidas haciendo un concierto con un número equivalente de restaurantes, para que los diputados tengan la posibilidad de elegir y no tengan que ir por fuerza todos al mismo hotel o al mismo restaurante. Y para compensar los posibles gastos que por estar fuera de casa son inevitables, que reciban en mano treinta euros por día que estén (cinco mil pesetas). Estos sin necesidad de justificación. De la misma forma que en el Congreso se puede hacer en el Senado y en los distintos parlamentos autonómicos.

Y quien lleva las cuentas se preguntarán. Muy fácil, ningún político, sino profesionales contratados para ello, es decir contables. Pienso que de esta forma sí que se ahorraría más dinero que recortando sueldos a funcionarios, congelando pensiones o aumentando la edad de jubilación. El problema está en que son ellos, los políticos, los que lo tienen que decidir. Pero ¿el pueblo no es soberano? Pues eso, espabilemos.